Área 81 (e-original)

Stephen King

Un escalofriante relato de Stephen King publicado únicamente en formato digital.

Junto a la autopista de Maine hay un área de servicio, cerrada desde hace tiempo, donde los chicos del instituto se dedican a hacer lo que suelen hacer a su edad. Y hacia allí se dirige Pete Simmons en su bici después de que su hermano mayor no le haya dejado ir con él y sus amigos. Primero encuentra una botella de vodka que decide probar solo para saber qué se siente. Pero, sorbito a sorbito, Pete se emborracha y se queda dormido sobre un colchón sucio.Mientras tanto, un coche cubierto de barro y sin matrícula ha subido la rampa hacia el área abandonada. La puerta del conductor se abre, pero no sale nadie.Desde la carretera, Doug Clayton, agente de seguros y buen cristiano, ve el coche aparcado arriba y decide desviarse para ofrecer su ayuda.Poco después, Julianne Vernon también se detiene con su remolque para caballos. Ve el móvil de Doug roto en el suelo y también se acerca demasiado al coche…Cuando Pete Simmons despierta del sueño propiciado por el vodka, en el Área 81 hay media docena de coches, pero no queda nadie vivo… Solo hay dos niños y un caballo, y el coche cubierto de barro, por supuesto.

—Tú no puedes venir —le dijo su hermano mayor.

George habló en voz baja a pesar de que el resto de sus amigos —una pandilla de chicos del barrio de doce y trece años que se hacían llamar el Escuadrón Rompeculos— le esperaban, impacientes, al otro lado de la calle—. Es demasiado peligroso.

—No tengo miedo —dijo Pete—. Lo dijo con bastante rotundidad, aunque en realidad sí tenía miedo, un poco. George y sus amigos iban al foso de arena que había detrás de la bolera. Allí jugarían a un juego que se había inventado Normie Therriault. Normie era el líder del Escuadrón Rompeculos y el juego se llamaba «Paracaidistas del Infierno». Había un sendero lleno de surcos que llevaba hasta el borde del precipicio, y el juego consistía en ir en bici por él a toda velocidad gritando «¡el Escuadrón mola!» tan fuerte como fuera posible y sin apoyar el culo en el sillín. La caída solía ser de unos tres metros, y la zona de aterrizaje acreditada era blanda, pero tarde o temprano alguno aterrizaría en la grava en vez de hacerlo en la arena y probablemente se rompería un brazo o un tobillo. Hasta Pete sabía eso (aunque también más o menos comprendía por qué eso aumentaba su atractivo). Entonces los padres lo descubrirían y eso supondría el final de Paracaidistas del Infierno… De momento, el juego (sin casco, por supuesto) continuaba.

Sin embargo, George era lo suficientemente sensato para no permitir que su hermano participara en el juego. Además, se suponía que tenía que cuidar de Pete mientras sus padres estaban trabajando. Si Pete destrozaba su bici Huffy en el cascajal, a George muy probablemente lo castigarían durante una semana. Si su hermano pequeño se rompía un brazo, en lugar de una semana estaría castigado un mes entero. Y si —¡Dios no lo permita!— era el cuello lo que se rompía, George sabía que no le dejarían salir de su cuarto hasta que llegara el momento de ir a la universidad.

Además, su hermano era un pelmazo, pero lo quería mucho.

—Quédate por aquí —dijo George—. Estaremos de vuelta dentro de un par de horas.

—¿Que me quede? Pero ¿con quién? —preguntó Pete con aire triste. Eran las vacaciones de primavera y todos sus amigos, los que su madre habría considerado «apropiados para su edad», al parecer se habían marchado a un lugar u otro. Un par de ellos habían ido a Disney World, en Orlando, y cuando Pete pensaba en ello lo invadían la envidia y los celos: una mezcla terrible, pero curiosamente agradable.

—Simplemente quédate por aquí —dijo George—. Ve a la tienda o algo así. —Rebuscó un poco en su bolsillo y sacó un par de billetes arrugados con el rostro de George Washington—. Toma, dos pavos.

—Caray, voy a comprarme un Corvette. Quizá dos.

—¡Simmons, date prisa o nos vamos! —gritó Normie.

—¡Voy! —respondió George. Luego, en voz baja, se dirigió de nuevo a Pete—. Toma el dinero y no seas plasta.

Pete cogió el dinero.

—Hasta me he traído la lupa… —dijo—. Iba a enseñarles…

—Ya han visto ese truco de mocosos mil veces —dijo George, pero al ver que las comisuras de los labios de Pete apuntaban hacia abajo intentó suavizar el golpe—. Además, mira el cielo, atontado. No puedes prender fuego con una lupa si está nublado. Quédate por aquí. Cuando vuelva jugaremos a las batallas navales o a lo que quieras en el ordenador.

—¡Muy bien, cagón, nos vamos! —gritó Normie.

—Tengo que irme —dijo George—. Hazme un favor, no te metas en líos. Quédate por el barrio.

—Seguro que te rompes la columna y te quedas en una silla de ruedas para el resto de tu puta vida —dijo Pete, y acto seguido formó unos cuernos con los dedos y escupió en el suelo para ahuyentar el mal fario—. ¡Buena suerte! —gritó mientras su hermano se alejaba—. ¡Salta tan lejos como puedas!

George levantó la mano para despedirse, pero no miró atrás. Iba de pie sobre los pedales de su bici, una vieja Schwinn que Pete anhelaba montar pero que aún le quedaba demasiado grande (lo había intentado una vez y se la había pegado nada más salir de casa). Pete contempló cómo su hermano pedaleaba cada vez a más velocidad por aquella calle residencial de Auburn para alcanzar a sus colegas.

Pete se quedó solo.

Sacó la lupa de las alforjas de su bicicleta y la alzó. La sostuvo por encima del brazo, pero no vio ningún punto de luz ni sintió calor alguno. Desanimado, alzó la mirada hacia las nubes bajas que cubrían el cielo y volvió a guardarse la lupa. Era una lupa buena, una Richforth. Se la habían regalado las pasadas Navidades para la granja de hormigas de su proyecto de ciencias.

—Acabará cogiendo polvo en el garaje —le había dicho su padre. Sin embargo, a pesar de que había terminado el proyecto de ciencias en febrero (Pete y su compañero, Tammy Witham, habían sacado un sobresaliente), Pete aún no se había cansado de la lupa. Le gustaba especialmente agujerear trozos de papel en el jardín, quemándolos con la luz del sol.

Pero ese día no. Ese día, la tarde prometía ser larga. Podía irse a casa y ver la tele, pero su padre había bloqueado todos los canales interesantes después de descubrir que George había estado grabando los capítulos de Boardwalk Empire, donde salían demasiados gángsters y demasiadas tetas para su gusto. Su padre también había hecho algo parecido en su ordenador y Pete aún no había descubierto la manera de burlarlo. Pero lo conseguiría, solo era cuestión de tiempo.

Y ahora, ¿qué?

—Y ahora, ¿qué? —se dijo en voz baja antes de empezar a pedalear lentamente hacia el final de Murphy Street—. Ahora ¿qué… coño… hago?

Demasiado pequeño para jugar a Paracaidistas del Infierno porque es demasiado peligroso. Vaya mierda. Tan solo esperaba que se le ocurriera algo para demostrar a George, a Normie y al resto del Escuadrón que los pequeños también podían enfrentarse al peli…

Y entonces fue cuando se le ocurrió. Podía explorar el área de servicio abandonada. Pete no creía que los chicos mayores conocieran ese lugar porque había sido un chaval de su edad, Craig Gagnon, quien se lo había contado. Le había dicho que había estado allí con dos chicos de diez años el pasado otoño. Por supuesto, podía no ser más que una mentira, pero Pete no creía que lo fuera. Craig había dado muchos detalles y no era precisamente un chico con demasiada imaginación.

Ya con un destino en mente, Pete empezó a pedalear más rápido. Al final de Murphy Street torció a la izquierda por Hyacinth. No había nadie, ni peatones por la acera, ni coches en la calzada. Oyó el aullido de una aspiradora al pasar frente a la casa de los Rossignols pero, aparte de eso, todo el mundo parecía estar dormido o muerto. Pete supuso que en realidad debían de estar trabajando, como sus padres.

Dobló a la derecha por Rosewood Terrace y dejó atrás el rótulo amarillo que rezaba CALLE SIN SALIDA.