El fabricante de calorías

Paolo Bacigalupi

En un futuro en que la energía se mide en calorías y el control de los alimentos ha quedado en manos de unas pocas empresas biotecnológicas, Lalji, un tratante de antigüedades desencantado, acepta la peligrosa misión de trasportar clandestinamente a un fabricante de calorías. Lo que no sabe es que el futuro de la humanidad depende de ese viaje y su valioso cargamento...

Relato precursor de La chica mecánica, la novela que dio a conocer a su autor en todo el mundo, «El fabricante de calorías» fue galardonado con el premio Thedore Sturgeon 2005 y fue finalista al Hugo 2005. «El fabricante de calorías» está incluido en el libro de cuentos La bomba número seis.

—No tengo ni mami ni papi, soy un pobre desgraciado. ¿Dinero? ¿Me das dinero? —El granujilla ejecutó una voltereta con salto mortal en plena calle, envolviendo su desnudez en un remolino de polvo amarillo.

Lalji se paró a mirar fijamente al mugriento chiquillo rubio que había ido a aterrizar a sus pies. La atención pareció alentar al golfillo, que dio otra voltereta en el aire. En cuclillas, dedicó a Lalji una sonrisa ávida y calculadora, con el rostro surcado de regueros de sudor mezclado con barro.

—¿Dinero? ¿Me das dinero?

A su alrededor, el silencio reinaba casi por completo en la ciudad adormilada por el calor vespertino. Un puñado de campesinos ataviados con petos conducía sus mulís a los cultivos. Los edificios, improvisados a partir de fragmentos de WeatherAll, se apoyaban unos en otros como borrachos, descoloridos por la lluvia y astillados por el sol, pero, como implicaba la marca registrada del material con el que estaban fabricados, resistían contra viento y marea. Al final de la estrecha calzada comenzaba la exuberante extensión de HiGro y SoyPRO, un susurrante manto ondulado que se perdía de vista bajo el techo celeste del horizonte. La aldea era prácticamente idéntica a todas las demás que Lalji había visto en su viaje río arriba, un simple enclave agricultor más que cumplía con sus obligaciones derivadas del uso de la propiedad intelectual ajena y exportaba calorías corriente abajo, a Nueva Orleans.

El muchacho se acercó gateando, sonriendo conciliador y asintiendo con la cabeza como una serpiente en actitud intimidatoria.

—¿Dinero? ¿Dinero?

Lalji metió las manos en los bolsillos por si acaso el pequeño pordiosero tenía amigos y concentró toda su atención en el chico.

—¿Y por qué tendría que darte a ti nada?

El niño se lo quedó mirando fijamente, desconcertado. Abrió la boca y volvió a cerrarla sin emitir ningún sonido. Al cabo, retomó aquella parte de su retahíla con la que estaba más familiarizado.

—¿Ni mami ni papi? —Pero su tono ahora era dubitativo y carecía de convicción.

Lalji compuso un rictus de desagrado y amagó un puntapié dirigido al chiquillo, que se precipitó a un lado y se cayó de espaldas en su afán por esquivar la patada, lo que proporcionó una efímera satisfacción a Lalji. Por lo menos el mocoso tenía reflejos. Dio media vuelta y prosiguió su camino. A su espalda resonó el desgarrador lamento del granujilla:

—¡Niii maaami niii paaapi!

Lalji sacudió la cabeza, irritado. Aunque el niño imploraba que le diera una limosna, no estaba siguiéndolo. Así que no era un mendigo de verdad, después de todo. Tan solo un oportunista, seguramente la creación accidental de algún forastero dadivoso que había visitado la aldea y no había dudado en sacar la cartera delante de cuantos pordioseros rubios menores de edad le salieron al paso. A los científicos y los terratenientes de AgriGen y Midwest Grower les gustaba hacer ostentación de su generosidad con los campesinos del núcleo de su imperio.

Entre dos chabolas escoradas, Lalji atisbó otra estampa de las frondosas olas de HiGro y SoyPRO. El espectacular despliegue de calorías suscitaba estimulantes fantasías de barcazas llenas a rebosar cruzando las compuertas de San Luis o Nueva Orleans y depositando su carga en las expectantes trompas de los megodontes. Era imposible, pero el espectáculo de aquellos campos esmeraldas garantizaba que ningún chiquillo pudiera mendigar de forma convincente aquí. No rodeado de SoyPRO. Lalji sacudió la cabeza de nuevo, irritado, y se adentró en un callejón que discurría entre dos casas.

El tufo acre de los aceites de WeatherAll excretados congestionaba el umbrío pasaje. Una pareja de cheshires confiados en lo poco transitado de su cobijo se desbandaron y parpadearon delante de él, desmaterializándose a plena luz del sol. Justo detrás, un taller cinético se reclinaba en sus decrépitos vecinos, añadiendo los efluvios del estiércol y el sudor animal a la pestilencia del WeatherAll. Lalji empujó la plancha que hacía las veces de puerta y entró en la tienda.

Lánguidas saetas de luz dorada rasgaban la hedionda penumbra dulzona. Un par de pósters pintados a mano se adherían como pústulas a una de las paredes, raídos pero legibles aún. Uno de ellos rezaba: «Las calorías sin certificado no alimentan a nuestras familias. Solo aceptamos recibos reales y sellos de PI». Un campesino y su prole se erguían con la mirada vacía bajo las aleccionadoras palabras. El patrocinador era PurCal. El otro anuncio mostraba el emblemático collage de AgriGen, consistente en muelles percutores, verdes hileras de SoyPRO bañadas por el sol y niños risueños, todo ello aderezado con las palabras: «Proveemos de energía al mundo entero». Lalji estudió los carteles con expresión agria.

—¿Ya has vuelto? —El dueño apareció procedente de la sala de bobinado, limpiándose las manos en los pantalones y sacudiéndose el barro y las briznas de heno de las botas. Observó a Lalji—. Había poco acumulado en los muelles. He tenido que cebar más a los mulís para conseguirte los julios que querías.

Lalji se encogió de hombros. Este regateo en el último momento no lo pillaba por sorpresa. Era algo tan propio de Shriram que ni siquiera logró reunir el interés necesario para sentirse ofendido.

—¿Sí? ¿Cuánto?

El hombre miró a Lalji con los párpados entornados y agachó la cabeza, a la defensiva.

—Q-quinientos. —Ni siquiera fue capaz de pronunciar la cifra sin tartamudear, como si a él mismo le sorprendiera la magnitud de la codicia que pugnaba por escapar de su garganta.

Lalji frunció el ceño y se atusó el bigote. Era un escándalo. Ni siquiera había tenido que importar las calorías. La aldea rebosaba de energía. Y a pesar de lo que predicaran los carteles del hombre, era dudoso que las calorías que alimentaban su taller cinético fueran igual de virtuosas. No con aquellos tentadores campos verdes que se mecían a escasos metros del establecimiento. Shriram decía a menudo que emplear calorías con certificado era como tirar el dinero a un pozo de fermentación de metano.

Lalji volvió a atusarse el bigote mientras se preguntaba cuánto podía pagar por los julios sin hacerse notar en exceso. La aldea debía de estar acostumbrada a la visita de personas adineradas para que el técnico cinético fuera tan ambicioso. Fabricantes de calorías, lo más probable. No tendría nada de extraño. La ciudad se encontraba cerca del centro. Quizá incluso esta aldea estuviera implicada en el cultivo de las joyas de la corona de los monopolios energéticos de AgriGen. Aun así, no todo el mundo que pasara por aquí podía tener tanto dinero.