Conocer al otro por dentro o el deseo de ser Gisela

David Grossman

Un ensayo extraordinario sobre la importancia de conocer al otro por dentro.

David Grossman reivindica que la verdadera literatura se halla irremediablemente vinculada a la política que configura nuestras vidas. En este ensayo analiza con extraordinaria lucidez como el proceso de creación de un personaje nos permite conocer al otro por dentro, y lo equipara con el esfuerzo de conocer al enemigo y el intento de ver la realidad a través de sus ojos. Una cualidad literaria que, aplicada a las relaciones humanas, es fundamental en situaciones de conflictos deshumanizadores como el que vive la sociedad israelí.

Si me hubieran pedido que describiera qué cualidades hacen al escritor, habría respondido que la primera es la necesidad impe­riosa de inventar historias. Es decir, de organizar la realidad, a menudo caótica e incomprensible, en el marco de una narración; descubrir en todo acontecimiento los contextos —evidentes y ocultos— que le dan un sentido especial; poner de relieve los rasgos de la «trama» y hacer que emerjan de ella los «protagonistas».

Para mí, el impulso de escribir una historia, inventándola o sacándola de la realidad, es casi una pasión, la pasión por la narración que, para algunos —los que acabarán siendo escritores—, es tan fuerte y primordial como cualquier otra. Por suerte es una pasión que siempre tiene su opuesta, la de escuchar historias.

La necesidad de escuchar historias tiene algo de emocionante. A veces he realizado lecturas desde un escenario. Son actos que generalmente tienen lugar a última hora de la tarde y ante un público ya no joven que asiste después de una jornada de trabajo y de una vida no siempre fácil. Pero cuando levanto la mirada del texto tengo una visión maravillosa: en pocos minutos, de los rostros de aquellas personas han desaparecido el cansancio, las preocupaciones y la tristeza, a veces incluso la amargura, los malestares y los miedos. Entonces, algo delicado y olvidado aparece en sus rostros, y durante unos instantes puedo imaginar —incluso realmente entrever— cómo habían sido de niños.

(Tal vez la necesidad de escuchar una historia tiene algo de in­fantil —no pueril, sino infantil, primordial—, aunque no menos que la pasión de contarla.)

Entre las otras cosas que hacen de uno un escritor, evidente­mente hubiera mencionado también la voluntad de comprender —a través del relato— al mundo y al hombre en todas sus face­tas, vicisitudes e ilusiones. Podría añadir la voluntad del escritor de conocerse a sí mismo, de dar expresión a las corrientes que se agitan en su interior. Es dudoso que quien no posea estas ansias y pasiones primordiales pueda —si realmente quiere— dedicar a la escritura la gran fuerza anímica necesaria.

• • •

Pero quiero hablar de una motivación más para escribir que, por supuesto, de una forma u otra está relacionada con lo dicho anteriormente. Una motivación que, con el paso de los años —de vida y de escritura—, cada vez siento con más fuerza y me hace descubrir la necesidad de crear y escribir como forma de vida, como una manera de encontrar mi lugar en el mundo.

Esta motivación de la que hablo es el deseo de renunciar vo­luntariamente a todo lo que me protege del otro. El deseo de apartar el casi siempre invisible muro que me separa del otro, del individuo hacia el que siento un esencial y profundo interés. La voluntad de exponerme sin defensa alguna —como hombre, no como escritor— ante el otro, ante su interioridad más elemental, no alterada, primigenia.

Pero, inmediatamente, frente a estos deseos se alza un gran obstáculo: porque a fuerza de analizarme y de analizar a las perso­nas en general, cercanas o lejanas, he llegado a una conclusión, en principio sorprendente y frustrante, que me he apresurado a re­chazar diciéndome que es una generalización sin fundamento. Sin embargo, cada vez vuelve a mí con más fuerza en innumerables ejemplos y variantes, así que se la voy a exponer. Son ustedes libres de rechazarla completamente alegando que no tiene ni una pizca de verdad.

Me parece que en muchos aspectos, nosotros, los seres humanos —es decir, criaturas sociales que solemos estar ufanas de nuestra relación personal, cálida y afectiva, con la familia, los amigos y la comunidad—, nos defendemos y protegemos de la manera más eficiente posible no solo del enemigo: en cierto sentido nos defendemos y protegemos del prójimo, de la irradiación de su interioridad hacia nosotros, de las exigencias de esta interioridad que fluyen hacia nosotros sin cesar, de lo que aquí llamaré «el caos que impera en el interior del otro».

«El infierno es el otro», dijo Sartre, y quizá precisamente por esto, por el miedo a ese infierno que existe en el prójimo, la fina epidermis que nos envuelve y nos separa de él es a veces tan espesa y maciza como una muralla que sirve de frontera o de muro de separación.

Miremos un momento a nuestro alrededor: más de una vez veremos que, incluso en parejas que llevan años de convivencia —que son más o menos felices, que se aman y cumplen bien su papel como padres y como familia—, puede haber, de forma casi instintiva y absolutamente inconsciente, un acuerdo mutuo, secreto y complejo (¡cuya aplicación, dicho sea de paso, requiere una cooperación perfecta y muy sutil!) en los siguientes términos: más vale no conocer a fondo al cónyuge, no descubrir todo lo que sucede en su interior para no tener que reconocerlo y llamarlo por su nombre, porque en el marco de las relaciones de pareja no hay lugar para esto, podría romperles por dentro y destrozarles, algo en lo que ninguno de los cónyuges tiene interés alguno.

(«De pronto veo muy claro —declara un hombre en Tú serás mi cuchillo, un libro con el que mantuve una relación de pa­reja complicada— que las relaciones entre mi mujer y yo son tan estables y definidas que simplemente es imposible introducir en ellas un factor nuevo y tan relevante como, por ejemplo, yo.»)

A veces me quedo mirando a una vieja pareja —conozco mu­chas, y seguramente también ustedes— y hago un pequeño ejer­cicio intelectual tratando de imaginar cómo serían cuando se comprometieron. Es decir, intento eliminar de ellos las huellas del tiempo, la edad, el cansancio y la rutina, e imaginarles jóvenes, vigorosos y muy ingenuos. A veces incluso es posible percibir cómo —en el momento de su «fecundación» como pareja— se habían puesto de acuerdo, sin palabras, un subconsciente con el otro, con respecto al ángulo bajo el cual se observarían siempre, sellando al momento una especie de pacto vital maravillosamente complejo y con unos mecanismos muy delicados. Y cómo, al mismo tiempo, habían decidido que su amor vencería siempre, costara lo que costara, pero determinando el precio. Porque debe existir un precio para que un ser humano se abstenga de mirar al ser que le es más próximo desde todos los ángulos posibles, desde todos sus lados y sombras.