Cuentos de lo imposible

Carlos Pascual

En Cuentos de lo imposible Carlos Pascual vuelve a la Historia, recreándola y jugando con ella.

En Cuentos de lo imposible, Carlos Pascual se adscribe a la sencilla, pero intrigante y misteriosa pregunta que ronda siempre a la Historia: “¿Y si…?” Los hechos y los personajes históricos, así como las circunstancias que los rodearon y las hipotéticas causas que pudieran haberlas cambiado, torciendo así el curso de la Historia ?como dice el lugar común?, han despertado siempre la curiosidad de los que, en su momento, se hacen llamar contemporáneos. “¿Y si Edipo no hubiese asesinado a su padre?”, “¿y si Napoleón hubiese escapado de Santa Helena?”, son algunas de las preguntas que en estos cuentos Carlos Pascual se atreve a resolver con soltura, humor y talento.

—¡Dad paso al rey! —ordenó el soldado.

—¿Y qué rey es éste que no permite a las cabras y a las ovejas pastar con tranquilidad? —respondió el pastor.

—Layo, señor de Tebas. ¡Abrid paso! —fue la respuesta.

—¿Y no sabe Layo, señor de Tebas, que la pastura de las bestias propicia la grandeza de un imperio?

El soldado no supo qué contestar. Del carruaje principal descendió el rey.

—¿Cómo es eso? —preguntó el monarca al pastor.

—Si las bestias se alimentan bien, bien alimentados estarán tus hombres y tus ejércitos, señor.

—¿Y debo por eso aguardar sentado durante horas en este cruce de caminos?

—Quizá pudieras llevar tu pensamiento, en estos minutos de espera, al arte sutil del raciocinio.

—¿Piensas que no lo hago, infeliz?

—De hacerlo, señor, habrías ya librado a Tebas del peligro que representa la presencia de la temible esfinge.

—Me dirijo a consultar al oráculo…

—Consulta primero tu mente, señor.

—Eres astuto, pastor, pero bien callado te quedarías ante los enigmas planteados por la esfinge.

—De conocerlos, quizá no.

—Sólo a los grandes les es dado conocerlos.

—Señor, yo no te veo mucho más grande que yo.

Layo observó detenidamente al pastor.

—¿Cuál es tu nombre?

—Edipo, señor.

—¿Edipo?

El pastor se descalzó un pie y se lo mostró al soberano. Su pie estaba completamente hinchado.

—El de los pies tumefactos, señor.

Layo lo miró unos segundos más y una pequeña revelación se manifestó en su mente.

—De confiarte el enigma, ¿me ayudarías a resolverlo?

—Soy tu sóbdito, señor.

—¿Y qué querrías a cambio?

—La dicha enorme de pastorear en paz a mis bestias.

A Layo le pareció juicioso el hombre.

—Escucha entonces con atención —Layo recitó de memoria el acertijo—: “¿Cuál es el animal que, por las mañanas, camina apoyado en cuatro patas, por la tarde lo hace en dos y por la noche lo hace en tres?”

Edipo miró al soberano por unos momentos y, sin poder evitarlo, estalló en carcajadas.

—¿Cuál es el motivo de tu risa? —preguntó indignado Layo.

—¡La obviedad del planteamiento, señor! ¡La fácil resolución del enigma! ¡Pero si todo el mundo lo conoce! ¡Hasta un niño te podría decir la respuesta! ¡Es uno de los acertijos más conocidos de la Hélade!

Layo se mostraba impaciente ante la sóbita altanería del pastor.

—Está bien, si tan fácil es la respuesta, dímela. Quiero conocerla.

Edipo se enjugó las lágrimas que le había provocado la risa.

—Tal animal, señor, es el hombre mismo. ¿No te parece obvio?

—No —dijo el rey secamente.

—Te lo explicaré, aunque debo insistir en que todo el mundo lo conoce. En la mañana, cuando el hombre es un crío apenas, camina en cuatro patas; de tarde, siendo adulto, camina en dos, y la tercera pata, señor, es el báculo con que se apoya el anciano durante el ocaso de su vida.

Layo guardó silencio unos minutos.

—Bien. Gracias por la respuesta, pastor. La estudiaré con mis consejeros antes de enfrentarme a la esfinge.

—¡No tienes nada que consultar, señor! ¡Ve ahora mismo a donde está la esfinge y gana para ti la gloria!

Así lo hizo Layo. Ante su sorpresa, después de dar la respuesta al enigma, la esfinge alzó dolida el vuelo y se suicidó despeñándose en los barrancos. Ese día, Layo fue recibido como un héroe por su pueblo y por su mujer, Yocasta. Ya en el tálamo, pasada la euforia de las fiestas, los reyes conversaban:

—Conocí a un buen hombre, Yocasta. Era joven, guapo, con ojos color de olivo y, sobre todo, sabio.

—¿Cuál era su nombre? —preguntó la reina, quien se cepillaba su larga, larguísima cabellera.

—Edipo.

—¿Edipo? Suena interesante.

—Aunque se veía un poco acomplejado, el pobre… —agregó el rey.

—¿Acomplejado? ¿Y cuál era el complejo del tal Edipo? —preguntó la reina, interesada.

—El infeliz tenía los pies deformes.

—Buena razón para estar acomplejado —repuso la reina—. En Grecia nos hemos preciado siempre de la belleza armónica de nuestros pies.

—Así es, mujer —sonrió con benevolencia el rey, para agregar después con complicidad—: Pero pudiera ser que, de cualquier manera, este joven hubiese resultado atractivo a la reina. Ya te he dicho que era hermoso…

—¿Has dicho también que era joven, mi señor? —respondió Yocasta—. Bien sabes, señor, que en nada me interesan los jóvenes imberbes…

Los monarcas sonrieron felices y se abrazaron largamente entre sus delicadas sábanas.

Esa noche, como desde hacía mucho tiempo no ocurría, Tebas durmió tranquila.