Cuatro cuentos italianos

Carlos Jiménez Arribas

Una invitación al viaje interior más que al desplazamiento: eso es Cuatro cuentos italianos.

Cuatro cuentos italianos no es solo una colección de relatos unidos por un lugar común, Italia. El deslumbramiento del que mira, la pasión del que toma conciencia del mundo y el dulce deseo de disolución que solo produce la consciencia de la belleza son otros hilos sutiles entre los relatos que lo componen. También es una invitación al viaje desde los ojos limpios de un niño -«Joao»-, los sucios del que cree saber -«Su David»- y las palabras de los que viajan por vía interpuesta -«El blog de Rosa», «La serenidad»-.

A João le había prometido su padre llevarlo a Italia si sacaba buenas notas al final del curso. Pero muy buenas notas, le había dicho justo antes de que empezaran las clases, cuando los padres compran los libros nuevos en la papelería y los niños los huelen durante un instante largo antes de forrarlos con ese espíritu jovial de lo que está recién llegado al mundo. El padre de João era camionero y hacía varios viajes por Europa todos los años. En verano iba siempre a Italia, cargado hasta los topes de corcho, vino o mármol, para algún comerciante italiano excéntrico. Durante el curso, y cuando no estaba viajando, a veces esperaba a João a la salida del colegio con la cabina del camión, sin el remolque, y todos los amigos del hijo se apelotonaban para ver al padre bajando por la escalerilla como si descendiera de una nave espacial. Entonces se cambiaban los papeles, João se sentaba en el asiento del conductor, como un príncipe en el trono del rey, y se ponía al volante, que era casi tan grande como él, entre la admiración de los otros muchachos y el gesto complacido de su padre.

Solo Ibrahim tenía más motivos para presumir de padre que João, porque el suyo trabajaba en una obra y manejaba una pala excavadora. Pero no iba a buscarlo a la salida del colegio porque todo el mundo sabe que las excavadoras no pueden salir de las obras. Ibrahim tiraba entonces de inventiva y describía el descomunal vehículo con pelos y señales: hablaba del color amarillo brillante, de la placa de matriculación llena de barro, de unas ruedas que parecían norias, de cómo dentro de la pala siempre había una parte que brillaba intensamente y en la que no se pegaba nunca la arena, aunque estuviese mojada. Hablaba también de la cabina blindada (eso decía y sus amigos lo creían), con unos cristales verdes tras los cuales su padre parecía un buzo o un astronauta.

Ibrahim podía presumir más todavía al comienzo del curso porque era el único que cada verano había montado en barco. ¿Con el coche y todo dentro? Claro, decía Ibrahim, y con nosotros en el coche, hasta que se queda anclado en la bodega y salimos a cubierta. Aquella palabra, «anclado», la pronunciaba con una seguridad que los dejaba a todos boquiabiertos. Pero Ibrahim estaba en el barco apenas unas horas, el tiempo necesario para cruzar el estrecho antes de entrar en Marruecos y perderse por montañas y desiertos hasta llegar a la aldea de sus abuelos. Un día la maestra les contó que Europa y África habían estado unidas hacía millones de años, formando un solo continente, y que por eso ir en barco desde Algeciras hasta Ceuta era en realidad como cruzar un río muy ancho, pues nunca se perdía de vista la otra orilla. Y a todos se les vino abajo el mito del grumete Ibrahim, y empezaron a verlo como a cualquier turista de los que cruzaban el Tajo en el ferry del puerto.

Por eso, cuando su padre le dijo que lo llevaría con él a Italia si sacaba buenas, muy buenas notas, João quiso saber cuánto duraba la travesía. Esta vez fue el padre el que levantó un poco una ceja al escuchar aquella palabra, «travesía», en boca de su hijo. Veinte horas desde Barcelona, ¿por qué? No, por nada, por nada, respondió João, y una enigmática sonrisa de satisfacción se dibujó en sus labios. Hasta aquel momento a João siempre le había ido bien en los estudios. Pero el instituto no era el colegio, y muchos niños lo pasaban mal al dejar de ser eso, niños, y entrar con los ojos abiertos y los puños cerrados en lo que se solía llamar el umbral de la adolescencia. João no se preocupó cuando el primer día de clase los reunieron en el patio y fueron conducidos al módulo de los mayores por un profesor de barba vestido con bata blanca. Tampoco se inquietó por lo que aquello significaba, es decir, que había pasado a ser uno de los mayores. Ni por los nombres de las asignaturas, más científicos, como dijo el mismo profesor con pinta de farmacéutico ya en la clase. Ni siquiera se alarmó cuando se dio cuenta de que los llamaba de usted. A João lo único que le preocupaba era sacar tantos sobresalientes como fuera posible al final de curso, lo que él entendía que era su salvoconducto para Italia. Y el primer día, con los libros nuevos y su olor a mundo recién hecho en la cartera, se dijo que estudiaría lo que hiciera falta para lograr su objetivo. Pero aquel día se fue diluyendo en otros días, el paseo inicial por el patio se confundió con unos pasillos largos llenos de chavales, ¡y chavalas!, con partidos de fútbol en la hora de gimnasia y una ciudad que estaba cambiando vertiginosamente, a ese ritmo imparable pero imperceptible con el que crecen los niños.

Al menos en matemáticas João esperaba un nueve. Pero solo sacó un ocho y medio. Eso sí, le dijo desde el encerado aquel profesor que no se quitó la bata ni la barba en todo el curso, puede usted considerar que ha sacado un sobresaliente. Yo no voy regalando dieces por ahí. Se lo aseguro. ¿Qué quería decir el profesor con eso, que había otros que sí los regalaban? Pues no sería a João, que se tuvo que conformar con dos o tres aprobados raspones, un par de notables y aquel sobresaliente que lo era, como había dicho el profesor, por pura aritmética.

João no sabía qué cara poner cuando llegó con el boletín a casa. Su padre estaba sentado a la mesa en la cocina, partiendo el pan con las manos mientras le sacaba la lengua a su hermano pequeño, que reía ajeno a aquella carrera contra uno mismo que son las notas del colegio. João se quedó mirando al suelo tras entregarle a su padre la cartulina con las calificaciones. Vio las manchas regulares en el dibujo de los azulejos y también vio que le habían crecido los pies, que eran más grandes que el año anterior, cuando enseñarle las notas a su padre había sido solo un trámite, unos meses antes de la promesa del viaje, cuando Italia no era más que un trozo de mapa con forma de manga de pastelero puesta al revés y la nata seca por los bordes. Su hermano pequeño, sentado en una trona, acompañaba la solemnidad del momento dejando de hacer burbujas con la papilla, en un respetuoso silencio. El padre miró a João por encima del boletín y permaneció callado hasta que este levantó la vista de los azulejos y dejó de pensar en aquellos crespones de crema blanca. El pequeñín golpeó la bandeja de la trona con la cuchara de plástico dando por concluida la tregua y el silencio.