Autorretratos

Jordi Soler

Oscar Wilde, Ernest Hemingway y Salvador Dalí vistos por el autor de La fiesta del oso.

Tres autorretratos de Jordi Soler, o por qué tuvo que pasar la noche en casa de Oscar Wilde, qué cuenta a quien quiera escucharlo el pescador que sacaba a Hemingway a pescar o de qué habla sin parar una chica yeyé en un coche rumbo a la suite de Salvador Dalí.Partiendo de anécdotas personales, Jordi Soler construye los retratos de Oscar Wilde, Ernest Hemingway y Salvador Dalí con el humor que impregna su obra.”Autorretratos” aparece incluido en Salvador Dalí y la más inquietante de las chicas yeyé (Literatura Mondadori, 2011)

Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde. Este era el nombre completo del escritor irlandés y puedo escribirlo de memoria porque hace unos meses, durante siete días con sus noches, estuve encerrado en su casa y cada vez que me introducía en su habitación miraba su partida de nacimiento, que está ahí colgada como pieza de museo, y decía todos sus nombres en voz alta, no sé si por aburrimiento o por superstición. La casa donde Oscar Wilde nació y pasó su juventud es una construcción georgiana que ocupa una de las esquinas de Merrion Square, un jardín cuadrado de cinco hectáreas lleno de vegetación salvaje que está en el centro de Dublín. En un punto específico de este jardín, que puede verse perfectamente desde las ventanas del comedor de los Wilde, hay una inmunda reproducción de Oscar en yeso, sentado en la cima de una piedra en actitud de estar pensando una línea o quizá la trama completa de El abanico de lady Windermere.

La historia es una simpleza o más bien la suma de varias simplezas cuyo resultado final no pudo ser más complicado. Soy el agregado cultural de la embajada de México en Irlanda y una mañana recibí una torre de cajas que contenían treinta y tres autorretratos del pintor José Luis Cuevas. Joe, que además de ser el chófer de la embajada había sido el encargado de subir hasta mi oficina el cargamento, me extendió, sudoroso y parcialmente malhumorado, un sobre donde venía una lista detallada de las obras, una carta con firma y sello en la que se me ordenaba que esos cuadros tenían que estar colgados en una galería en un plazo no mayor de quince días, y un contrato donde se me avisaba de que la integridad de esa obra itinerante era responsabilidad mía mientras se encontrara en territorio irlandés. La misión no era sencilla porque en Dublín no hay muchos espacios para exhibir obras pictóricas y los pocos que hay se reservan con uno o dos años de anticipación. Y, por otra parte, en Irlanda interesa mucho lo que llegue de Nueva York o de París, no de México, ese país caluroso y remoto cuyos grandes referentes en la isla son las corruptelas del ex presidente Salinas, que se refugió en Dublín después de su espeluznante gestión, y los éxitos de la cantante Shakira, que por cierto es colombiana.

En un par de horas de llamadas telefónicas comprobé que la misión era imposible, no había pared en toda Irlanda donde pudiera colgar los autorretratos del pintor Cuevas, pero esa noche, en una recepción en la embajada de España, mientras liquidaba un canapé de angulas y redactaba mentalmente un oficio sobre la imposibilidad de cumplir con esa misión cultural que se me había encomendado, me encontré con la señora Smith y, como parte de la conversación breve y frívola que sostuvimos, me reveló que había decidido ampliar las funciones de la casa de Oscar Wilde, que hasta entonces era nada más museo del escritor, al rango de galería para colgar exposiciones temporales. Así que, como diría el propio Wilde, «tiré la perla de mi alma dentro de una copa de vino», la que bebía la señora Smith, y le dije que yo tenía una exposición del pintor Cuevas, lista para ser montada, que le iría perfectamente a su proyecto de ampliación.

Al día siguiente comuniqué la buena noticia al embajador, que había dormido mal porque no le gustaba que la embajada fallara en sus misiones y también porque tenía cierta relación con el pintor Cuevas y se sentía comprometido. El embajador me dijo que podía contar con todo su apoyo, aunque eso en realidad quería decir que podía contar con el apoyo estratégico de Joe el chófer, en los ratos en que Joe no tuviera que apoyarlo a él o a algún otro funcionario de la embajada.

Tres días más tarde Joe y yo metimos la torre de cajas en el vehículo oficial y al cabo de cuarenta y cinco minutos de tráfico intenso nos presentamos, sudorosos y bastante malhumorados, en la casa de Oscar Wilde. Depositamos las cajas en el comedor, una habitación grande de paredes amplias donde se colgarían los cuadros y desde cuyas ventanas, como ya dije, podía verse el Oscar inmundo de yeso. Cuando terminábamos apareció la señora Smith, seguida de una rubia mínima y un poco bizca que hacía la limpieza en la casa, y luego de expresarnos el gusto que le daba inaugurar su proyecto con esa exposición, nos dijo que al colgar los cuadros procuráramos no hacer agujeros en las paredes, ni rayones en la duela del piso al arrastrar las cajas. Joe empalideció al oír esto y yo también pálido pregunté: «¿Y no hay aquí quien se ocupe de colgar los cuadros?». «Me temo que no», fue su respuesta y en el acto salió del comedor. Me quedé frente al furibundo Joe, que ya además de mi apoyo estratégico era el único apoyo que tenía, y por romper el silencio dije una línea de De profundis, que entonces sentí que venía al caso: «Cualquier cosa que le pasa a uno le pasa a otro». Joe sonrió de mala forma y de un manotazo brutal destapó la primera caja.

Esa tarde sacamos los treinta y tres autorretratos de sus cajas, los desembalamos y, con el ánimo de colgarlos al día siguiente, los recargamos en la pared en un orden tentativo. En la mañana el orden se había esfumado; la rubia mínima y algo bizca había pasado muy temprano la aspiradora y, para cumplir mejor con su obligación, había amontonado los cuadros en una esquina. En el oficio con firma y sello que había llegado con las cajas se especificaba que la inauguración debería efectuarse el 15 de septiembre, la noche en que se celebra la independencia de México, que era esa misma noche. En doce horas intensivas del día 13, Joe había entregado las invitaciones en todas las representaciones diplomáticas de la ciudad y habíamos echado mano de ese recurso elemental de la diplomacia: llenar los actos de diplomáticos que siempre asisten porque saben que en el futuro próximo necesitarán un tropel de diplomáticos para llenar sus actos.