Crónicas desde Santaland

David Sedaris

Crónicas desde SantaLand es la hilarante historia de un joven que llega a Nueva York con grandes sueños, y consigue un trabajo de Elfo en uno de los grandes almacenes más emblemáticos de Estados Unidos. También es una historia real.

«Llegué a Nueva York hace solo tres semanas provisto de grandes esperanzas, esperanzas que han sufrido un duro revés. En mi mente yo iba directo desde Penn Station hasta las oficinas de One Life to Live, donde soltaba el equipaje y me aseaba un poco antes de salir a tomar una copa con Cord Roberts y Victoria Buchannon, las grandes estrellas del programa. Nos sentábamos en una butaca afelpada de una elegante coctelería, donde mis nuevos y célebres amigos levantaban los helados vasos en dirección hacia mí, diciendo:-Un brindis por David Sedaris, el mejor guionista que esta serie ha tenido en toda su historia.[…] La realidad es que acabo de solicitar un empleo de elfo. Pero lo peor no es solicitarlo, sino la posibilidad, absolutamente real, de no conseguirlo; de que ni siquiera pueda acceder a un puesto de elfo. Es entonces cuando tienes claro que tu vida es un fracaso absoluto.»David Sedaris

Estaba en una cafetería, ojeando los anuncios de trabajo, cuando uno en concreto llamó mi atención: «¡Macy’s Herald Square, el centro comercial más grande del mundo, ofrece grandes oportunidades para personas extravertidas y amantes de la diversión, de todos los tamaños y estilos, que estén buscando algo más que un simple empleo temporal! Trabajar de elfo en SantaLand de Macy’s es estar en el centro neurálgico de la emoción…». Rodeé el anuncio con un círculo, riéndome solo de pensarlo. El hombre sentado a mi lado se volvió para ver si yo estaba loco. Yo seguí riendo, en voz baja.

Ayer solicité un puesto en UPS. Necesitan conductores ayudantes para la inminente campaña de Navidad y yo acudí a sus oficinas lleno de esperanza. Esperanzas que se vieron drásticamente reducidas al enfrentarse a una cola de trescientas personas. Durante la breve entrevista, me preguntaron la razón por la que quería trabajar en UPS; contesté que quería trabajar en UPS porque me gustaba el tono marrón de sus uniformes. ¿Qué esperaban que les dijera?

«¡Me gustaría trabajar en UPS porque, en mi opinión, representa una oportunidad para demostrar mi sólida habilidad para el liderazgo en el marco de una de las mejores empresas de mensajería que este país ha tenido la suerte de disfrutar desde la época del Pony Express!»

Les dije que me gustaban sus uniformes y el entrevistador, dando la vuelta a mi formulario de solicitud, suspiró:

—Necesito un descanso.

Esta tarde, al llegar a casa, puse en marcha el contestador para ver si habían llamado los de UPS, pero el único mensaje grabado pertenecía a Sally Mae, la empresa que me concedió la beca de estudios. El nombre de Sally Mae evoca la imagen de una chica descalza, ingenua y alocada, pero de hecho corresponde a una despiadada y violenta banda de matones que tiene su sede en un alto edificio de ladrillo ubicado en algún lugar de Kansas. Yo lo imagino como el edificio más alto del estado y he llegado a la conclusión de que solo contratan ex presidiarios. Me dan miedo.

—¿Qué prefiere: elfo a tiempo completo o elfo de tardes y fines de semana? —preguntó la mujer de Macy’s.

—Elfo a tiempo completo —dije yo.

Tengo una entrevista el miércoles que viene al mediodía.

Soy un hombre de treinta y tres años tratando de conseguir un puesto de elfo.

A menudo veo por la calle a personas repartiendo folletos disfrazadas de objetos. La verdad es que tiendo a evitar los folletos, pero me parte el corazón ver a un hombre adulto vestido de enchilada. Así pues, si la situación incluye disfraz, tiendo no solo a aceptar el folleto, sino a agradecerlo con entusiasmo, mientras pienso: «Pobre y patético hijo de perra. Ignoro lo que tienes pero espero no contagiarme nunca». Esta tarde, en la avenida Lexington, acepté un folleto de un hombre vestido de cámara de vídeo. Perritos calientes, cacahuetes, tacos, videocámaras… Verlos me deprime: resultan incongruentes en medio de la calle. Tal vez en un desfile, pero no paseando solos. Me digo a mí mismo que los elfos al menos tienen un lugar: estaré en SantaLand, con los otros elfos. Viviremos en un algodonoso país de las maravillas rodeados de caña de azúcar y de chozas de pan de jengibre. No será tan triste como estar en una fría esquina vestido de patata frita.

Intento mirarlo desde un ángulo positivo. Llegué a Nueva York hace solo tres semanas provisto de grandes esperanzas, esperanzas que han sufrido un duro revés. En mi mente yo iba directo desde Penn Station hasta las oficinas de One Life to Live, donde soltaba el equipaje y me aseaba un poco antes de salir a tomar una copa con Cord Roberts y Victoria Buchannon, las grandes estrellas del programa. Nos sentábamos en una butaca afelpada de una elegante coctelería, donde mis nuevos y célebres amigos levantaban los helados vasos en dirección hacia mí, diciendo:

—Un brindis por David Sedaris, el mejor guionista que esta serie ha tenido en toda su historia.

—Vamos, chicos, dejadlo —decía yo, resuelto a ser modesto.

Las personas sentadas a las mesas cercanas se volvían y susurraban:

—¿Es él? ¿No es ese…?

Distraído por su admiración, notaba cómo Victoria Buchannon apoyaba la mano sobre mi brazo y me susurraba que tenía que ir acostumbrándome a ser el centro de atención.

La realidad es que acabo de solicitar un empleo de elfo. Pero lo peor no es solicitarlo, sino la posibilidad, absolutamente real, de no conseguirlo; de que ni siquiera pueda acceder a un puesto de elfo. Es entonces cuando tienes claro que tu vida es un fracaso absoluto.

He recibido la noticia esta tarde, sentado en la oficina de SantaLand, en el octavo piso de Macy’s:

—Felicidades, señor Sedaris. Es usted un elfo.

Para llegar a convertirme en elfo, he rellenado un formulario de diez páginas, he realizado un test de personalidad de opción múltiple, he superado dos entrevistas y he dejado una muestra de orina para que la sometan a un análisis en busca de residuos de drogas. La primera entrevista fue de carácter general, diseñada para descartar del proceso de selección a los sociópatas evidentes. Durante la segunda entrevista se nos preguntó por qué queríamos ser elfos. Esta es siempre una pregunta difícil. Escuché cómo la mujer que me antecedía, con experiencia como camarera, respondía a la pregunta diciendo:

—¿De verdad quiero ser un elfo? ¿Porque yo creo que, en el fondo, siempre se trata de actuar? ¿Y antes de esto trabajé en un restaurante? ¿Un restaurante dirigido por una fantástica mujer que un día soñó que abriría uno? ¿Y eso hizo plantearme que lo que de verdad, lo que de verdad importa es tener… un sueño?

Todo lo que salía de la boca de esa mujer, todas y cada una de sus frases, finalizaban en tono de pregunta y el entrevistador ni siquiera enarcó una ceja.

Cuando llegó mi turno, expliqué que quería ser elfo porque era uno de los desafíos profesionales más aterradores con los que me había enfrentado en toda mi vida. El entrevistador levantó la hoja de mi solicitud y dijo:

—¿Y…?

Estoy seguro de que no superé el análisis de orina. Mi muestra presentaba zonas escarchadas y pedúnculos flotantes, pero me contrataron porque soy bajito, un metro sesenta aproximadamente. Casi todos los contratados son bajos. Uno es un enano. Después de la segunda entrevista, me llevaron a la oficina del director, donde me mostraron un plano de toda la planta. En un día punta, veintidós mil personas acuden a visitar a Santa, y el deber de un elfo consiste en poner buena cara ante la adversidad y la tortura que eso supone. Prometí recordarlo.