El enemigo

Christopher Hitchens

Con la muerte de Osama bin Laden y las revueltas en los países árabes, el mundo parece cerrar una época. En El enemigo, Christopher Hitchens reflexiona acerca de la figura que atemorizó a Occidente durante diez años, su final y su sangriento y finalmente fallido legado.

Con la muerte de Osama bin Laden y las revueltas en los países árabes, el mundo parece cerrar una época. En El enemigo, Christopher Hitchens reflexiona acerca de la figura que atemorizó a Occidente durante diez años, su final y su sangriento y finalmente fallido legado.

Al recordar una figura imponente de temprana autoridad, Ralph Ellison escribió en El hombre invisible que «independientemente de que nos gustara o no, nunca nos lo quitábamos de la cabeza. Era un secreto de su liderazgo». En respuesta a cierto espíritu de falsa unidad nacional y banderas al viento que prevalecía tras los catastróficos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, escribí un artículo donde proponía una especie de renuencia activista, que quizá fuera más adecuada para un enfrentamiento arduo y prolongado. En ese intento, tomé un lema que adoptaron algunos ciudadanos franceses tras la dolorosa pérdida de las provincias de Alsacia y Lorena ante Alemania: «Siempre pensar en ello: nunca hablar de ello». En vez de grandiosas proclamas sobre una «Guerra Global contra el Terrorismo», o llamamientos consoladores pero engañosos del presidente Bush que llamaban a considerar «Estados Unidos» por un lado y «los terroristas» por otro, sería mejor cultivar una llama baja pero intensa, diseñada para arder indefinidamente en vez de consumirse, y dirigida no solo a desgastar implacablemente a al-Qaeda como organización sino a desacreditarla, a la refutación constante y detallada de la falsa reivindicación de Osama bin Laden, que se presentaba como la voz de los parias de la tierra. Por una cuestión de trabajo y costumbre soy una persona que se expresa de forma contundente, así que no puedo decir seriamente que haya cumplido la segunda parte de esa orden. Sin embargo, tuvo el efecto de asegurar que pensara en el fundador y líder de al-Qaeda casi a diario, y escribiera o leyera sobre él casi cada mes, de forma muy persistente a lo largo de la década. Y, ahora que está muerto, la exigencia de reflexionar sobre él no ha desaparecido.

Se convirtió en un tópico decir que «todo cambió» esa brillante mañana de otoño en Nueva York, Washington y Pensilvania. Ninguna vida quedó intacta. Restricciones onerosas y ridículas en los viajes, que incluyen el castigo colectivo de los inocentes, han tenido un impacto en los niveles más banales. La decisión que tomó la administración Bush de intentar prohibir las retransmisiones en tiempo real de los telesermones de Bin Laden —¡por temor a que contuvieran mensajes cifrados para «células durmientes»!— puso a prueba las definiciones habituales de la estupidez, e incrementó el aura de mística, alcance y poder que se formó rápidamente en torno a su persona. La decisión de alterar el equilibrio de poder en Oriente Medio, y de sustituir por la fuerza los despotismos de los talibanes y del Partido Baaz en Afganistán e Irak, presagió o no la estimulante aunque vertiginosa «primavera árabe» que estalló en un terreno aparentemente muy poco prometedor en los primeros meses de 2011. En cualquiera de las dos interpretaciones, esas intervenciones tuvieron poderosas consecuencias imprevistas para Bin Laden, que se había convencido a sí mismo y había persuadido a los demás de que Estados Unidos ya no tenía voluntad de luchar.

Vivo en Washington y conocía un poco a una mujer que estaba entre los pasajeros que se estrellaron contra los muros exteriores del Pentágono aquella mañana. También soy un visitante habitual de estudios de televisión que emplean de fondo una imagen impresionante del Capitolio de Estados Unidos. Hasta ese día, pocas veces paso ante la cúpula sin intentar y no lograr imaginar qué aspecto habría tenido si otro avión —United Airlines 93— se hubiera estrellado contra ella: una contingencia que estuvo a solo unos minutos de vuelo, y que solo evitó un combate heroico de los pasajeros. Esa catástrofe de la democracia se habría visto sobre los hombros de los presentadores de las cadenas… La cúpula está hecha de hierro forjado y no, como supone mucha gente, mármol. Uno tiene que imaginar metal derretido borrando las deliberaciones de esa mañana del Congreso y de unos años del Tribunal Supremo y de la espaciosa sala Thomas Jefferson de la Biblioteca del Congreso. Esa agresión largamente planeada podría, y pretendía, haber sido mucho peor de lo que fue. Mientras tanto, observando la nube de polvo tóxico y restos humanos pulverizados que envolvía mi amado Manhattan esa soleada mañana, escribí en un artículo para un periódico londinense con mis primeras impresiones que era como si Charles Manson se hubiera convertido en rey por un día.

Entre las variadas reacciones posteriores, que incluyeron una fe repentinamente exagerada en un gobierno que se había mostrado casi inconcebiblemente incapaz de cumplir el mandato constitucional elemental de «garantizar la defensa común», así como un espasmo paranoico subcultural que inmediatamente sospechaba de la conspiración del gobierno con los atacantes, se oía con frecuencia una advertencia contra la demonización «del Otro». Según esa interpretación, no había que calificar a Osama bin Laden con la palabra simplista (pero de alguna manera indispensable) de mal, sino que había que mirarlo a la luz de un justo castigo. En sus palabras y acciones teníamos que detectar un reproche a nuestra satisfacción y arrogancia, y un recuerdo de que millones de personas viven vidas de miseria y opresión. Se podía cuestionar su afirmación de hablar en nombre del islam o de todos los musulmanes, pero la propia religión era una expresión de anhelos más profundos que debíamos abordar de forma comprensiva. De ninguna manera —y este es un imperativo que adelantaba el presidente Bush, pero también muchos progresistas— debían usarse los elementos menos tiernos de su doctrina para criticar su religión. Un término que hasta entonces había sido marginal, «islamofobia», sufrió un bautismo en el discurso general y se empleó para intimidar a quienes sospechaban que la fe podía tener algo que ver con el asunto.

Sin duda, puede resultar engañoso tomar los atributos de un movimiento, o las ansiedades y contradicciones de un momento, y personalizarlos u «objetificarlos» en la figura de un individuo. Sin embargo, el discurso corriente sería imposible si no usáramos términos derivados o compuestos —como «estalinismo», por ejemplo—, al igual que la insistencia más escrupulosa en las fuerzas históricas tendrá que hacer una concesión ante la mera personalidad de un Napoleón o un Hitler. Entonces pensaba, y sigo pensando, que Osama bin Laden era una personificación casi perfecta de la mentalidad de una fuerza real en la yihad islámica. Y pensaba, y sigo pensando, que esa fuerza merece sin duda que la llamemos «mal», y que la reciente decapitación de su demagogo y organizador más conocido ha de celebrarse sin reservas. Los textos y las acciones de Osama bin Laden constituyen una negación directa de la libertad humana, y desprenden un odio y un desprecio indisimulados hacia la propia vida.