Dochera

Edmundo Paz Soldán

¿De qué manera puede un tímido enfermizo declarar su amor a una misteriosa mujer? ¿Cómo se enfrenta un vividor empedernido al mayor de sus miedos? ¿Qué pasa cuando se traspasan los límites de una puerta cerrada?

“Dochera”, que le valió al autor el Premio Juan Rulfo 1997, cuenta una singular historia de amor y obsesión, en “Tiburón” un vividor empedernido se enfrenta al mayor de sus miedos y en “La puerta cerrada” se exploran las terribles consecuencias de no saber cuándo una puerta se cierra definitivamente.

Todas las tardes la hija de Inaco se llama Io, Aar es el río de Suiza y Somerset Maugham ha escrito La luna y seis peniques. El símbolo químico del oro es Au, Ravel ha compuesto el Bolero y hay puntos y rayas que indican letras. Insípido es soso, las iniciales del asesino de Lincoln son JWB, las casas de campo de los jerarcas rusos son dachas, Puskas es un gran futbolista húngaro, Veronica Lake es una famosa femme fatale, héroe de Calama es Avaroa y la palabra clave de Ciudadano Kane es Rosebud. Todas las tardes Benjamín Laredo revisa diccionarios, enciclopedias y trabajos pasados para crear el crucigrama que saldrá al día siguiente en El Heraldo de Piedras Blancas. Es una rutina que ya dura veinticuatro años: después del almuerzo, Laredo se pone un apretado terno negro, camisa de seda blanca, corbata de moño rojo y zapatos de charol que brillan como los charcos en las calles después de una noche de lluvia. Se perfuma, afeita y peina con gomina, y luego se encierra en su escritorio con una botella de vino tinto y el concierto de violín de Mendelssohn en el estéreo para, con una caja de lápices Staedtler de punta fina, cruzar palabras en líneas horizontales y verticales, junto a fotos en blanco y negro de políticos, artistas y edificios célebres. Una frase serpentea a lo largo y ancho del cuadrado, la de Oscar Wilde la más usada: «Puedo resistir a todo menos a las tentaciones». Una de Borges es la favorita del momento: «He cometido el peor de los pecados: no fui feliz». ¡Preclara belleza de lo que se va creando ante nuestros ojos nunca cansados de sorprenderse! ¡Maravilla de la novedad en la repetición! ¡Pasmo ante el acto siempre igual y siempre nuevo!

Sentado en la silla de nogal que le ha causado un dolor crónico en la espalda, royendo la madera astillada del lápiz, Laredo se enfrenta al rectángulo de papel bond con urgencia, como si en éste se encontrara, oculto en su vasta claridad, el mensaje cifrado de su destino. Hay momentos en que las palabras se resisten a entrelazarse, en que un dato orográfico no quiere combinar con el sinónimo de «impertérrito». Laredo apura su vino y mira hacia las paredes. Quienes pueden ayudarlo están ahí, en fotos de papel sepia que parecen gastarse de tanto ser observadas, un marco de plata bruñida al lado de otro atiborrando los cuatro costados y dejando apenas espacio para un marco más: Wilhelm Kundt, el alemán de la nariz quebrada (la gente que hace crucigramas es muy apasionada), el fugitivo nazi que en menos de dos años en Piedras Blancas se inventó un pasado de célebre crucigramista gracias a su exuberante dominio del castellano –decían que era tan esquelético porque sólo devoraba páginas de diccionarios de etimologías en el desayuno, almorzaba sinónimos y antónimos, cenaba galicismos y neologismos–; Federico Carrasco, de asombroso parecido con Fred Astaire, que descendió a la locura al creerse Joyce e intentar hacer de sus crucigramas reducidas versiones de Finnegans Wake; Luisa Laredo, su madre alcohólica, que debió usar el seudónimo de Benjamín Laredo para que sus crucigramas abundantes en despreciada flora y fauna y olvidadas artistas pudieran ganar aceptación y prestigio en Piedras Blancas; su madre, que lo había criado sola (al enterarse del embarazo, el padre de dieciséis años huyó en tren y no se supo más de él), y que, al descubrir que a los cinco años él ya sabía que agarradera era asa y tasca bar, le había prohibido que hiciera sus crucigramas por miedo a que siguiera su camino. «Cansa ser pobre. Tú serás ingeniero.» Pero ella lo había dejado cuando cumplió diez, al no poder resistir un feroz delírium trémens en el que las palabras cobraban vida y la perseguían como mastines tras la presa.

Todos los días Laredo mira al crucigrama en estado de crisálida, y luego a las fotos en las paredes. ¿A quién invocaría hoy? ¿Necesitaba la precisión de Kundt? «Piedra labrada con que se forman los arcos o bóvedas», seis letras. ¿El dato entre arcano y esotérico de Carrasco? «Cinematógrafo de John Ford en El fugitivo», ocho letras. ¿La diligencia de su madre para dar un lugar a aquello que se dejaba de lado? «Preceptora de Isabel la Católica, autora de unos comentarios a la obra de Aristóteles», siete letras. Alguien siempre dirige su mano tiznada de carbón al diccionario y enciclopedia correctos (sus preferidos, el de María Moliner, con sus bordes garabateados, y la Enciclopedia Británica desactualizada pero capaz de informarlo de árboles caducifolios y juegos de cartas en la Alta Edad Media), y luego ocurre la alquimia verbal y esas palabras yaciendo juntas de manera incongruente –dictador cubano de los cincuenta, planta dicotiledónea de Centroamérica, deidad de los indios mohawk–, de pronto cobran sentido y parecen nacidas para estar una al lado de la otra.

Después, Laredo camina las siete cuadras que separan su casa del rústico edificio de El Heraldo, y entrega el crucigrama a la secretaria de redacción, en un sobre lacrado que no puede ser abierto hasta minutos antes de ser colocado en la página A14. La secretaria, una cuarentona de camisas floreadas y lentes de cristales negros e inmensos como tarántulas dormidas, le dice cada vez que puede que sus obras son «joyas para guardar en el alhajero de los recuerdos», y que ella hace unos tallarines con pollo «para chuparse los dedos», y a él no le vendría mal «un paréntesis en su admirable labor». Laredo murmura unas disculpas, y mira al suelo. Desde que su primera y única novia lo dejó a los dieciocho años por un muy premiado poeta maldito –o, como él prefería llamarlo, un «maldito poeta»–, Laredo se había pasado la vida mirando al suelo cuando tenía alguna mujer cerca de él. Su natural timidez se hizo más pronunciada, y se recluyó en una vida solitaria, dedicada a sus estudios de arqueología (abandonados al tercer año) y al laberinto intelectual de los crucigramas. La última década pudo haberse aprovechado de su fama en algunas ocasiones, pero no lo hizo porque él, ante todo, era un hombre muy ético.