El entierro del Che Guevara

Fabrizio Mejía

En 1997 los restos del Che Guevara volaron a La Habana para recibir funerales de Estado.Fabrizio Mejía, que solo conoció al Che “como camiseta y poster”, acude a Cuba empujado por la curiosidad de ver cómo se cierra una historia de caballería del siglo XX. De igual modo, nueve años más tarde, Brad Will, un moderno Robinson, encuentra una muerte absurda y trágica en la revuelta de Oaxaca, uno de los surrealistas hitos de la antiglobalización posmoderna mundial. Y allí está Mejía presto a contarnos lo que hay que saber. Obra de quien probablemente sea el mejor cronista de su generación, empapado de humor y humanidad, estas dos crónicas son dos pequeñas joyas.

Mientras volamos a La Habana para presenciar la sepultura final del guerrillero Ernesto Che Guevara de la Serna pienso en qué puede traer a tanta gente a la isla. A mí, creo, la curiosidad de cerrar una historia de caballería del siglo XX, uno de los martirologios de la Revolución Mundial, que ni siquiera me tocó: nací al siguiente año de su asesinato. A mí, el Che me llegó ya como camiseta y póster: la famosa foto que Alberto Korda le tomó en un mitin de 1960 cuando un barco con armamento había sido hundido en un atentado. Lo otro, creo, es que mis padres todavía recuerdan los últimos días de la Humanidad: vivían en Chicago en 1962, cuando se descubren los misiles nucleares soviéticos en Cuba. Para mí, ambas historias, de nacimiento y muerte, son fotos, películas, documentales. Pero el Che quiere decir otras cosas: la convicción guerrillera, la búsqueda de una muerte que sobrepase la simple extinción —el martirio— y un alma derrotada por las imperfecciones de la vida. La primera línea de su diario del Congo dice: «Ésta es la historia de un fracaso». Había tenido que abandonar el país en una embarcación donde no cabían los congoleños, sólo los cubanos. Los vieron morir en la playa mientras ellos, los revolucionarios internacionales, huían a toda prisa. Pero el Che, a esas alturas, ya no estaba en Cuba, ni en Argentina, ni en África. Se va a Bolivia a morirse. Un dato fascina: un campesino indígena lo delata y, tras un tiroteo, es llevado a una escuela del pueblo de La Higuera. El indio y la escuela rural: ¿qué peor final para un guerrillero que quería salvar a aquél construyendo ésta? Es un 8 de octubre de hace treinta años y tiene esta conversación con el capitán boliviano Andrés Selich: «No le niego que en Cuba existe la pobreza, pero allá los campesinos viven con la ilusión. Aquí no la tienen».

Sufre una herida en la pierna izquierda y ha perdido la boina de un balazo. Pero sigue discutiendo. Lo hará hasta que el coronel Joaquín Zenteno y el agente de la CIA, Félix Rodríguez, le encarguen al sargento Mario Terán que le dispare. Borracho, Terán le dará de balazos en piernas y brazos hasta atinarle en el tórax. Era la una y diez del mediodía del 9 de octubre de 1967. Al agente de la CIA, el Che le dice: «Dígale a Fidel que pronto triunfará una revolución en toda América y a mi esposa, Aleida, que se vuelva a casar». A su verdugo le dice: «Dispare, cobarde, sólo va a matar a un hombre».

En un lavadero del hospital en Vallegrande, el cadáver del Che Guevara, como el de Emiliano Zapata, es exhibido durante todo el día y la imagen crística que él había explotado en vida (entrar a las ciudades liberadas montado en un burro, el cabello largo, la disciplina eremita) es aceptada por las beatas que le cortan rizos como reliquias. Rodríguez, el agente de la CIA, roba el tabaco de la pipa del asmático Che y la encapsula en la culata de su revólver. Le cortan las manos para conservar sus huellas dactilares y, en un acto incomprensible, el ministro del Interior de Bolivia, Antonio Arguedas, las enviará un año después a Cuba con una copia en microfilm del diario del Che en su país. El detalle de las manos, dijeron los forenses argentinos, fue el que ayudó a saber en julio de este año que uno de los seis cadáveres bajo una pista de aviones en Vallegrande era, como había dicho el general boliviano Mario Vargas Salinas, el Che Guevara. Hoy venimos a sepultarlo por segunda vez.

El Che: original y veinte copias 

—Etho eh una pesadillah —protesta una inmensa negra enfundada en una camiseta con la cara de José Martí.

Los restos del Che se exhiben en la Plaza de la Revolución y hay que hacer una cola de seis horas para pasar delante de una caja de madera con una bandera cubana. Ésos son los restos de lo que él mismo llamó «mis guerrilleros huesos». Dentro del Monumento a Martí, los militares apuran a los miles de espectadores a pasar delante de los seis féretros de los guerrilleros muertos en Bolivia, de tal manera que la espera es recompensada con tres segundos de pasar delante de una caja. Es la metáfora perfecta del «socialismo cubano»: esperar para que no suceda gran cosa.

—¿No te parece sospechoso que hayan encontrado los huesos justo treinta años después? —le digo a Marta Lugioyo, ex miembro del Poder Popular y ahora encargada de un Comité de Defensa de la Revolución en su edificio. Me responde con una retahíla sobre medicina forense: la salinidad de La Higuera, el formol y su efecto en el tejido guerrillero, la información de que el entierro clandestino la tenía Fidel desde hacía más de veinte años. Para rematar, me excluye de toda comprensión posible:

—Es que estás tú loco, chico: los mexicanos ven cadáveres y calaveras, así, de lo más normal. Pero si los huesos del Che estuvieran ahí expuestos, te aseguro que nos ofenderían. Ustedes se comen esas calaveras de dulce como si tal cosa. Aquí eso es hechicería.

Son las dos de la tarde en lo alto del Monumento a Martí. El sol está a todo y lo de menos es si hay huesos adentro de las cajas, si están mezclados con los otros, Simón Willy Cuba (en el apellido llevaba la profecía) o Juan Pablo Chang; la gente ha venido a esperar su efímero turno, arrastrando los pies, cubriéndose del sol con el periódico Granma, durante unos cuatro kilómetros de fila con banderas patrias, los uniformes blancos con dorado de los alumnos de primaria, el verde olivo de los soldados, los vestidos rabones de las mulatas, los jeans mal cortados de las criollas, las gorras en inglés (hay un negro con una camiseta: PREGNANT? CALL BABY-90931212), los excombatientes de las guerras africanas con sus condecoraciones tintineantes. No existe alguna diferencia entre venir por obligación o por decisión propia. Muchos vienen en contingentes vecinales o del trabajo, organizados por el omnipresente Poder Popular y sus vigilantes. Otros han llegado aquí a recordar episodios de la historia patria, que es, también, personal: «Cuando Fidel dio aquel discurso donde nos avisó que habían matado al Che, nadie aplaudió, nadie se movió. Ha sido el único discurso de Fidel en el que nadie lo aplaudió. Yo estaba llorando y volteé hacia mi esposo y tenía la mandíbula trabada y los puños apretados. Hoy venimos a enterrarlo como se debe», dice Felisa Lugo, profesora de guión en el Instituto de Cine en San Antonio de los Baños y que sirviera en 1958 como correo del Movimiento 26 de Julio.