El rastro de la mentira

Guillermo Ortiz

La historia de la mayor trama de dopaje organizado de la historia y sus conexiones españolas.

Cuando Lance Armstrong confesó públicamente su dopaje en un programa de máxima audiencia, se ponía fin a la época más oscura del ciclismo, el final de la década de los años noventa y el arranque del siglo XXI, cuando un deporte entero se convirtió en una trama de tramposos y los médicos que les surtían de las sustancias dopantes, cada vez más sofisticadas. Una época que tuvo a Armstrong como símbolo y a Gerona como capital, con médicos y ciclistas españoles muy comprometidos. En “El rastro de la mentira”, la implacable crónica de esos años, Guillermo Ortiz desvela los orígenes, el funcionamiento y la dimensión del fraude en que vivió el ciclismo durante más de quince años.

 Lance Armstrong se detuvo un momento en la sede de la Fundación Livestrong, la misma que dejó de presidir para no causar más daños aún a su labor contra el cáncer mientras se defendía de las acusaciones de dopaje, y les confesó la verdad a sus trabajadores entre lágrimas. No fue exactamente una confesión, sino que más bien pidió perdón a todo el mundo y la cosa quedó clara. Después prosiguió su camino hasta el lugar donde tenía pactada la entrevista con Oprah Winfrey y se reunió de nuevo con sus abogados para saber qué podía decir sin ser acusado después de perjurio y qué podía insinuar para no seguir pasando por un mentiroso y recuperar algo del amor de la gente.

Armstrong y su desesperada lucha por ganarse el amor de los demás, su concepción del mundo como un «conmigo o contra mí», que se llevó a tanta gente por delante. Una obsesión que algún día tenía que acabar.

Ni siquiera un mes antes, la periodista Sally Jenkins del publicaba en el Washington Post un artículo titulado «Por qué no estoy enfadada con Lance Armstrong» en el que reconocía que las pruebas de la Agencia Antidopaje Estadounidense (USADA) eran demasiado contundentes para defender la inocencia del ciclista tejano. Pese a todo, Jenkins se negaba a condenar a su amigo por diversas razones, las habituales en los corrillos de cierta prensa desde que la organización decidiera sancionar a Armstrong de por vida y pedir la anulación de todos sus resultados, esto es, que su labor en la lucha contra el cáncer había sido inmensa, que al fin y al cabo todo el mundo se dopaba, y que Lance era un luchador al que quizá no le quedó más remedio que jugar con los límites del reglamento «en aras del espectáculo».

Jenkins no es una periodista cualquiera, sino una más de los muchos que se han lucrado a lo largo de su carrera con la «lucha» y el «espectáculo» de Lance Armstrong. Juntos escribieron Mi vuelta a la vida, la famosa biografía que narra sus orígenes en Austin y en el ciclismo, su recuperación de un cáncer de testículo con múltiples metástasis y su regreso a las carreteras para ser campeón del Tour de Francia en 1999.

El libro sirvió de inspiración para millones de enfermos de cáncer en todo el mundo y no solo para enfermos de cáncer, sino para cualquiera que se negara a dejarse derrotar por una enfermedad, la que fuera. Ese mérito no se le puede quitar a Armstrong, desde luego, pero para eso no hacía falta ganar siete Tours de Francia, participar activamente en redes de dopaje y amenazar o coartar a buena parte de sus compañeros y rivales, que por fin encontraron en la USADA a un aliado y no a un enemigo más.

Y es que conviene recordar que la famosa resolución de la USADA no es un montón de cotilleos, como algunos ciclistas en activo y determinados expertos quisieron hacer creer hasta que el propio Lance se rindió. El pliego de la USADA incluye una «decisión razonada» de 202 folios y otros 1.000 con declaraciones bajo juramento y riesgo de perjurio, transcripciones de llamadas telefónicas, recibos de transferencias a médicos, mensajes de texto, correos electrónicos privados…, así como los sumarios casi completos de la Operación Puerto, el caso Friburgo de dopaje sistemático del Telekom de Riis y Ullrich, o las investigaciones del CONI y los carabinieri en la llamada «Operación Padua».

Si consiguieron convencer incluso a Jenkins, el trabajo debió de ser muy bueno, desde luego, además de muy certero, porque Jenkins sigue viendo a Armstrong como un héroe, y así lo explica en su artículo: no importa que mintiera en el libro cuando aseguró no haberse dopado, no importa que hiciera trampas durante los diez años siguientes años y no importa que sus fans alrededor del mundo se den cuenta ahora de que han estado animando a un falso ídolo. Lance lo hizo porque no quedaba más remedio. Esa es la teoría de Jenkins y la de muchos otros: pasemos página, le tocó la época que le tocó.

No opina lo mismo David Walsh, periodista deportivo del Sunday Times y gran azote de Armstrong durante todos estos años. Walsh ya dudó de Armstrong cuando le vio subir Sestriere en 1999 en un sprint de diez kilómetros cuesta arriba, llevándose un Tour con la media de velocidad más alta de la historia, mayor aún que la de 1998, el Tour de la vergüenza, el del caso Festina y los médicos de equipo tirando todo tipo de sustancias en los lavabos de los hoteles.

Walsh dudó en 1999, volvió a dudar en 2001, cuando sacó a relucir la relación entre Armstrong y el doctor Ferrari, y lo hizo de nuevo en 2003 con la publicación de L.A. Confidentiel, el libro que contaba con los testimonios de personas cercanas al US Postal durante los primeros años del equipo y que aseguraban que Armstrong venía dopándose desde unos cuantos años atrás. El problema es que Walsh no consiguió entonces lo que sí ha hecho ahora la USADA: probar esas acusaciones. En cambio, él y su periódico tuvieron que pagar una enorme multa por difamación a Armstrong y sus abogados.

Al leer el artículo de Jenkins, Walsh reaccionó de inmediato con furia: ¿no merecían una sola palabra los que durante años han sido insultados, despreciados, acosados o despedidos por Armstrong?, ¿ni una sola palabra para todos los ciclistas que han intentado correr «limpios» y han visto truncadas sus carreras?, ¿ni una palabra para Christophe Bassons, el corredor de La Française des Jeux, que en el Tour de 1999 se atrevió a publicar sus dudas acerca de la renovación del deporte tras el caso Festina y fue inmediatamente llamado al orden por Armstrong, sufriendo un acoso diario en el pelotón que obligó a Bassons a abandonar el Tour y a dejar poco después el ciclismo?

Walsh estaba indignado y, sobre todo, lo estaba por la coartada moral, la peligrosa coartada moral del cáncer. Recordaba en su respuesta a Jenkins como, cuando se le preguntó si se negaba a reconocer el dopaje por miedo a perder sus patrocinadores, Armstrong contestó sin inmutarse: «Sí, los perdería todos, pero eso no es lo importante. No es una cuestión de dinero. Se trata de la fe que la gente ha depositado en mí durante años. Todo eso quedaría borrado. No necesito un contrato que diga que me van a echar si me dopo, me basta con saber que perdería el apoyo de cientos de millones de personas».