El arte de la biografía

Enrique Krauze

"El más importante de nuestros historiadores" Cristopher Domínguez Michael

Enrique Krauze es historiador y ensayista, un destacado empresario cultural, pero sobre todo es un biógrafo. Le interesa la vida de las personas. Le interesan las personas. Su radical otredad. Sus imprevisibles destinos. La forma en cómo van creando sus caminos. Cree Krauze fervientemente en la libertad. Como el pensador ruso Alexandr Herzen, está convencido de que la historia carece de libreto y que las personas -y los pueblos- pueden dominar las rebeldes aristas de la vida y moldear su destino. Este volumen reúne tres ensayos -Plutarco entre nosotros, Narrar la vida e Invitación a la biografía- en los que Krauze reflexiona sobre el arte de escribir la vida de los otros bajo la forma de una biografía, ya que el tipo de narración que ésta propone “tiene sentido, y da sentido… a la vida”.

El género de la biografía y su premisa natural (la existencia de personas que inciden significativamente en la historia) no necesitan defensores en el mundo anglosajón. Mucho antes de que Boswell escribiera su célebre vida del doctor Samuel Johnson —autor, a su vez, de una vindicación de la biografía y varias notables vidas de poetas—, la biografía inglesa había retomado la antigua tradición latina, sobre todo en la vertiente moralizadora de las Vidas paralelas de Plutarco. Hoy se escriben multitud de biografías literarias, artísticas o políticas, elaboradas con rigor intelectual y calidad literaria. Toda librería que se respete tiene una sección que las exhibe. Toda biblioteca personal o pública las incluye. Hasta hay un canal de televisión dedicado al género. “Hay una historia en la vida de cada hombre”, le dice Warwick a Enrique IV. Nunca faltan lectores para quienes la historia tiene una cara; lectores interesados en las caras de la historia.

Por contraste, en el orbe cultural hispánico la biografía es apenas una hermana menor, poco apreciada, en la familia historiográfica. Extraña paradoja, sobre todo si se piensa en nuestra vida política. Países que han sido gobernados por caudillos, presidentes o dictadores todopoderosos (Porfirio Díaz, Francisco Franco, Juan Domingo Perón, Fidel Castro) han asumido la idea de que la historia se mueve sobre todo por la acción de fuerzas impersonales y han dejado el terreno abierto para que el enorme hueco de conocimiento (de autoconocimiento) lo llenen biógrafos ingleses. Tal vez el origen de la disparidad sea de orden religioso, debido a la distinta concepción del individuo que tienen protestantes y católicos. Sin embargo, Francia e Italia (países católicos) no desdeñan la biografía.

Más allá de las determinaciones culturales, la crítica historiográfica moderna ha tenido buenas razones para desconfiar del género. La biografía corre el riesgo, por ejemplo, de ensanchar demasiado la latitud del personaje a expensas de su contexto. Formalmente, el relato de una vida puede volverse demasiado anecdótico y ligero. Y, claro está, persiste el espinoso problema del “gran hombre” en la historia. El siglo XIX se había enamorado insensatamente de esa idea. El abuso del tratamiento biográfico llegó al grado de subsumir, y aun reducir, la vida toda de un país a la trayectoria de sus personajes prominentes. La figura de Napoleón (de quien se han escrito bibliotecas enteras a lo largo de casi dos siglos) contribuyó decisivamente al proceso. Dejado a su propio impulso, el idealismo biográfico degeneró en hagiografía. El culto romántico del héroe y el historicismo alemán propendieron también a la divinización de los líderes como expresiones de la época, el “alma nacional” o el “espíritu”. Carlyle, el historiador escocés influido por el idealismo alemán, llegó a sostener que “no había propiamente historia, sólo biografía”. En el siglo XX esta escuela cayó en descrédito no sólo por obra de la crítica, sino por la eventual (y a veces evidente) conexión de sus premisas con el nocivo culto a la personalidad en regímenes populistas, comunistas y nazifascistas.

No obstante, en ciertos ámbitos académicos el péndulo osciló hasta el extremo irreal de negar al individuo un lugar en la historia. El siglo XX, con su estela de líderes extraordinarios, fue sin duda la mejor refutación de ese prejuicio. Churchill, Roosevelt, Gandhi, Mandela (para mencionar sólo a algunos liberadores y omitir a los opresores, acaso más conspicuos) no “encarnaban” místicamente a sus países o sus momentos históricos, pero sería absurdo negar que sus vidas incidieron decisivamente en los destinos colectivos. Y ahora, en los terribles inicios del siglo XXI, volteamos al pasado inmediato y nos preguntamos por el secreto del liderazgo: ¿cómo y por qué surgen (o dejan de surgir, cuando más se los necesita) los grandes líderes? Por todo ello merece la pena reconsiderar el “lugar del individuo” en el pensamiento histórico. Los problemas filosóficos e historiográficos que la cuestión suscita son reales.

Sobre un tema de Tolstói

¿Existen los “grandes hombres”? La refutación clásica sobre el tema está en Tolstói: “La Antigüedad nos ha legado modelos de poemas heroicos en los que los héroes aportan todo el interés histórico, y todavía no podemos acostumbrarnos al hecho de que, para nuestra época, tales historias carezcan de sentido ”. Una ley natural determina —según Tolstói— la vida de los hombres, pero éstos, esencialmente imposibilitados para entenderla, discurren representar el proceso como una sucesión de actos deliberados y fijan la responsabilidad en personas a quienes se atribuyen virtudes heroicas y que ellos llaman “grandes hombres”. ¿Qué son los “grandes hombres”? “En los acontecimientos históricos, los así llamados ‘grandes hombres’ no son sino etiquetas que dan nombre a los hechos y, como etiquetas, apenas guardan relación con el acontecimiento mismo ”, apunta el escéptico Tolstói, y añade: “El rey es un esclavo de la historia”. “La Historia —es decir, la inconsciente, general, tumultuosa vida humana— utiliza cada instante de la vida de los reyes como herramienta de sus propios objetivos.”

El epílogo segundo de Guerra y paz postula nada menos que la imposibilidad de descubrir conexiones causales en los hechos humanos. “Cuanto más nos esforcemos por dar una explicación razonable de los acontecimientos, más irracionales e incomprensibles nos resultan.” Tolstói, como se sabe, describía el brutal impacto de la invasión napoleónica de 1812: “Algo sucedió, contrario a la razón y la naturaleza humanas. Millones de hombres renuncian a sus sentimientos y a su razón, y se desplazan del oeste hacia el este para exterminar a sus semejantes, de igual modo que, unos siglos antes, otras hordas vinieron del este hacia el oeste para exterminar a sus semejantes”. ¿Cómo explicar la irracionalidad de ese propósito colectivo? No se debió al influjo de ningún “gran hombre”: el verdadero poder residía en las manos de aquellos “millones” que consentían en “llevar a cabo la voluntad de estos débiles individuos, y consintieron en ello por innumerables causas, diversas y complejas”.

Tolstói no creía en el “genio militar” ni en la “ciencia de la guerra”: “Todo sucedió azarosamente”, afirma, por la suma de miles de cálculos personales de corto alcance: intrigas, disputas, vanidades, desorden. Ninguna de las órdenes de Napoleón antes de la batalla se obedeció y, para colmo, el gran general no tuvo siquiera conocimiento de lo que realmente ocurría. En las últimas horas del combate, Napoleón sufre por un instante, al entrever la magnitud de la carnicería en el campo de batalla y la muerte de varios de sus altos mandos. “Nuestra artillería —le informan— les inflige bajas por filas enteras, pero aun así resisten.” Entonces Napoleón termina por perder el contacto con la realidad. Siguiendo el inescrutable libreto responde: “¿Quieren más? Pues lo tendrán”, y en un acto inconscientemente suicida manda nuevos refuerzos, ya los últimos.