Demasiada felicidad

Alice Munro

Una matemática rusa vive una decepcionante historia de amor a mediados del siglo XIX

En Demasiada felicidad acompañamos a Sofia Kovalevski, una matemática rusa que realmente vivió a mediados del siglo XIX, en su largo peregrinaje a través de Europa en busca de una universidad que admitiera a mujeres como profesoras, y viviremos con ella su historia de amor con un hombre que hizo lo que supo por decepcionarla.La premio Nobel de literatura Alice Munro hace gala aquí de su talento para trasformar las más sencilla de las anécdotas en pura literatura.

El primer día de enero del año 1891 una mujer menuda y un hombre corpulento andan por el Viejo Cementerio de Génova. Los dos rondan los cuarenta años. La mujer tiene la cabeza grande, como un niño, con una mata de pelo oscuro y rizado y una expresión preocupada, un poco suplicante. Su rostro empieza a parecer ajado. El hombre es inmenso. Pesa ciento veinticinco kilos, repartidos por un cuerpo enorme; como es ruso a menudo lo llaman oso, y también cosaco. En estos momentos está agachado sobre unas lápidas, escribiendo en un cuaderno, recopilando inscripciones y tratando de descifrar abreviaturas que no comprende de inmediato, a pesar de que habla ruso, francés, inglés e italiano y comprende el latín clásico y medieval. Sus conocimientos son tan dilatados como su físico, y aunque su especialidad es el derecho administrativo, es capaz de disertar sobre el desarrollo de las instituciones políticas contemporáneas de Estados Unidos, las peculiaridades de la sociedad en Rusia y en Occidente y las leyes y costumbres de los imperios antiguos. Pero no es un pedante. Es ocurrente y goza de muchas simpatías, se siente a sus anchas en ambientes muy distintos y puede llevar una vida sumamente cómoda gracias a sus propiedades cerca de Jarkov. Sin embargo, tiene prohibido ocupar un puesto académico en Rusia, por ser liberal.

Su nombre le pega mucho. Maksim. Maksim Maksimovich Kovalevski.

La mujer que lo acompaña también es una Kovalevski. Estuvo casada con un primo lejano de él, pero ahora es viuda.

Le habla en tono de broma.

—Sabes que uno de los dos va a morir —le dice—. Uno de los dos morirá este año.

Sin prestarle demasiada atención, él le pregunta:

—¿Y eso por qué?

—Porque hemos estado en un cementerio el primer día de Año Nuevo.

—En efecto.

—Todavía hay unas cuantas cosas que tú no sabes —añade ella con voz coqueta pero inquieta—. Yo las sabía antes de los ocho años.

—Las chicas pasan más tiempo con las cocineras y los chicos con los mozos de cuadra… Supongo que es por eso.

—¿Y los chicos de las cuadras no saben nada de la muerte?

—No mucho. Se concentran en otras cosas.

Ese día hay nieve pero es blanda. Donde pisan dejan huellas negras, derretidas.

Se conocieron en 1888. Él había ido a Estocolmo para asesorar sobre la fundación de una escuela de ciencias sociales. Su nacionalidad común, que llegaba hasta un apellido común, habría cruzado sus caminos aunque no hubiera existido una atracción especial. Ella habría tenido la responsabilidad de acompañar y hacerse cargo de un correligionario liberal a quien no acogían en su propio país.

Pero no resultó en absoluto una obligación. Cayeron el uno en brazos del otro como si de verdad hubieran sido parientes que no se veían desde hacía tiempo. A continuación un torrente de bromas y preguntas, una comprensión inmediata, una exuberante algarabía en ruso, como si las lenguas de Europa occidental fueran endebles jaulas puramente formales en las que llevaban demasiado tiempo confinados, o míseras sustitutas de la verdadera habla humana. También su conducta desbordó muy pronto las convenciones de Estocolmo. Él se quedaba hasta tarde en el apartamento de ella. Ella iba sola a almorzar con él en su hotel. Cuando él se hirió una pierna por culpa de un percance en el hielo, ella lo ayudaba a bañarse y vestirse, y no solo eso: se lo contó a la gente. Entonces estaba tan segura de sí misma, y sobre todo de él… Escribió una descripción de Maksim, sacada de De Musset, y se la envió a una amiga.

Es muy alegre, y al mismo tiempo muy sombrío,

vecino desagradable, excelente camarada,

sumamente gracioso y sin embargo tan afectado.

Indignantemente ingenuo, mas muy displicente.

Terriblemente sincero, y tan astuto al mismo tiempo.

 

Y al final decía: «Y encima, un verdadero ruso; eso es».

Maksim el Gordo, lo llamaba ella por entonces.

«Nunca he sentido tal tentación de escribir novela romántica como con Maksim el Gordo.» Y: «Ocupa demasiado sitio, en el diván y en mi cabeza. En su presencia me resulta del todo imposible pensar en otra cosa que no sea él».

Esto ocurría precisamente cuando tendría que haber estado trabajando noche y día, preparando la memoria para el premio Bordin. «No solo estoy descuidando las Funciones, sino también las Integrales Elípticas e incluso mi Cuerpo Rígido», bromeaba con su colega, el matemático Mittag-Leffler, quien convenció a Maksim de que había llegado el momento de que fuera a Upsala a dar conferencias durante una temporada. Sofia lo apartó con gran esfuerzo de sus pensamientos, dejó de fantasear, volvió a centrarse en el movimiento de los cuerpos rígidos y en la solución del llamado problema de la sirena mediante las funciones zeta con dos variables independientes. Trabajaba apresurada pero feliz, porque en el fondo seguía pensando en él. Cuando regresó, ella estaba agotada, aunque pletórica. Dos triunfos: su trabajo listo para una última revisión y una presentación anónima; su amante gruñón pero alegre, entusiasta tras regresar del destierro y, según todos los indicios, decidido a convertirla en la mujer de su vida, o eso pensaba ella.

Lo que los echó a perder fue el premio Bordin. Eso creía Sofia. Al principio también ella se dejó seducir, fascinada por las luces y el champán. El vértigo de los halagos, el deslumbramiento y los besamanos recubrían con una gruesa capa ciertas realidades, realidades fastidiosas pero inmutables. La realidad de que jamás le ofrecerían un trabajo digno de su talento, de que tendría mucha suerte si le tocaba dar clase en una escuela femenina de provincias. Y mientras ella disfrutaba, Maksim se disponía a desaparecer. Ni una sola palabra sobre el verdadero porqué, solo los artículos que tenía que escribir, lo mucho que necesitaba la paz y la tranquilidad de Beaulieu.

Maksim se sentía relegado. Un hombre que no estaba acostumbrado a ser relegado, que probablemente jamás había acudido a ningún salón, a ninguna recepción, desde que era adulto, donde hubiera ocurrido tal cosa. Y tampoco ocurría en París. No era que él se sintiese invisible allí, donde Sofia acaparaba la atención, sino que lo de él se daba por supuesto. Un hombre de consolidada valía y reputación permutable, con cierto volumen corporal e intelectual, unido a un ingenio agudo, una habilidad y un encanto masculinos. En cambio, ella era una absoluta novedad, un bicho raro delicioso, la mujer con talento artístico y timidez femenina, encantadora, y sin embargo con una mente pertrechada de una forma nada convencional bajo sus rizos.