El amigo del héroe

Alvaro Enrigue

Un magistral cuento sobre la infancia y la amistad.

“No es que haya elegido ser segundón, lo soy de manera natural. Además creo en la bondad del segundo lugar desde hace muchos años.”Así comienza El amigo del héroe, publicado por primera vez en 1998 y remasterizado para esta edición. Este relato de Álvaro Enrigue desempolva la ingenuidad y la vanidad de la infancia: Ponchito, un niño como cualquier otro, jugó a ser el héroe.Un ejercicio literario memorable. Una vivencia aleccionadora. Enrigue se pone en los pies de su protagonista y revive los diálogos de dos niños de secundaria que en su incesante lucha contra el crimen se ven obligados a enfrentar las últimas y más inesperadas consecuencias.

No es que haya elegido ser segundón, lo soy de manera natural. Además creo en la bondad del segundo lugar desde hace muchos años: acababa de cumplir los 13 y vivía aún en la vecindad en que me crié, una casona dividida en departamentos minúsculos en el número 25 de la calle Repartidores, de la colonia Postal. Ahí me hice amigo de Alfonso Aguilar, un muchacho ejemplar al que todos conocíamos como Ponchito.

Ponchito sacaba puros dieces en la escuela y era más alto que los demás, hacía ejercicios (lagartijas, abdominales) y tenía un peso desproporcionado con respecto a su edad (grasa de bebé). Nunca lo vimos ni despeinado ni mugroso; además tenía un trabajo y muy bueno: ayudaba la tarde de los viernes y los sábados por la mañana en una carpintería de la colonia Narvarte. Para colmo su novia era blanca como la nieve y de lo mejor a disposición de los muchachos del barrio más bien mugroso en que crecimos: era la más chica de las hijas de un tendero español. Nunca supimos si era su novia de verdad o hasta qué grado lo era: nadie los vio nunca juntos y ella no estuvo especialmente apesadumbrada por los días que siguieron a nuestras aventuras, pero tampoco desmintió nunca nada.

La tarde en que Ponchito me reveló su idea yo pensé que se estaba burlando. Tú vas a saber mi secreto, me dijo, porque eres necesario para mis planes, sígueme. Y me condujo hasta su cuarto, al que casi nunca me invitaba. Ahí me dijo que me sentara en la cama y sacó del fondo de su cómoda una caja de zapatos llena de billetes de a cinco. Me dijo: Con esto vamos a comprar los uniformes y el equipo: yo voy a ser el héroe y tú el amigo del héroe.

No sé si no le entendí o no le quise entender, pero me reí y le pedí que me la barajara más despacio. Entonces se extendió: Íbamos a ser como Viruta y Capulina, pero en serio, y yo sería Viruta; como Batman y Robin, y yo Robin; que como el fotógrafo de Supermán; que yo como el carnal Marcelo y él Tin Tan. Y no te rías —concluyó— porque a partir de hoy nos une un lazo que sólo se romperá con la muerte; mañana

comenzaremos a ejercitarnos antes del amanecer en el Parque de los Venados. Me dejé de reír. Todavía remató: Te elegí a ti entre todos mis conocidos por tu fidelidad, inteligencia y juventud; siempre es bueno que el amigo del héroe esté una pizca más verde; ahora vete a descansar. Cuando crucé la puerta pensando en tener una conversación con su madre, todavía me dijo: Y una cosa más, compañero: esto es entre tú y yo; nadie más se puede enterar.

Naturalmente que yo tenía mis dudas sobre el asunto, pero parte de ser el amigo del mejor y más peinado está en no fallarle, así que llegué al Parque de los Venados a las cinco de la mañana del día siguiente con mis pantalones cortos y mis zapatos tenis. Ponchito ya estaba ahí, haciendo calentamientos. Me le uní en silencio —tampoco es que haya mucho que decir a esa hora— y luego empezamos a correr. Le dimos toda una vuelta al jardín. Entonces habló: caminaba alrededor de mi cuerpo exhausto mientras explicaba sus planes. Cuando me levanté a vomitar la concha y el vaso de café con leche que cándidamente me había desayunado, me siguió sin interrumpir su discurso; si subía la intensidad de mi devolución se quedaba pensativo; en cuanto descendía el estruendo, continuaba.

Según me explicó, con el dinero que había ahorrado compraríamos sogas y poleas para el vuelo, un par de navajas de muelle para llevar ocultas en el traje, dos cápsulas de arsénico por si nos capturaba el enemigo sin posibilidad de escape, un juego de banderolas marineras para comunicarnos a distancia, un rollo grande de cinta adhesiva, bigotes postizos, gabardinas, sombreros, un maletín, un fistol con una minicámara fotográfica oculta y la tela para los uniformes que cosería mi hermanita de acuerdo con un diseño que él mismo haría. Mientras me limpiaba la boca con la manga del suéter, la imaginé burlándose de mis mallas de don Cristóbal Colón. Recargado de espaldas en el árbol que me había servido de apoyo, murmuré: Imposible. Luego dije con un trabajo de los mil diablos: No, Ponchito; mi hermanita puede poner a nuestros familiares y amigos en peligro al delatar nuestra personalidad secreta; es demasiado joven para soportar la presión de un enemigo cruel que pretendiera obligarla a hablar. Me dijo que tenía razón, meditó un momento (dedo índice flexionado en contacto con la barbilla) y completó: Te adelantas a mis pensamientos; esto me hace ver que elegí bien: eres la pareja perfecta para un hombre de acción.

Después de unos días de entrenamiento nos consideramos en forma. Bastaría con una sesión de ejercicios a la semana para mantener la condición. Elegimos los domingos —gracias a mi sugerencia—, de modo que pudiéramos comenzar a las nueve de la mañana.

El segundo punto de nuestro programa eran las compras. Para los uniformes, Ponchito estaba pensando en una combinación de amarillo y azul celeste, así que le hablé de la humildad del héroe y de la necesidad que tiene de pasar inadvertido mientras lucha contra el crimen. Esta vez mi argumento no le gustó tanto como los anteriores, pero los precios altísimos de las telas satinadas no le dejaron más remedio que aceptarlo: nos hicimos de quince metros de terlenka negra —había que pensar en la considerable extensión de las capas— calcetines negros, botas de explorador negras, camisetas negras, dos estrellas de sheriff y un botecito de pintura roja para ponerle la letra P a las de Ponchito y las siglas AP a la mía.

El material para fabricar los trajes costó tanto que hubo que racionar el resto de los gastos. La minicámara, las banderolas para comunicación a distancia, las navajas de muelle, las gabardinas y los sombreros tendrían que esperar mejores tiempos. El rollo de cinta adhesiva, la soga y las poleas los conseguimos a buen precio en una tlapalería del centro. El par de bigotes postizos se redujo a uno bien poblado que se vendía aparte del disfraz de Francisco Villa en una tienda de la calle de López: cortado en dos por la media resultaba en un par de finos bigotitos de catrín. El arsénico casi provocó que expulsaran a Ponchito de la secundaria: estuvieron a punto de cacharlo con las manos en la masa en el laboratorio de química; tuvo que ser suplido por dos pastillas de Valium que, aunque tal vez no fueran mortales, nos dejarían en silencio por buenas veinticuatro horas. La mochila vieja de mi hermano grande, que había dejado de usar porque ya iba en la prepa y por tanto tenía derecho a usar portafolios, nos sirvió como maletín.