Castores

Hernán Vanoli

Excursiones para ver pobres hacinados en galpones, la posibilidad única de grabar un documental socialmente comprometido, artesanía, licores caseros y drogas... Si está usted ávido de "experiencias sudamericanas", no deje de leer Castores.

Fernando y su hermano, el narrador de este relato, viven a las afueras de una gran ciudad latinoamericana. Sobreviven gracias a la caza y la venta ilegal de castores, pero su sueño es dedicarse al turismo. Con la llegada de Andreas, Carla y Astrid, que se muestran muy interesados en visitar una planta purificadora que resiste bajo el control de un grupo de obreros, su sueño puede convertirse en realidad.Castores trabaja con las dislocaciones de tiempo y espacio que se producen durante las crisis del capitalismo. Ayer en Argentina y América Latina, hoy en Europa, el permanente estado de excepción deja sus resquicios para que afloren pequeños negocios de subsistencia. El turismo comprometido es uno de ellos. 

Toqué timbre para avisarle a Fernando que había vuelto, abrí la reja de la cochera y empecé a vaciar en el congelador dos bolsones llenos con los castores que había sacado de las trampas. Cuando quise entrar a casa la puerta de la cocina estaba con llave, y aunque grité y golpeé un par de veces al final tuve que dar la vuelta. Para no impregnar todo con el olor de los bichos muertos me saqué los guantes y los tiré afuera, a un costado de la hamaca paraguaya donde me gusta tirarme a tomar sol en verano. Dejé los borceguíes cerca de la ventana, entré y fui directo a ducharme. Al escuchar mis pasos en la escalera Fernando me pidió que pasara por su cuarto. Le grité que aguantase un rato y recién le toqué la puerta después de bañarme. Su habitación a oscuras, como siempre, con un olor a cigarrillo insoportable y toda la ropa desparramada sobre su escritorio y amontonada en el suelo. Aplastó una colilla en el cenicero, y sin sacar la vista del monitor hacía como si no se hubiera dado cuenta de que yo estaba ahí. No le dije nada y nos quedamos quietos, en la penumbra blanca que irradiaba la pantalla. Me quedé adivinando formas en las manchas de humedad de las paredes. Descubrí una especie de pulpo que nunca antes había visto, hasta que de repente Fernando me preguntó cómo había ido la cosa por el bosque. Imaginé leche fría en una taza de plástico rojo con la publicidad de una gaseosa, fósforos recién apagados, bloques de mármol sin pulir, el sol sobre el techo de un auto, camiones oxidados en un pantano de barro oscuro, todo bajo la respiración ronca de mi hermano. Le dije que la lluvia y las ráfagas de granizo no se aguantaban más, y que para colmo en el congelador no quedaba lugar así que había que llamar al laboratorio para que vinieran a buscar la mercadería. Cuando se cansó de hacerse rogar dijo que me había llamado porque tenía novedades de nuestra empresa de turismo. Le creí recién cuando me mostró el mensaje de una tal Carla, que decía que ella y dos amigos estaban interesados en visitar la planta purificadora que hace un par de semanas había quedado bajo control de los obreros. Son un pibe y dos rubias ávidas de experiencias sudamericanas, dijo Fernando con una voz arrancada desde algún lugar que no le conocía. Hacía tiempo que no lo veía tan entusiasmado con algo y empecé a calentarle la cabeza. Empecé a decirle todas las cosas que teníamos que hacer, lo que teníamos que comprar, lo que teníamos que negociar, como si el mero hecho de tener ese proyecto juntos, de tener la posibilidad de sacarnos de encima lo de los castores y empezar con otra cosa que no tuviese nada que ver con lo de antes, fuera suficiente para cambiar. En las tres horas siguientes nos dedicamos a decidir cuánto cobrar por cada uno de los servicios extra que habíamos anotado en una lista que yo tenía guardada. Tachamos algunas cosas, agregamos otras, hicimos más planes, estrategia comercial. Bajamos con la lista terminada y peleamos el porcentaje que iba a quedarle a cada uno. La idea había sido mía, pero Fernando me convenció de hacer mitad y mitad. Siempre me convence, o siempre cedo antes de discutir en serio. La cuestión es que acepté, consolándome con la idea de que en un punto el arreglo era justo porque él tenía el contacto para que los turistas pudieran entrevistar a los obreros. El contacto era un ex compañero de trabajo que había sobrevivido después de los despidos de hacía un par de años, cuando Fernando trabajaba en esa planta y nuestros viejos todavía vivían con nosotros.

2

Decidimos tomarnos un día sin castores y redactamos la respuesta a los turistas tres o cuatro veces en nuestro inglés lamentable. Hubo como seis versiones pero al final quedó algo corto y bastante raro, donde por iniciativa de Fernando no mostrábamos mucho interés y les aclarábamos que el tema de los costos no era un problema, que se podía negociar porque nos interesaba la calidad humana de los visitantes, queríamos gente independiente y comprometida. Pasamos la aspiradora por las alfombras y quedamos en abrir las ventanas durante los días siguientes para sacar el olor a encierro. Teníamos que conseguir alguien que arreglase la calefacción porque andaba muy baja. También hicimos una lista de tareas para la semana. Había que comprar provisiones, retomar el contacto con Antonio, el agente de turismo de la ciudad, reservar pasajes y conseguir artesanías, licores caseros y un poco de droga para venderles a nuestros huéspedes. En el almuerzo, le dije a Fernando que era mejor que los turistas no supieran nada de la habitación de arriba, que no los dejásemos ni acercarse. Me contestó con un eructo y dijo vos quedate tranquilo, la voy a vigilar yo. Después empezamos a trabajar en la ex habitación de nuestros viejos. Vaciamos el placard de cosas que ni imaginábamos: ropa agujereada, candelabros y juguetes que guardamos en bolsas y dejamos al borde de la ruta. Basura que traía recuerdos y preferí no mirar demasiado. Fernando separó todo en dos bolsas, una con las cosas que le servían y otra con las que no. Todavía quiere creer que mamá está escondida en el altillo, y a la noche, cuando se acuerda, le lleva agua y comida. Yo lo dejo porque sé que pensar eso le hace bien. Nuestros viejos murieron hace más de tres años. Una tarde, al volver del colegio, nos enteramos de que había explotado una mina en las excavaciones de las que participaban. Fuimos a reconocer los cuerpos. A papá ni nos lo dejaron ver y mamá había perdido un ojo y los pies. Tenía la cara quemada. La tuvimos unos meses acá en casa, clandestina porque las excavaciones no estaban autorizadas y si la agarraban seguro la metían presa a pesar de cómo había quedado. Fue gracias a los médicos, que firmaron la partida de defunción. Mamá no hablaba, apenas comía. Hasta que murió. Fernando nunca lo pudo aceptar. Incluso a veces le deja el diario en el altillo. Una vez dejó una radio que se robó en el supermercado, y tuve que escucharla tres semanas seguidas, hasta que se le terminaron las pilas. Hace dos meses empezó a sentarse en el suelo, enfrente de la puerta del altillo, a leerle cuentos a la noche. Lee cuentos de Lovecraft, siempre los mismos, de un libro viejo con los bordes de las páginas mal cortadas y la tapa medio quemada por la radiación, que no sé bien de dónde sacó. Para el cumpleaños de mamá le deja un chocolate, lo único que comía cuando la tuvimos acá. Vanina, su novia, no quiere hablar del tema. La vez que quise forzar el candado para mostrarle que ahí adentro no había nada Fernando casi me degolla con la pala que usa para empujar la bandeja de comida que pasa por debajo de la puerta.