Buscando a Óscar

Ana Arana

Buscando a Óscar es un trepidante relato periodístico que expone y analiza a profundidad las consecuencias de la masacre de Dos Erres en Guatemala, a partir de la vida de uno de sus personajes más peculiares: Óscar Ramírez Castañeda. Un libro conmovedor y desgarrador, realizado por dos periodistas encumbrados a nivel internacional: Ana Arana y Sebastian Rotella.

Es una historia marcada por las cenizas de una masacre: Dos Erres, Guatemala. Y por sus sobrevivientes, cuyas vidas cambiaron para siempre en 1982: en el apogeo de la guerra civil, veinte soldados de las Fuerzas Especiales Guatemaltecas, los Kaibiles, invadieron la aldea agrícola de Dos Erres. Haciéndose pasar por guerrilleros izquierdistas, los miembros del escuadrón se abrieron paso a través de la pequeña ciudad, matando a más de 250 hombres, mujeres y niños. Sólo un puñado de personas sobrevivió. Uno de ellos, un niño, fue adoptado por el teniente Kaibil Ramírez y criado por su familia: lo llamaron Óscar. Con sólo tres años de edad en el momento de la masacre, Óscar creció sin ser consciente de sus verdaderos orígenes. Casi treinta años después, en 2010, viviendo en los suburbios de Boston con una familia propia, Óscar se enteraría de la verdad: él no era quien creía y su padre tampoco.

Elaborada a partir de entrevistas con sobrevivientes de la masacre, comandos convertidos en testigos protegidos, abogados y antropólogos forenses, Buscando a Óscar es una poderosa investigación periodística sobre la masacre de Dos Erres y sus consecuencias. Es un relato inolvidable de los secuestros secretos de los sobrevivientes de Dos Erres, la misión de llevar a los responsables ante la justicia y la valentía del pueblo guatemalteco.

Hay historias que lo encuentran a uno.

En el verano del 2011, un amigo abogado en Nueva York me contó la historia inverosímil de uno de sus clientes, Óscar Ramírez Castañeda, un joven trabajador indocumentado guatemalteco que vivía con su esposa y cuatro hijos en un suburbio de Boston, Massachussetts.

Óscar emigró a los Estados Unidos cuando tenía 19 años, tras la muerte de su abuela, en 1998. Sin conocer a su madre, siempre identificó como su padre al teniente de las Fuerzas Especiales Guatemaltecas, los Kaibiles, Óscar Ovidio Ramírez Ramos, quien murió en un accidente cuando Óscar tenía cuatro años. Como a muchos niños guatemaltecos que crecieron después de la guerra civil, a Óscar no le interesaba la política. Creció en un hogar de militares en el departamento de Zacapa, en el interior de Guatemala. Llegó a Boston cargando un libro especial: el álbum de fotos y recuerdos de su padre y la boina roja de los Kaibiles.

Pero en 2010 la vida le dio un giro. Por medio de un correo electrónico, investigadores de su país le anunciaron que no era quien creía, y que su padre tampoco. Su verdadera identidad yacía en las cenizas de una masacre cometida por su padre y otros Kaibiles hacía treinta años, en un pequeño poblado en el departamento de Petén:

 

“Óscar Alfredo:

En esa masacre perdieron la vida más de doscientas cincuenta personas entre hombres, mujeres, niños y ancianos. De las que vivían en ese lugar sobrevivieron muy pocas, entre ellas algunos niños que fueron rescatados por los Kaibiles. Tres testigos Kaibiles han dado los nombres de los oficiales que rescataron a los niños, y uno de ellos fue el teniente Kaibil, Óscar Ovidio Ramírez Ramos (…).”

Óscar se crio con su abuela paterna, escuchando historias sobre la valentía y el buen carácter del teniente Ramírez Ramos. Pero ahora se enfrentaba a otra verdad: aquel teniente había sido parte de los comandos que asesinaron a su madre y a sus ocho hermanos.

Después del choque emocional desde que se enteró de su verdadera identidad, la vida de Óscar ha cambiado: conoció a su verdadero padre, Tranquilino Castañeda, quien sobrevivió a la masacre porque estaba fuera de la aldea cuando ocurrió. Don Tranquilino viajó por primera vez en avión para visitar a Óscar en Massachusetts, a sus 70 años, aunque luce mucho más envejecido porque los últimos treinta años ha vivido atrapado en sus memorias.

Óscar pudo recibir asilo político en los Estados Unidos, y ahora él y su familia son residentes legales. También se encontró con la política. Hoy habla frente a foros de sobrevivientes de la guerra civil guatemalteca, que causó la muerte a más de 400 000 personas en la década de los ochenta. No le guarda rencor a Óscar Ovidio Ramírez Ramos, el hombre que por treinta años creyó que era su padre. Su recuerdo es más un monumento de amor por su abuela, por quien conoció al teniente.

Buscando a Óscar es un trabajo sobre la realidad que supera la ficción. Realizar el reportaje –escribir esta historia– significó un recorrido por distintas emociones, algo semejante a estirar una liga de hule. Es el tipo de historias que uno no encuentra, que lo encuentran a uno.

 

1. “Usted no me conoce”

 

La llamada desde Guatemala puso a Óscar en guardia.

“Unos fiscales vinieron a buscarte”, le dijeron sus familiares. “Son gente influyente de la Ciudad de Guatemala. Quieren hablar contigo”.

Óscar Alfredo Ramírez Castañeda tenía mucho que perder. A pesar de que vivía sin documentos en los Estados Unidos, a sus 31 años había logrado crear una vida estable. Tenía dos empleos de tiempo completo para mantener a sus tres hijos y a su mujer, Nidia. Se habían establecido en una casa pequeña pero alegre en Framingham, un barrio obrero de Boston.

Óscar generalmente se esforzaba por mantenerse lejos de las autoridades. Sin embargo, habló con la fiscal de la ciudad de Guatemala. Ella le dijo que quería platicar de un tema delicado sobre su niñez y de una masacre ocurrida durante la guerra civil. Prometió explicarlo todo en un correo electrónico.

Días después, Óscar se sentó frente a su computadora, en la sala repleta de juguetes, trofeos de escuela, fotos de familia, un crucifijo y recuerdos de su país. Había llegado a casa tarde, después del trabajo, como siempre. Nidia, con siete meses de embarazo, descansaba en un sillón cercano. Los niños dormían arriba.

Los ojos verdes de Óscar miraron la pantalla. El correo había llegado. Respiró profundo y dio clic.

“Usted no me conoce”, empezaba.

La fiscal decía que estaba investigando un episodio violento de la guerra, un caso que la había afectado profundamente. En 1982, una patrulla de comandos especiales había asaltado el pueblo de Dos Erres y había masacrado a más de 250 hombres, mujeres y niños. Dos niños pequeños que sobrevivieron fueron robados por los comandos. Veintinueve años después, quince desde que la fiscalía había empezado la búsqueda de los asesinos, la fiscal había llegado a la conclusión de que Óscar era uno de ellos.

“Yo tengo conocimiento que usted fue muy querido y bien tratado por la familia con quienes se crió”, escribió la fiscal. “Yo espero que con todo esto que le estoy contando, usted tenga la suficiente madurez para asimilarlo de una manera adecuada; yo lo hago de su conocimiento con base al derecho que tienen todas las personas víctimas de violaciones a los Derechos Humanos de saber la verdad.

“El punto, Óscar Alfredo, es que usted, aunque no lo sabía, fue víctima del triste hecho que le comento, al igual que ese otro niño que encontramos, así como los familiares de las personas que fallecieron en ese lugar”.

Para entonces, Nidia leía por encima de su hombro. La fiscal dijo que podía acordar una prueba de ADN para confirmar su teoría. Le ofreció un incentivo: ayudar a Óscar con su proceso migratorio en los Estados Unidos.

“Esta es una decisión que usted debe tomar”, escribió.

Óscar repasó rápidamente imágenes de su niñez. Se esforzó por relacionar las palabras de la fiscal con sus recuerdos. No conoció a su madre, tampoco a su padre, quien nunca se casó. El teniente Óscar Ovidio Ramírez Ramos había muerto en un accidente cuando él tenía cuatro años. La abuela de Óscar y sus tías lo habían criado inculcándole un profundo respeto hacia su progenitor, porque según la familia el teniente había sido un héroe.