El centro de la tierra / Vainilla y chocolate

Andrés Pérez Domínguez

Cerrar los ojos y negarte a ver lo que te rodea es tan humano como aceptar que las cosas a veces son como la piel en verano.

Los fantasmas del pasado son ecos que, de manera inevitable, asoman cuando menos te lo esperas: durante tu rutinario viaje en autobús o cuando ves a tu hija a pleno sol de la tarde estival en un desolador tiovivo en un inhóspito lugar de la costa. Los protagonistas de estos dos relatos magistrales, la profesora de instituto que se encuentra ante el hombre que la torturó de joven o el padre separado que, tras cumplir condena, sólo desea pasar treinta minutos de paz con su hija, son asaltados por los ecos del pasado que siempre regresa, ya sea en forma de novela de Julio Verne o de ese maldito camarero que se niega a darte cambio para que tu hija juegue feliz?El centro de la Tierra y Vainilla y chocolate fueron publicados por primera vez en la colección de cuentos El centro de la Tierra.

Hoy es de los días que me gustaría tener más imaginación. Es la misma angustia que entonces: concentrarme para engañarme pensando que estoy en otro sitio. Cerrar los ojos y pensar que no viajo en un autobús, sino en una nave espacial, por qué no, aislada del resto de los pasajeros —y de Valdivia, sobre todo de Valdivia— por la escafandra, las botas y los guantes enormes, el traje que no pesa porque la gravedad no es más que un recuerdo antiguo de la Tierra que se borra con la agradable sensación de flotar. En el espacio una puede olvidar, como si nunca hubiera existido, y con sólo dar un paso alejarse de todo. Volar sin mirar atrás.

Y no creo, la verdad, que haber llegado tarde a la parada haya sido el resultado de uno de esos designios ineludibles del destino, una de esas tonterías que a los más relamidos les gusta creer, como si la vida tuviera un sentido metafísico y la mano de un ser superior dirigiera entre bastidores la existencia de todos. Ojalá fuera así. Tal vez hubo un tiempo en que yo también creía en esas cosas: que todo sucede por algo, que estamos en el mundo siguiendo el dictamen de alguien poderoso e inalcanzable que nos coloca en un tablero gigantesco como figuritas de barro que protege con sus manos creadoras.

Ya hace más de treinta años que dejé de pensar esas tonterías, y a menudo me pregunto si alguna vez me las creí. Da igual. Lo creyese o no, cuando la policía me detuvo en aquella redada en la universidad fue la última vez que pensé que mi destino estaba escrito, que mi vida transitaba por carriles ya trazados de los que no podía apartarme aunque me esforzara. Hiciera lo que hiciese, me dije entonces para consolarme, al final acabaría detenida. Si no me hubieran agarrado con mis compañeros en esa asamblea clandestina, habrían ido a buscarme a mi casa. Si hubiera intentado salir del país después del golpe, los soldados me habrían dado el alto en la frontera, se habrían dado cuenta de que mi pasaporte era falso o me habría puesto tan nerviosa delante de esos hombres de uniforme y fusil al hombro que igual me habrían detenido.

Ya me pasaba. Todavía no me habían apresado y creía que lo de las torturas no era más que un rumor, sólo eso. Un bulo que los militares habían hecho correr para asustar a los estudiantes díscolos, a los sindicalistas radicales, a los partidarios de la oposición que todavía nos atrevíamos a levantar la voz contra el nuevo régimen. Aún pensaba en eso, tan ingenua, y los soldados ya me provocaban sudores fríos, espasmos que a duras penas podía controlar sin que a ellos, los de uniforme, les babeara el colmillo porque tiritaba, muerta de miedo.

Valdivia ya no lleva uniforme, pero cuando lo he visto sentado en el autobús, dos filas delante de mí, de repente he sentido tanto frío que he estado a punto de pedirle al conductor que apagara el aire acondicionado. Valdivia. Treinta años y lo vuelvo a ver, a él y a sus manos —su mano— que ahora son las manos moteadas de un viejo en un autobús de línea, un fantasma que viene del pasado para sacudir las cadenas y quebrantarme el ánimo.

Otra vez pienso en el destino. Aunque no me apetezca. Aunque no crea en ello. Si no me hubiera olvidado los exámenes corregidos en casa y no hubiera vuelto por ellos, habría subido al autobús a la misma hora de siempre para ir al instituto y no tendría que pensar en volver a tomar somníferos esta noche.

El destino, me lamento. El maldito destino. ¡Pero si los había dejado en una mesa del salón, al lado de las llaves! Sacudo la cabeza, chasqueo la lengua, murmuro en voz baja, como una loca, para no pensar en entonces, para no tener que taparme los oídos y no escuchar la voz de Valdivia, hace treinta años. El manojo de llaves sujeto con un aro metálico que cuelga de la trabilla de su pantalón. La panza, enorme y dura, a punto de hacerle saltar los botones de la camisa que lleva abierta hasta la mitad del pecho cuando recorre la galería de los presos políticos, pasando la porra por los barrotes mientras camina, despacio, tan chulo… me parece que lo estoy viendo. La sonrisa de rata cuando abre la puerta de la celda para llevarme al sótano. Venga, muñeca, andando. Es la hora.

Miro por la ventana del autobús, cierro los ojos, me digo que no estoy aquí. Que no voy camino del instituto veinte minutos más tarde que todos los días, que no me he encontrado a Valdivia. Procuro concentrarme en el mar, al otro lado de la carretera, para relajarme. Cruzo los brazos para abrigarme, para no sentir el mismo frío de entonces, pero no puedo dejar de mirar a Valdivia, dos filas delante de mí. Valdivia y yo en el mismo autobús. Qué ironía. Cualquier político de los de ahora sería capaz de escribir un bonito discurso y ponernos como ejemplo, a Valdivia y a mí, de la Reconciliación Nacional. La Reconciliación Nacional: y una mierda. La Reconciliación Nacional no es más que una frase hecha, dos palabras que quedan bien en los eslóganes de las campañas electorales.

Confieso que yo también me lo he creído alguna vez. Incluso hasta hace un momento pensaba que es posible borrar el pasado y mirar hacia delante. Reconciliación Nacional. Me río para mis adentros cuando el autobús se detiene en la parada donde debería bajarme para llegar a tiempo al instituto, pero las puertas resoplan de nuevo al cerrarse, como un viejo dinosaurio, y yo sigo aquí, con los exámenes corregidos en la maleta, los ojos clavados en la nuca de Valdivia, treinta años más viejo, el cabello ralo y blanco, la piel del cuello rosada, abultada y grasienta, como la de un cerdo, arrugado como un gusano en el asiento, la guayabera holgada y las sandalias de jubilado que delatan su condición. Pero incluso así ha conseguido ponerme los pelos de punta, otra vez, como si el tiempo no hubiera pasado, como cuando hacía tintinear el sonajero de llaves para anunciar que venía a buscarme para bajar al sótano.

Pero no era el sótano. Cerraba los ojos y pensaba que no era el sótano. Me concentraba para volver a sumergirme en los libros que leía de niña; dejaba de ser una estudiante detenida y me convertía en una exploradora, una heroína de novela que desciende al centro de la Tierra y luego aparece en las antípodas. Yo no era yo, era un personaje de Julio Verne. Yo era amiga del profesor Lidenbrock y bajaba con él por el cráter de Sneffels en busca del centro de la Tierra. No era el sótano. No. No me interrogaban. Valdivia no me ataba las manos y los pies, desnuda, a una mesa. No pasaba las manos sucias por mi cuerpo, no se bajaba los pantalones, no me hacía daño. No estaba en el sótano. El sótano no existía.