El principio de incompetencia

Antonio J. Rodríguez

En El principio de la incompetencia Antonio J. Rodríguez reflexiona sobre los límites y la impunidad de los poderosos.

«La vida es extremadamente aburrida y yo estoy convirtiéndome en aquello que más odio.»Aldo Attias está en la cresta de la ola: es joven, trabaja en el ambicioso proyecto de una multinacional farmacéutica que le comporta grandes beneficios económicos, tiene una novia hermosa y de buena familia, y las chicas no le faltan… hasta que un desafortunado incidente hará peligrar su lujoso modo de vida.

Al detener su pedaleo, Aldo Attias observó a lo lejos que un vendaval espontáneo rizaba poderosamente la viscosa masa marina, y que las ondas sepultaban a un grupo de deportistas que, valiéndose de tablas con forma de hojas lanceoladas, se divertían caminando sobre las aguas turquesa; y después, Aldo Attias advirtió que aquel que lideraba la expedición resistía enérgico el impacto del sol, el mar y el viento, y que era además lo bastante habilidoso para subirse a la cresta de la ola y desde allí bajar con distinción, conservando la frialdad en sus movimientos, y adelantarse a la pared que se desplomaba a sus espaldas, y entonces Aldo Attias también vio cómo el que había sobrevivido al pequeño tornado echaba la vista atrás, allí donde las manos de sus compañeros de travesía asomaban desde debajo del mar, tratando de agarrarse a sus tablas de madera o pidiendo auxilio, y siguió su ruta, orgulloso de su hazaña, y sereno. Aldo Attias volvió así a montarse en su bicicleta y pensó en cómo también él tenía esa sensación de atravesar a toda mecha un valle que rápidamente se colmaba de desprendimientos, sepultando a muchos de los que alguna vez habían compartido la marcha con él, mientras bajaba la suave pendiente del paseo marítimo, con el crepúsculo del Sabbat y la mirada del animal victorioso. No en vano Aldo Attias había pronunciado ya el juramento hipocrático, pues era de cirujano el pulso con que pisaba senderos escarpados y movedizos.

Encadenó su bicicleta pública a una estación de servicio, y desde allí se dirigió a un bar de la Barceloneta que solía visitar los fines de semana. Su condición física no era la de un deportista experimentado, pero parecía bastante óptima. Era fuerte y vigoroso, y gozaba de buena salud. Su aspecto le preocupaba tanto como para salir a correr varios días al alba, antes de conducir su moto deportiva hasta el laboratorio donde se empleaba satisfactoriamente, pues a Aldo Attias se le reconocía como un eminente paladín en ciernes de su área. Y aunque desinterés y generosidad era lo que cabía esperar de alguien que durante cinco años había sobrevivido esforzadamente gracias a las becas de excelencia que la universidad pública le concedía por sus matrículas, opinaba que el sendero hacia el infierno está enlosado de buenas intenciones. Por eso le iba como le iba; le iba la mar de bien. En sus comienzos había obtenido gran éxito en su carrera, y no menos consideración pública. Y además estaba podrido de dinero; le salía por las orejas. Vivía en una zona distinguida, y por eso le atraía bajar a la Barceloneta, casi como si de un ejercicio de slumming se tratase, aunque había otras razones.

La taberna que a Aldo Attias le gustaba visitar exhibía ornamentos marinos. Estanterías de roble falso plagadas de toda clase de botellas de absenta y otros brebajes. Sillones desgastados cuyo tapiz de cuero verde revelaba descosidos y rotos hechos adrede. Esculturas de piratas y sirenas. Libros de viejo cuyas páginas olían a polvo y a fantasmas y a café aún húmedo. Lámparas de araña y utensilios modernistas de cobre y de hojalata. Además, había chicas muy bonitas.

—Una copa de vino blanco un poco helado —exigió Aldo Attias con el huesudo dedo índice enhiesto luego de haberse acomodado sobre una banca acolchada y reconfortante.

Sacó su tableta y se puso a leer algunos informes de trabajo, como las últimas noticias acerca de los lobbies y las multinacionales farmacéuticas, levantando de vez en cuando la mirada para comprobar quién entraba y salía de aquel salón que evocaba el camarote de algún corsario turcomano, y se sintió relajado por primera vez esa semana.

Tras unos años de formación en universidades españolas y americanas, y al haber combinado en su currículo conocimientos en diferentes disciplinas como la cirugía plástica, la biotecnología y la mecánica robótica, acumulaba ya once meses empleado en un laboratorio cuya meta era la fabricación de tejidos con que reparar la salud de enfermos que esperaban un trasplante de riñón. Pero para que el proyecto funcionara adecuadamente se hicieron necesarias constantes reuniones en complejos dispositivos de teleconferencias holográficas entre la matriz de la corporación que financiaba esas investigaciones, situada en New Brunswick (New Jersey), y los equipos de trabajo instalados en Tokio y Río, que también colaboraban en la investigación. Había una importante presión sobre aquel grupo para terminar el proyecto cuanto antes y comercializar la patente, y aquello explicaba los eternos ojos hundidos de Aldo Attias, cuyos horarios de trabajo eran completamente arbitrarios, y a veces dependientes de los usos de las otras sedes de la corporación. No fueron escasas las ofertas que le habían llovido a Aldo Attias solicitando su incorporación en distintas universidades y centros de investigación del continente. Pero Aldo Attias nunca se sintió muy tentado por el sector público. No compartía la creencia de que más vale una vida modesta en paz y sosiego que todo el lujo del mundo con sus peligros y preocupaciones. Él era joven, y no temía al riesgo.

La relación de Aldo Attias con el dinero era sofisticada, al menos moralmente y sólo en su fuero interno. Si bien antes de firmar el contrato que le declaraba asalariado en los laboratorios ya había comprobado que su cuenta de ingresos era próspera, desde que se sumergió en aquel ambicioso proyecto biotecnológico sus ingresos se habían disparado de forma paralela a sus gastos. En algún momento había dejado de tener tiempo para adecuar sus balances y detenerse a reflexionar con qué clase de vida tan costosa empezaba a cargar; sabía, eso sí, que sus ganancias aún superaban de largo sus pérdidas, pero le preocupaba el exagerado y absurdo gasto que desangraba sus cuentas, inquietud que ante todo guardaba relación con sus orígenes humildes y la esmerada educación que había recibido respecto a la importancia del ahorro y el consumo responsable. En su familia nunca había visto a nadie gastar de manera tan inescrupulosa, y eso le incomodaba; su record de gasto recreativo, en aquel entonces, estaba fijado en más de tres mil euros en una sola noche. Afortunadamente, los mecanismos de compensación moral de Aldo Attias se escoraban en el hecho de que, inexcusablemente, las costumbres relacionadas con el  consumo se transforman conforme se produce el ascenso en la escala social; tampoco nunca había tenido que plantearse solicitar un crédito a su banco. De cualquier manera, esto le preocupaba.