Crónicas inexplicables

Alejandro Almazan

Un fantástico libro de crónicas por Alejandro Almazán, autor de El más buscado.

Por estas páginas desfilan un narco sin suerte: Jota Erre, quien luego de seis intentos (fallidos) de incursionar en el negocio del siglo, decidió dedicarse a la cantada; las ratas gigantes de Atascaderos, Chihuahua, que aún asuelan a la población y que las autoridades siguen ignorando; los 200 mil dólares que Margarito “encontró” en el cerro y que le valieron la ruina; el exorcismo que en el año 2000 dejara un saldo de siete muertos y 70 mil incógnitas en una pequeña población de Tlaxcala. Acérquese. Adéntrese en estas historias. Inexplicables, escritas por uno de los mejores cronistas mexicanos de la actualidad.

Sinopsis. Jota Erre es dueño de un perro de pelea que ha quedado ciego; tiene unos cuantos casetes de Chamín Correa, un Dodge Dart 70 que no arranca, un reloj de mano al que se le descompuso el segundero, un zapapico Truper y una guitarra con la que cantó en su boda. Un día, viendo una película de Pedro Infante, se da cuenta de que la pobreza ni en la tele es bonita. Entonces agarra a su esposa y a sus dos hijos, y baja de la sierra. Pronto descubrirá que la mayoría de los que han emigrado de su pueblo a Culiacán viven como Dios manda: si no lo tienen lo compran y si no lo compran lo arrebatan. Jota Erre terminará imantado por ese mundo de dinero y pólvora, y hará lo que esté a su alcance para poder cantar ese corrido que dice: Ya empecé a ganar dinero, las cosas están volteadas: ahora me llaman patrón, tengo mi clave privada. Para convertirse en un capo que se respete, Jota Erre probará suerte como achichincle, motero, sicario, narcomenudista, lavador de droga y prestanombres. Esa vida, sin embargo, lo llevará a conocer la mala suerte y a entender de una vez por todas: “Eso de que todo aquel que entra al narco se hace rico es nomás un pinchi mito”.

Intento número 1. Todo empezó así: estaba yo en mi cantón, oyendo a Chamín Correa bien acá, cuando llegó un primo que había bajado de la sierra bien cuajado, bien billetudo. “Pariente”, me dijo, “Ocupo una gente de harta confianza pa’ bajar la mota a Culiacán”. Y no sé, como que ves en un jale de ésos una ilusión de hacerte rico y dices chingue a su madre, de aquí soy. Yo ya estaba fastidiado de vender productos naturistas. Aquí en Culiacán a la raza no le interesa morirse de un infarto o del azúcar, y pos casi no vendes. ¿Y qué hice? Le entré. Pa’ qué te digo que no si sí. Además, en esos años (te hablo de los noventa) el jale estaba tranquilo. El cártel era uno solo y no había las broncas de hoy, donde tienes que definir si trabajas pa’l Chapo Guzmán o pa’ los Beltrán. Como si uno no supiera que, escojas a quien escojas, de todas maneras te van a matar. Total que mi cabeza de volada se puso a hacer cuentas y la verdad resultaba una buena pachocha irme de motero. Mi amá se enojó, pero no le hice caso. Ya ves que los sinaloenses somos mitad tercos y mitad valemadres. “Nomás te voy a decir una cosa, cabrón”, me dijo mi amá, “Si te matan, que Dios no lo quiera, no vengas a aparecerte por aquí que ya con el ánima de tu padre tengo suficiente”.

(Culiacán. Jota Erre serpentea por la avenida Lázaro Cárdenas, a la altura de la colonia Popular. La estética Ilusión está cerrada porque la dueña, Micaela Cabral, recibió hace pocos días la visita de un tipo que no fue a cortarse el pelo. Fue a decirle “te traigo un regalo”, sacó la nueve milímetros y le disparó seis veces. Jota Erre se sabe esta y otras historias del puñado de muertos que deambulan por estas calles. Él no quiere morir. Por eso me ha pedido que no ponga su nombre. Tampoco le gustaría que hable del trabajo por el que conoció al Hijo del Santo ni que describa su rostro. Acepta, eso sí, decir que hoy se dedica a la cantada, que tiene dos mujeres y que roza los cuarenta años.

Ése fue el trato. Y, una vez aceptado, nos trepamos a un auto que le diría a cualquier valet que recibirá buena propina. Jota Erre aceleró como si pisara una culebra y así llegamos hasta aquí, el cruce con la calle Río Aguanaval, la última parada de Micaela.

Jota Erre dice que esa cuarentona no estaba involucrada en la mafia, que la han de haber tumbado porque, últimamente, en Culiacán se mata por capricho. Y tiene razón: en febrero, el mes que terminó ayer, hubo más muertos que días: 41 de los 130 en todo Sinaloa. Pero no quiero desviarme del tema; yo he venido aquí a escuchar la verídica historia de Jota Erre).

Tú sabes que no sólo de pan vive el hombre y ai te voy tendido como bandido a Tamazula. Yo me wachaba como el jefe de los moteros, con una troca bien chila y con el cuerno bien terciado. Y nada, bato. Llegué de achichincle. De pinchi gato. Y pos a trabajar, ni modo que qué. Ahí aprendí que pa’ que no nos vieran los helicópteros de los guachos, teníamos que ir a un arroyo a empaquetar la mota en greña. Y eso sí: nada de hablar ni agarrar cura con los compas. Si dices algo o te andas riendo, el jefe te suelta un chingazo.

¿Has estado cuando empaquetan la mota? Chale, entonces no has vivido. Como nadien habla nomás se oyen los ruidos de los gatos hidráulicos y de la cinta canela. ¿Sí sabes que con los gatos se hacen los cuadritos? Pos sí, con esa madre armas los paquetes, y ya luego los envuelves con hule delgadito, del que usan las doñas en la cocina, y después viene la cinta canela. Les echas grasa pa’ que no se mojen cuando los lleven por mar, y al final les avientas otra pasada de hule y cinta. Eso hice durante tres meses, hasta que se juntaron como cinco toneladas. “Tú y tú van a bajar la mota”, nos dijo mi primo y nos dio un radio de esos de banda corta, y las llaves de los camiones. Y ai te fui, siguiendo a los punteros, los weyes que van en las cuatrimotos diciéndote si hay guachos o no. Todo iba bien, pero como el jale lo haces de noche, pos no miras muy bien y yo me fui a estrellar. Tuvieron que mandar otra media rodada, pasamos la mota en friega y nos quedamos en un pueblo porque nos amaneció. Total que pa’ no hacértela tan larga, entregué el jale en Culiacán y me lancé a cobrarle a mi primo. “En la vida todo se paga”, me dijo, “Y tú desmadraste un camión”. “Pero pariente, no chingue; si no fue porque quise”, le contesté. “Nada, nada pescadito; cuentas claras amistades largas”. Nomás porque mi amá es su madrina sacó doscientos pinchis dólares. Le valió madre que le haya dicho que me había rifado al cien. Pinchi bato. Si yo no sé por qué me aferré. Desde esa vez debí haber entendido que en el narco está duro el piojo.