Dos cuentos de navidad

Fiódor M. Dostoievski

Dos conmovedores cuentos de Navidad escritos por uno de los grandes nombres de la literatura universal.

Los dos cuentos aquí reunidos, El árbol de Navidad y una boda y El Niño de la manita, son una muestra perfecta, en formato breve, del espíritu que atraviesa las grandes novelas del «mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos», en palabras de Stefan Zweig.Dos cuentos estremecedores y bellos, con personajes magníficamente retratados en delicadas pinceladas, y en los que podemos apreciar un profundo sentimiento cristiano, volcado en la defensa de los más vulnerables.

De los apuntes de un desconocido

Hace unos días vi una boda… Pero ¡no! Será mejor que les hable sobre la fiesta del Árbol de Navidad. La boda estuvo bien; me gustó mucho, pero aún mejor fue otro acontecimiento. Ignoro de qué modo, al observar la boda me acordé de esa fiesta del Árbol de Navidad. Ocurrió del siguiente modo. Hace exactamente cinco años, en vísperas de Año Nuevo, me invitaron a un baile infantil. La persona que me invitaba era muy célebre e importante, con contactos, influencias e intrigas, de modo que uno podía pensar con facilidad que el baile infantil no era más que una excusa para reunirse los padres y charlar sobre ciertos asuntos de la forma más casual e inocente. Yo era ajeno a aquellas cuestiones, no tenía ningún asunto que tratar, y por ello pasé la tarde de un modo bastante independiente. Había allí también otro señor, que a mi parecer no se distinguía ni por su posición social ni por parentesco alguno, pero que, al igual que me ocurriera a mí, se encontró en la feliz fiesta del mismo modo que yo… Fue la primera persona en quien me fijé. Era un hombre alto, enjuto, bastante serio y bien vestido. Pero resultaba evidente que en absoluto le divertía aquella alegre fiesta familiar. Cuando se apartaba hacia algún rincón, al instante dejaba de sonreír y fruncía sus espesas y negruzcas cejas. Exceptuando al dueño, no conocía a nadie de aquella fiesta de baile infantil. Era visible que se aburría a más no poder, pero que soportaba heroicamente, hasta el final, el papel de hombre absolutamente feliz y divertido. Después me enteré de que se trataba de un señor de provincias, que vino a la capital a solucionar alguna cuestión importante, y que le traía una carta de recomendación al dueño, nuestro anfitrión, que le mostró su tono protector, no precisamente con amore, y que le invitaba por pura cortesía a su fiesta de baile infantil. Como no jugaba a las cartas y nadie le había ofrecido un cigarro, ni entraba en conversación con él —probablemente al reconocer ya a distancia al pájaro por su pluma—, y por no saber qué hacer con las manos, se vio el caballero obligado a atusarse las patillas durante toda la tarde. Éstas eran verdaderamente hermosas. Pero se las atusaba con tanta insistencia que, al mirarle, resultaba difícil no pensar que en el mundo fueron primeramente creadas las patillas, y que sólo después se les añadió el hombre para que se las atusara.

Al margen de ese caballero, que participaba de ese modo de la felicidad familiar del dueño de la casa, y que tenía cinco hijos regordetes, también llamó mi atención otro caballero. Pero este otro ya era de otra naturaleza. ¡Se trataba de todo un personaje! Se llamaba Iulián Mastákovich. Desde el primer golpe de vista se percataba uno de que se trataba de un invitado de honor y de que tenía la misma relación con el anfitrión que este último con el caballero que se atusaba las patillas. Los dueños le prodigaban infinidad de amabilidades, tenían muchas atenciones con él, le ofrecían bebidas, lo jaleaban, le acercaban a sus invitados para recomendarle, pero en lo que a él se refiere no lo presentaban a nadie. Observé que al dueño le brilló una lágrima en el ojo cuando Iulián Mastákovich, refiriéndose a la velada, dijo que en escasas ocasiones había pasado un rato tan agradable. De pronto me estremecí ante la presencia de aquel personaje, y, por ello, tras deleitarme mirando a los niños, me marché a un pequeño saloncito, que estaba completamente vacío, y me senté en el cenador de la dueña, que tenía muchas plantas y ocupaba casi la mitad de la habitación.

Todos los niños eran increíblemente enternecedores, y decididamente se negaban a comportarse como mayores a pesar de todas las observaciones de las institutrices y las madres. En un abrir y cerrar de ojos habían dejado el árbol prácticamente vacío, hasta el último bombón, y ya les había dado tiempo a romper la mitad de los juguetes, sin saber previamente a quién correspondía cada uno. Especialmente agradable me pareció un niño de ojos negros y pelo rizado, que no hacía más que querer dispararme con su rifle de madera. Pero, de todos los niños, la que más llamó mi atención fue su hermana, una niña de aproximadamente once años, maravillosa, tierna, silenciosa, pensativa y pálida, con ojos grandes, penetrantes y algo saltones. Los niños la habían ofendido por algo, por eso decidió marcharse al salón donde estaba yo, y ponerse a jugar con su muñeca en un rinconcito. Los invitados indicaban con respeto a un rico comerciante, su padre, y alguno que otro señalaba, en voz baja, que ya se había asignado a la niña una dote de trescientos mil rublos. Me di la vuelta para echar un vistazo a los que curioseaban sobre el acontecimiento, y mi mirada cayó en Iulián Mastákovich, quien, con las manos a la espalda y la cabeza algo ladeada, ponía especial atención para escuchar la vanilocuencia de aquellos caballeros. A continuación no pude por menos de sorprenderme por la sabiduría de los dueños ante la entrega de los regalos de los niños. La niña que ya tenía trescientos mil rublos de dote recibió una impresionante muñeca. Después se fueron entregando los regalos en línea descendente, conforme al nivel y rango de los padres de todas aquellas felices criaturas. Finalmente, el último niño, de unos diez años, delgadito, pequeño, pecosillo y pelirrojo, recibió sólo un libro de cuentos sobre la grandeza de la naturaleza, las lágrimas de la emoción y otras cosas, sin una sola estampa ni viñeta.

Era el hijo de la institutriz de los niños del dueño: una pobre viuda que tenía un niño extremadamente introvertido y asustadizo. Llevaba puesta una chaquetita de nanquín barato. Tras recibir su librito, estuvo un largo rato dando vueltas alrededor de otros juguetes; tenía muchas ganas de jugar con otros niños, pero no se atrevía; era evidente que ya tenía conciencia de su situación y la comprendía. Me gusta observar a los niños. Lo extraordinariamente curioso en ellos viene a ser la primera revelación de independencia en la vida. Observé que al niño pelirrojo le atrajeron sobremanera los juguetes de más categoría de otros niños, especialmente las marionetas de teatro, con las que le habría encantado jugar representando algún papel, hasta el extremo de hacer alguna gamberrada. Se reía y jugaba con otros niños, y le dio su manzana a un niño regordete que tenía anudado un pañuelo lleno de golosinas; incluso accedió a llevar sobre su espalda a otro niño, con tal de que no le apartaran del teatro de las marionetas. Pero, al cabo de un minuto, un chaval travieso le dio una considerable paliza. El niño no se atrevió a llorar. En ese momento llegó la institutriz, su madre, y le ordenó que no molestara a los otros niños. Él entró en la habitación donde estaba la niña. Ella dejó que se le acercara y los dos, bastante entretenidos, se pusieron a vestir a la preciosa muñeca.

Ya llevaba yo una media hora sentado en el saloncito del cenador y casi me adormecí escuchando el silencioso susurro entre el niño pelirrojo y la preciosa niña de trescientos mil rublos de dote, que departían sobre la muñeca. De pronto entró en la habitación Iulián Mastákovich.