Accidente durante el autostop

Denis Johnson

«Me dolía la mandíbula. Conocía a cada gota de lluvia por su nombre. Intuía cada cosa antes de que ocurriera. Sabía que un determinado Oldsmobile se detendría a recogerme antes de que amainara la lluvia, y por las dulces voces de la familia que viajaba dentro supe también que tendríamos un accidente durante la tormenta.»

Bajo una lluvia torrencial un yonqui tiene un oscuro presentimiento cuando un viejo Oldsmobile se detiene a su lado en la carretera. Años después, confinado en el ala de desintoxicación de un hospital, recuerda lo sucedido aquel día.Accidente durante el autostop forma parte de la colección de relatos Hijo de Jesús de Denis Johnson. Aclamada por la crítica desde su publicación en 1992, Hijo de Jesús se ha ganado un lugar entre los clásicos de la literatura norteamericana del siglo XX.

Un vendedor que compartía su botella y perdió el control del auto al quedarse dormido… Un cheroqui lleno de bourbon… Un VW que ya no era más que una burbuja de humo de hachís capitaneado por un estudiante de universidad.

Y una familia de Marshalltown que se estrelló y mató para siempre a un hombre que salía de Bethany, Missouri, con rumbo oeste.

… Me levanté empapado por haber dormido bajo la lluvia torrencial, algo menos que consciente, gracias a la primera de las tres personas que ya he nombrado –el vendedor y el indio y el estudiante–, esas tres personas que me habían dado drogas. Yo esperaba al comienzo de la rampa de entrada a la autopista sin esperanza alguna de conseguir que alguien me recogiera. ¿Qué sentido tenía siquiera el enrollar mi saco de dormir si yo estaba demasiado mojado como para que alguien me permitiera subir a su auto? Me lo puse como si fuera una capa. El temporal rompía en el asfalto y borboteaba en la cuneta. Mis pensamientos zumbaban lastimosamente. El vendedor me había dado unas pastillas que parecían haberme arrancado el revestimiento de las venas. Me dolía la mandíbula. Conocía a cada gota de lluvia por su nombre. Intuía cada cosa antes de que ocurriera. Sabía que un determinado Oldsmobile se detendría a recogerme antes de que amainara la lluvia, y por las dulces voces de la familia que viajaba dentro supe también que tendríamos un accidente durante la tormenta.

No me importó. Dijeron que me llevarían hasta donde yo quería ir.

El hombre y su esposa pusieron a la niña junto a ellos en el asiento delantero y dejaron en el de atrás al bebé conmigo y con mi saco chorreando agua.

–No te voy a llevar muy rápido a ninguna parte –dijo el hombre–. Traigo a mi mujer y a mis hijos, así que…

Ustedes son los elegidos, pensé. Y apoyé el saco de dormir contra la puerta de la izquierda y lo usé como almohada, para dormir allí, sin importarme si iba a morir o a sobrevivir. El bebé dormía feliz a mi lado en el asiento. Debía de tener unos nueve meses.

… Pero, antes de todo esto, aquella tarde, el vendedor y yo nos deslizábamos hacia Kansas City en su auto de lujo. Habíamos desarrollado una peligrosa y cínica camaradería desde Texas, donde me había recogido. Nos tragamos su frasco de anfetaminas y de vez en cuando dejábamos la autopista interestatal para comprar una botellita de Canadian Club y una bolsa de hielo. Su auto tenía esos reposavasos cilíndricos de cristal en cada una de las puertas y estaba tapizado en cuero blanco. Me dijo que me iba a llevar a pasar la noche en su casa y con su familia, pero primero quería hacer un alto en casa de una mujer conocida suya.

Salimos de la autopista bajo esas nubes tan Medio Oeste que parecen enormes cerebros grises y, con la sensación de que íbamos a la deriva, nos sumergimos en la hora punta de Kansas City sintiendo que llegábamos a una orilla. Tan pronto aminoramos la marcha, toda esa magia de viajar juntos se extinguió. Empezó a hablar sin pausa sobre su amiga.

–Me gusta esta chica, creo que amo a esta chica… pero tengo una esposa y dos hijos y eso equivale a ciertas obligaciones. Y por encima de todas las cosas, yo amo a mi mujer. Tengo el don del amor. Amo a mis chicos. Amo a todos mis parientes.

Mientras el vendedor no paraba de hablar, yo me sentí triste y abandonado.

–Tengo un bote de quince metros de largo. Tengo dos coches. En el jardín de atrás tengo espacio para una piscina.

Encontró a su amiga en el trabajo. Estaba a cargo de una tienda de muebles, y yo lo perdí a él ahí dentro.

Las nubes no se movieron hasta la noche. Entonces, en la oscuridad, no pude ver cómo se iba organizando la tormenta. El conductor del Volkswagen, un estudiante de universidad, el que me llenó la cabeza con todo ese hachís, me dejó más allá de los límites de la ciudad justo cuando empezaba a llover.

Más allá de todas las anfetaminas que había tragado, yo estaba lo suficientemente cansado como para no poder mantenerme de pie. Me acosté en el césped junto a la rampa de salida y me desperté en medio de un charco que se había formado a mi alrededor.

Y más tarde, como ya he dicho, me dormí en el asiento trasero mientras el Oldsmobile –el de la familia de Marshalltown– se zambullía bajo la lluvia. Y aun así soñé que podía ver a través de mis párpados y que mi pulso era el que marcaba cada uno de los segundos del tiempo. La interestatal que cruzaba la parte oeste de Missouri era, por aquellos tiempos, en su mayor parte, nada más que una carretera de doble sentido. Cuando un camión pequeño vino hacia nosotros y pasó a nuestro lado nos perdimos dentro de una ola enceguecedora y en una batalla de sonidos similar a aquello que nos asalta cuando entramos a un túnel de lavado automático. Los limpiaparabrisas subían y bajaban por el cristal sin conseguir gran cosa. Yo estaba agotado y, al cabo de una hora, dormía más profundamente.

Yo había sabido desde el principio lo que iba a ocurrir. Pero el hombre y la mujer me despertaron más tarde, negándolo con furia.

–¡Oh… no!

–¡NO!

Fui arrojado contra la parte de atrás de su asiento con tanta fuerza que se rompió. Rebotaba en una y otra dirección. Un líquido que supe de inmediato que no podía ser sino sangre humana volaba por el interior del auto y acabó lloviendo sobre mi cabeza. Cuando todo hubo terminado yo estaba otra vez en el asiento trasero. Me levanté y miré a mi alrededor. Nuestras luces se habían apagado. El radiador siseaba con fuerza. Era lo único que oía. Hasta donde podía ver, yo era el único que estaba consciente. Mientras mis ojos se adaptaban a la penumbra vi que el bebé yacía sobre su espalda y a mi lado como si nada hubiera ocurrido. Sus ojos estaban abiertos y se tocaba las mejillas con sus manitas.

r todas, y no sería culpa nuestra. Nos imaginábamos eso. Y, aun así, siempre acabábamos siendo declarados inocentes por las razones más ridículas.