Amor por accidente

Sarah Pekkanen

Un relato acerca de la importancia de aprovechar las oportunidades, de escoger la esperanza, para descubrir qué significa amar a alguien y quizá dejarlo marchar.

Amor por accidente es, más que la continuación, el reverso de Todo brilla. Griffin, abandonado por Elise, ha comenzado una nueva vida en Los Ángeles. Allí se ha topado, por accidente, con Ilsa, y a los pocos meses se han prometido. Pero la tensión surgirá en su primera visita a Chicago, donde Ilsa no solo conocerá a los padres de su prometido, sino que descubrirá que Elise casi forma parte de la familia… ¿Continuará también en el corazón de Griffin?

Ilsa Brown giró la cabeza al oír el grito de una mujer.

Sus ojos escanearon los alrededores: un grupo de chicas jóvenes, a cuál más guapa, sentadas en la terraza de una cafetería; la típica intersección de Los Ángeles, siempre colapsada por el tráfico; las copas de los robles manchadas de dorado bajo los rayos del sol de primera hora de una tarde de julio. Finalmente su mirada se detuvo en un tipo sentado en la acera a unos metros de ella que sujetaba un bulto marrón entre los brazos.

Mientras se acercaba, oyó que el chico decía: «No pasa nada, bonito».

Una mujer bronceada y fibrosa como la cáscara de una nuez presenciaba la escena con una mano en la boca, de pie junto a su Land Rover blanco. Era ella quien había gritado, dedujo Ilsa, tomando nota de sus zapatillas de deporte blancas y preguntándose si tendría un coche a juego para cada par.

—¡Me has dado un susto de muerte! —gritó la mujer—. Deberías aprender a controlar a tu perro.

—No es mi… Mire, señora, creo que le ha pasado por encima de la pata. ¿Por qué no se disculpa en lugar de gritarnos?

La mujer le hizo un corte de mangas, se subió al Land Rover y se marchó a toda prisa, justo cuando el semáforo estaba a punto de cambiar de ámbar a rojo.

—Hola. —Ilsa se puso de cuclillas junto al chico—. ¿Necesitas ayuda?

—Creo que no. —Él levantó la mirada y el enfado que seguía presente en su rostro se evaporó—. Gracias de todos modos.

Cuando sus ojos se encontraron, Ilsa se quedó sin respiración. Algo se removió en su interior, un pálpito que le decía que conocía a aquel chico, aunque estaba casi segura de no haberlo visto antes. Para disimular su confusión, hizo lo primero que le vino a la mente: alargó la mano derecha, de dedos finos pero fuertes —las dos cicatrices con forma de luna creciente en el dorso brillando pálidas y suaves—, y empezó a examinar al perro, un cruce de raza indeterminada y de tamaño pequeño. Tenía el estómago blando —gracias a Dios, no parecía tener una hemorragia interna—, pero la posición de la pata trasera izquierda era preocupante.

—Tranquilo, bonito, voy a comprobar una cosa —le susurró al animal. Cuando este se quejó, Ilsa retiró la mano de inmediato—. Puede que esté rota.

El chico suspiró.

—Me lo llevaré a casa e intentaré encontrar un veterinario. Solo hace una semana que lo tengo. De hecho, solo lo cuido temporalmente… Es una historia muy larga.

—Cuéntamela de camino a mi clínica —dijo ella—. Podemos ir a pie; está a unas manzanas de aquí. Le haremos una radiografía y veremos qué se puede hacer.

El chico la miró e Ilsa se fijó en que tenía los ojos castaño oscuro, la nariz ligeramente desviada y una buena mata de cabello que, gracias a Dios, parecía no conocer ni un solo potingue de belleza. Su último novio necesitaba más espacio en el armario del lavabo que ella, y eso que Ilsa era una fan declarada de todos los productos de Sephora.

—¿Eres veterinaria? —preguntó él—. ¿En serio?

Ella asintió.

—En serio. Por cierto, me llamo Ilsa.

—¿Ilsa? —repitió él.

—Es un diminutivo de Elizabeth —le explicó—. Cuando nací, mi hermana mayor era incapaz de pronunciar mi nombre completo. Con el tiempo, todos empezaron a llamarme así.

Él extendió la mano con la que no estaba sujetando al perro.

—Griffin, pero todo el mundo me llama Grif. ¿Seguro que no te estoy arruinando la noche? —preguntó—. ¿No tienes una cita o algo así?

Ella sonrió mientras se incorporaba. De pronto, se alegró de haberse puesto un vestido —azul pálido, de lino; su favorito— y un poco de brillo de labios antes de salir del trabajo.

—No —mintió—. Estoy de guardia, así que este pequeñín ha llegado en el momento perfecto. Por cierto, ¿cómo se llama?

Grif arrugó la nariz.

—Esperaba que no me lo preguntaras.

Murmuró algo e Ilsa arqueó las cejas.

—¿Fabio? —preguntó Ilsa, incapaz de contener la risa—. ¿Has dicho Fabio? ¿Como el tipo de los anuncios de mantequilla?

—No es mantequilla, aunque la gente no se lo crea —dijo Grif sonriendo—. Una mujer que estaba colada por Fabio fue quien bautizó al perro. Cuando accedí a ocuparme temporalmente de él, yo no lo sabía, o habría sido suficiente para romper el trato. Lo he intentado con otros nombres, como Buster, pero se niega a responder a menos que le llame Fabio.

Ilsa miró al pobre chucho a los ojos y le acarició la cabeza.

—Le pega —dijo, intentando contener la risa—. Está hecho un rompecorazones.

Grif se levantó del suelo e Ilsa lo volvió a sentir; un leve temblor alrededor del plexo solar. Físicamente eran totalmente opuestos; ella tenía los ojos azules y el cabello tan rubio que mucha gente le preguntaba si era de ascendencia nórdica. Y aunque llevaba tacones, Grif le sacaba al menos quince centímetros.

—Te sigo —dijo él, echando a andar a su lado—. Es curioso cómo pasan estas cosas, ¿verdad?

Ella levantó la mirada.

—¿Qué? ¿Que una veterinaria pasara por aquí justo cuando la necesitabas?

Grif sacudió la cabeza.

—No —respondió lentamente—. Que yo estuviera ahí, preguntándome por qué toda la gente que he conocido en Los Ángeles hasta ahora parece idiota… Y de repente aparezcas tú.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, Ilsa se había puesto una bata verde, Fabio estaba fuertemente sedado y Grif respiraba en una bolsa de papel.

—No tienes de qué avergonzarte. Le pasa a todo el mundo —dijo Ilsa, dejando el escalpelo sobre la bandeja de metal. Era su segunda mentira de la noche; los veterinarios no solían dejar entrar a los propietarios de las mascotas en la sala de operaciones, así que no tenía ni idea de cómo reaccionaba la gente. Pero era una noche tranquila y el propietario de la clínica estaba en un congreso. Solo había un ayudante en la recepción de la clínica y estaba muy ocupado estudiando para un examen.