El coloquio de los perros

Miguel de Cervantes

En el cuarto centenario de la publicación de las Novelas ejemplares , proponemos la lectura de una de sus piezas más destacadas: El coloquio de los perros.

Así presentaba Miguel de Cervantes sus novelas ejemplares el 6 de agosto de 1613: «Heles dado el nombre de ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso». No alguno, sino muchos obtendrá el amable lector de este Coloquio de los perros , en el que Berganza, pícaro trotamundos, y Cipión, su paciente contrapunto, se dedican a desmenuzar, dotados de habla por una noche, el mundo de los humanos: corruptelas, engaños, prebendas, brujerías, racismo… Sí, vilipendiado lector: lo mismito que ahora pero en el siglo XVII.

Qué pasó entre Cipión y Berganza, perros del hospital de la Resurrección, que está en la ciudad de Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, a quien comúnmente llaman «los perros de Mahudes».

CIPIÓN   Berganza amigo, dejemos esta noche el hospital en guarda de la confianza, y retirémonos a esta soledad, y entre estas esteras, donde podremos gozar, sin ser sentidos, de esta no vista merced que el cielo en un mismo punto a los dos nos ha hecho.

BERGANZA   Cipión hermano, oigote hablar, y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.

CIPIÓN   Así es la verdad, Berganza, y viene a ser mayor este milagro, en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella, que la diferencia que hay del animal bruto al hombre, es ser el hombre animal racional, y el bruto, irracional.

BERGANZA  Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú, y entenderlo yo, me causa nueva admiración y nueva maravilla. Bien es verdad que, en el discurso de mi vida, diversas y muchas veces he oído decir grandes prerrogativas nuestras, tanto que parece que algunos han querido sentir que tenemos un natural distinto, tan vivo y tan agudo en muchas cosas, que da indicios y señales de faltar poco para mostrar que tenemos un no sé qué de entendimiento, capaz de discurso.

CIPIÓN   Lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra, tanto, que nos suelen pintar por símbolo de la amistad; y así habrás visto, si has mirado en ello, que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre los dos a los pies una figura de perro, en señal que se guardaron en la vida amistad y fidelidad inviolable.

BERGANZA   Bien sé que ha habido perros tan agradecidos, que se han arrojado con los cuerpos difuntos de sus amos en la misma sepultura. Otros han estado sobre las sepulturas donde estaban enterrados sus señores, sin apartarse de ellas, sin comer, hasta que se les acababa la vida. Sé también que, después del elefante, el perro tiene el primer lugar de parecer que tiene entendimiento, luego el caballo, y el último, la jimia.

CIPIÓN   Ansí es, pero bien confesarás, que ni has visto, ni oído decir jamás, que haya hablado ningún elefante, perro, caballo o mona. Por donde me doy a entender que este nuestro hablar tan de improviso cae debajo del número de aquellas cosas que llaman portentos, las cuales, cuando se muestran y parecen, tiene averiguado la experiencia, que alguna calamidad grande amenaza a las gentes.

BERGANZA   De esa manera, no haré yo mucho en tener por señal portentosa lo que oí decir los días pasados a un estudiante, pasando por Alcalá de Henares.

CIPIÓN   ¿Qué le oíste decir?

BERGANZA   Que, de cinco mil estudiantes que cursaban aquel año en la universidad, los dos mil oían medicina.

CIPIÓN   Pues, ¿qué vienes a inferir de eso?

BERGANZA   Infiero, o que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar, que sería harta plaga y mala ventura, o ellos se han de morir de hambre.

[CIPIÓN]2   Pero sea lo que fuere, nosotros hablamos, sea portento, o no, que lo que el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que lo pueda prevenir; y así no hay para que ponernos a disputar nosotros, cómo o por qué hablamos: mejor será, que este buen día, o buena noche, la metamos en nuestra casa; y pues la tenemos tan buena en estas esteras, y no sabemos cuánto durará esta nuestra ventura, sepamos aprovecharnos de ella, y hablemos toda esta noche, sin dar lugar al sueño que nos impida este gusto, de mí por largos tiempos deseado.

BERGANZA   Y aun de mí, que desde que tuve fuerzas para roer un hueso, tuve deseo de hablar, para decir cosas que depositaba en la memoria, y allí, de antiguas y muchas, o se enmohecían, o se me olvidaban. Empero ahora, que tan sin pensarlo me veo enriquecido de este divino don del habla, pienso gozarlo y aprovecharme de él lo más que pudiere, dándome priesa a decir todo aquello que se me acordare, aunque sea atropellada y confusamente, porque no sé cuándo me volverán a pedir este bien, que por prestado tengo.

CIPIÓN   Sea esta la manera, Berganza amigo, que esta noche me cuentes tu vida y los trances por donde has venido al punto en que ahora te hallas; y si mañana en la noche estuviéremos con habla, yo te contaré la mía, porque mejor será gastar el tiempo en contar las propias, que en procurar saber las ajenas vidas.

BERGANZA   Siempre, Cipión, te he tenido por discreto y por amigo, y ahora más que nunca, pues como amigo quieres decirme tus sucesos y saber los míos, y como discreto has repartido el tiempo donde podamos manifestarlos. Pero advierte primero si nos oye alguno.

CIPIÓN   Ninguno, a lo que creo, puesto que aquí cerca está un soldado tomando sudores; pero en esta sazón más estará para dormir que para ponerse a escuchar a nadie.

BERGANZA   Pues si puedo hablar con ese seguro, escucha, y si te cansare lo que te fuere diciendo, o me reprende, o manda que calle.

CIPIÓN   Habla hasta que amanezca, o hasta que seamos sentidos, que yo te escucharé de muy buena gana, sin impedirte sino cuando viere ser necesario.

BERGANZA   Pareceme que la primera vez que vi el sol fue en Sevilla, y en su matadero, que está fuera de la Puerta de la Carne, por donde imaginara, si no fuera por lo que después te diré, que mis padres debieron de ser alanos de aquellos que crían los ministros de aquella confusión, a quien llaman jiferos. El primero que conocí por amo fue uno llamado Nicolás el Romo, mozo robusto, doblado y colérico, como lo son todos aquellos que ejercitan la jifería. Este tal Nicolás me enseñaba a mí y a otros cachorros a que, en compañía de alanos viejos, arremetiésemos a los toros y les hiciésemos presa de las orejas. Con mucha facilidad salí un águila en esto.

CIPIÓN   No me maravillo, Berganza, que, como el hacer mal viene de natural cosecha, fácilmente se aprende el hacerlo.

BERGANZA   ¿Qué te diría, Cipión hermano, de lo que vi en aquel matadero, y de las cosas exorbitantes que en él pasan? Primero has de presuponer que todos cuantos en él trabajan, desde el menor hasta el mayor, es gente ancha de conciencia, desalmada, sin temer al rey ni a su justicia; los más amancebados son aves de rapiña carniceras. Mantiénense ellos y sus amigas de lo que hurtan. Todas las mañanas que son días de carne, antes que amanezca, están en el matadero gran cantidad de mujercillas y muchachos, todos con talegas, que, viniendo vacías, vuelven llenas de pedazos de carne, y las criadas con criadillas y lomos medio enteros. No hay res alguna que se mate, de quien no lleve esta gente diezmos y primicias de lo más sabroso y bien parado.