Cosas de familia

Marco Lara Klahr

La historia de la familia michoacana uno de los cárteles más peligorsos del centro de México.

En este libro Marco Lara Klahr presenta una investigación periodística acerca del grupo delincuencial conocido como La Familia Michoacana, cuyos métodos criminales le han permitido una potente expansión con decenas de redes en México, Estados Unidos, Centro y Sudamérica, llegando incluso hasta China. En gran medida, eso ha sido factible a partir de una estructura vertical y compartimentada, de liderazgos religiosos y carismáticos, así como de alianzas estratégicas con otros cárteles y funcionarios públicos. Más allá de lo anterior, en este reportaje se pone de relieve cómo la muerte de Nazario Moreno, el líder más visible de La Familia Michoacana y Los Caballeros Templarios, representa una verdad mediática, en cuya construcción participó el secretario técnico del gabinete de seguridad y el presidente de la República. La pregunta permanece: ¿a dónde fue el capo, quien incluso ya fue canonizado en el municipio de Apatzingán?

«Lo único cierto es que la muerte de Nazario Moreno constituye, si es posible decirlo, una verdad mediática.» ERNESTO VILLANUEVA, coordinador del Área de Derecho de la Información del Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM

Con formalidad, cierta mañana de mediados de febrero de 2012 “la empresa”1 citó a don Luis 2 a una “mediación”. Aquel día, a la entrada de su huerta aguacatera de Charo se detuvo un par de camionetas pick up de doble cabina con hombres armados con pistolas y fusiles AK-47. El emisario, un “joven bien presentado”, descendió y, dirigiéndose a él “muy correcto, sin insultos ni amenazas”, se identificó: “Soy ‘caballero templario’ ”. Le hizo breves preguntas sobre la posesión del predio; en tono perentorio pero cordial lo puso al tanto de la diligencia para la que estaba siendo requerido, precisándole fecha y hora del citatorio, y se despidió, todo con naturalidad ejecutiva. Don Luis no sintió miedo. “Ya había ido a una antes, sabía que era un mero trámite, porque además el del problema no era yo”, recuerda.

A la semana siguiente, al mediodía, dentro de la misma huerta tuvo lugar la “mediación”. Ahí estuvieron don Luis, el emisario que había acudido para citarlo y un acompañante. Estos dos últimos, que iban vestidos con ropa formal y sin armas, se presentaron pomposamente como “el subjefe” y “el jefe”. “Nosotros nos dedicamos a hacer justicia con precisión, a eso nos dedicamos, no abusamos absolutamente de nadie”, dijo con énfasis uno de los “caballeros templarios” a manera de tranquilizadora introducción. “Nada más queremos una aclaración, porque no nos podemos quedar con la historia de los licenciados, queremos oír la otra versión, a la otra parte, queremos oírlos a ustedes para poder hacer justicia”.

Sucede que “la empresa” intervino a petición de un quejoso que había acudido a ella, a través de sus abogados, pidiéndole que le administrara la justicia que, según él, los tribunales legales le habían negado al cabo de un largo y burocrático proceso judicial. El quejoso aducía ser legítimo dueño de aquella productiva huerta aguacatera de 40 hectáreas. Documentos oficiales en mano, el propietario original demostró a Los Caballeros Templarios que el quejoso mentía y por eso perdió ante los tribunales, pues si bien le entregó un anticipo, se negó a pagar el resto y más tarde abandonó la finca.

Los emisarios de “la empresa” se dieron por satisfechos. “En cuanto a ustedes, damos por terminado el asunto”. Repitieron que ahora sabían qué hacer. Que encontrarían al quejoso, aunque se negaba a hablar con ellos directamente; mandaba a sus abogados. Y antes de despedirse, se pusieron a sus órdenes. “Cuídense mucho. Si tienen algún problema pueden llamarnos a este número o preguntar por nosotros en las tienditas de por acá, ahí nos contactan”.

Con don Luis fueron obsequiosos. “Usted no tenga pendiente, dedíquese a trabajar, gente como usted es lo que queremos, gente que dé trabajo; usted está haciendo muy bien creando empleos aquí, no se preocupe, y si quiere hacer más, con toda confianza puede hacer más”. Algo más relajado, don Luis les hizo saber que en Tacámbaro y Ario de Rosales estaba en regla con Los Templarios, “estamos pagando con puntualidad las cuotas”. “Lo sabemos”, respondieron ellos para enseguida marcharse, en todo momento bajo la mirada de los hombres armados que los aguardaban a unos metros, a bordo de las enormes pick up.

Don Luis no es ingenuo. Ignora cómo acabó el asunto con el hombre que reclamaba injustamente la propiedad de su finca aguacatera, pero conoce que para Los Caballeros Templarios “hacer justicia” habitualmente significa extorsionar, despojar y hasta secuestrar o matar a cualquier persona. “Si las cosas no hubieran estado claras con mi huerta y el señor que me la vendió no hubiera tenido todos los papeles, nos hubieran ‘sentenciado’ a pagarla, se habrían quedado con el dinero y luego quizás habrían traído a un notario público para que les cediéramos los derechos y la escrituráramos a su nombre; habrían ido luego con el quejoso para cobrarle también a él y probablemente entregarle la posesión, solo la posesión de la huerta. Sus ‘sentencias’ son inapelables. Si alguien no cumple o los denuncia a las autoridades, incluido el notario público, lo matan”. Algo semejante ocurrió, ilustra, con el notario público y periodista Enrique Villicaña Palomares, “un hombre muy decente”.

A propósito de la cooptación de notarios públicos que hacen Los Caballeros Templarios, un asesor de seguridad pública del gobierno de Leonel Godoy en Michoacán, asentado en Morelia, evoca también a Villicaña Palomares: con base en tarjetas de investigación oficiales, refiere que un acreedor había recurrido a Rafael Cedeño Hernández para que “le hiciera justicia” ayudándole a recuperar casi 11 millones de pesos, frustrado después de tres años de un proceso judicial cuyo futuro se antojaba infinito. A los pocos días, de acuerdo con esta misma versión, aquél citó a las partes en las oficinas en Morelia de la Confederación Nacional de Organizaciones Populares, del Partido Revolucionario Institucional, para una “mediación” cuya rudeza nada tuvo que ver con el trato recibido por don Luis. El “mediador” se sentó frente al deudor, colocó su arma sobre un escritorio y con laconismo le advirtió: “Vengo a platicar”. El hombre, apabullado, no osó negar la deuda, pero sí tener para pagarla. Como un fiscal que exhibe prueba documental al juez, Cedeño Hernández le mostró un listado de sus bienes: autos, inmuebles y fondos en el banco, así como estados de cuenta de sus gastos recientes en centros comerciales. El deudor cambió de estrategia: de acuerdo, tenía propiedades suficientes para pagar, pero “deme chance de venderlas”. Cedeño Hernández le respondió que no se preocupara por vender, “usted va a ceder los derechos sobre todas estas propiedades”.

La Familia Michoacana protocolizó ante notario público la transferencia de los bienes; cobró al deudor, además, una multa equivalente al 30% de la deuda, y una comisión al acreedor por igual monto; se quedó con los bienes sobrantes —una vez descontado el total de la deuda menos la comisión—. Dos años después secuestró y mató al notario que había legalizado el despojo: Villicaña Palomares, cuando ya el propio Cedeño Hernández estaba en prisión, bajo proceso.