Bombas ambientales

Jo Tuckman

Bombas ambientales, escrito por la prestigiosa corresponsal del diario británico The Guardian Jo Tuckman, y publicado en su prestigioso libro México, democracia interrumpida, ahonda en los paradigmas de una nación a la que le cuesta administrar su riqueza natural mientras su población padece la pobreza económica.

En estas escasas páginas la autora sorprende al lector al exponer un tema de lógica importancia pero poca visibilidad en la vida política de México: la administración de la ecología nacional.

México posee el 10 por ciento de la flora y fauna del planeta y está clasificado como “megadiverso” no sólo por sus climas sino por sus especies; en ese contexto, resulta paradigmático que el tema ambiental no goce del capital político ni la atención de la ciudadanía como ocurre en otros lugares.

En este texto la autora hace un repaso sobre la forma en que los últimos sexenios han trabajado el tema medioambiental en un contexto internacional más preocupado por las soluciones y donde los países en desarrollo tienen una participación más acrecentada.

Eventos concretos como el vergonzoso fracaso del programa de reforestación ProÁrbol, en la administración de Felipe Calderón, hasta la presión que el gobierno ejerció sobre las resoluciones internacionales en esta materia, pasando por el huracán Wilma y sus resultados, son abordados sin mayor complejidad en un texto muy atractivo y de fácil comprensión.

La autora no sólo muestra el papel de México como responsable de su medio ambiente, sino que al mismo tiempo desarrolla las implicaciones que tienen a nivel mundial sus determinaciones, pues al mismo tiempo que el país ofrece medidas alternativas, es responsable de 15 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, debido en gran medida a la industria petrolera.

Justo al inicio de la temporada de lluvias, a principios del verano de 2007, Felipe Calderón se arrodilló para plantar un pino en uno de los más importantes bosques del centro de México. “Plantar un árbol significa sembrar un mejor país”, afirmó. Ese día lo acompañaba su hijo menor, con el propósito de hacer hincapié en el futuro. Para enfatizar su solidaridad con los habitantes del lugar, el entonces presidente se atavió con un jorongo.

El principal objetivo de Felipe Calderón era endorsar su proclama de ser el presidente más “verde” que había tenido el país. México, aseguró en su discurso durante el acto, estaba asumiendo un papel de vanguardia en el esfuerzo de reforestación mundial promovido por el Programa Ambiental de las Naciones Unidas, el cual había fijado como meta la siembra de mil millones de árboles en una temporada. Mientras que España se había comprometido a plantar 20 millones de retoños a lo largo de cuatro años, enfatizó el presidente, México llenaría sus suelos con 250 millones de árboles antes de que concluyera el año, como parte del programa gubernamental ProÁrbol.

A comienzos de 2008, Calderón se jactaba de que no sólo se había alcanzado el objetivo, sino que éste se incrementaría a 280 millones para la temporada siguiente. “Hubo quien se rió de la meta —aseveró—. Hubo quien no la creyó.” Poco después, Naciones Unidas reconoció de manera formal su “liderazgo global” en materia de reforestación.

Pero había un problema. Antes de que la segunda temporada comenzara siquiera, los medios expusieron imágenes contrastantes con los retoños plantados el año previo, cargados de promesas, convertidos en palos secos. El pino originalmente plantado por el presidente atendido, al parecer, con cuidado reverencial, lucía en buenas condiciones, pero su estado no era la norma. Un estudio de Greenpeace ampliamente difundido que se ocupó de una selección de sitios reforestados informaba que sólo 10% de los árboles plantados había sobrevivido.

Durante meses, el gobierno negó dichas afirmaciones. Después de la publicación de un informe elaborado por la Auditoría Superior de la Federación, en marzo de 2009, guardó silencio. Supervisado por expertos independientes en asuntos forestales, el informe se abstuvo de calcular los porcentajes de sobrevivencia, pero identificó serias deficiencias en el programa que habían convertido la campaña de reforestación en una acción casi inútil.

La situación fue particularmente vergonzosa, dado que la relativamente larga historia mexicana de programas de reforestación ya había mostrado que la plantación de árboles en masa no era un asunto sencillo. Los primeros proyectos en su tipo, que datan de la década de los ochenta, se idearon principalmente para crear empleos y no para recubrir el país de áreas verdes. El gobierno compró los árboles de viveros locales y los entregó a las comunidades, cuyos habitantes en muchas ocasiones no se tomaron la molestia de plantarlos. Era ilógico en este entonces pensar que lo harían, dado que muchos de ellos estaban concentrados en despejar sus tierras para cultivar cosechas vendibles. En la década de los noventa, los programas incorporaron incentivos para la reforestación, pero no dejaron de ser rotundos fracasos si se toma en cuenta la proporción de árboles que sobrevivían.

Vicente Fox extendió y expandió los planes y obtuvo resultados igualmente desalentadores. Entonces, Calderón impuso una nueva y estratosférica meta de la nada y lanzó su programa de reforestación en masa con bombo y platillo, sin precedentes, pero sin haber realizado las correcciones fundamentales a los procedimientos de antaño. De acuerdo con el análisis de los errores detectados por la Auditora Oficial, se sobrecargó obviamente la infraestructura y los viveros fueron incapaces de producir suficientes árboles, los cuales se distribuyeron en demasiados puntos por todo el país. Además, muchos de los que se produjeron eran de talla muy pequeña y amarilleaban ya antes de ser plantados, mientras que cerca de 15% murieron durante su transportación. El informe enfatizaba asimismo errores elementales, como la plantación de especies inadecuadas para los diversos tipos de suelo. Pero el mayor problema de todos fue, probablemente, que, una vez plantados, el descuido general permitía que los árboles se secaran. O bien el presidente no estaba al tanto de la historia de este tipo de proyectos o en ningún momento esperó el escrutinio que expuso un episodio cargado de optimismo como una suerte de farsa.