El reloj del mundo

Cristina López Barrio

Seis sorprendentes relatos llenos de sensibilidad y magia, con los que Cristina López Barrio guía al lector por un mundo regido por el deseo, la pasión y la exuberancia de los sentidos. Una experiencia literaria única repleta de emoción, fantasía e ingenio.

Sin perder el gusto por la metáfora, el realismo mágico y la escritura exuberante, Cristina López Barrio presenta seis historias muy diferentes entre sí. En El reloj del mundo, un joven inicia un largo viaje en busca del secreto de la eternidad; en La mano, un inspector de policía entabla una extraña relación con la víctima de la muerte que investiga; Carta a un burócrata cuenta el cambio radical de un pueblo ante la construcción de una carretera; Leyendas es una historia de amor más allá de las fronteras del tiempo y la muerte; un asesino y un coleccionista mantienen un incierto encuentro en un ascensor en No repitas la vida ni las armas, y Guerra relata el descenso a la locura de un convicto que escapa de la cárcel.

Qué poco sabían usted y los de su calaña sobre nuestro pueblo antes de que se empeñara en construir una carretera con el propósito salvaje de civilizarlo. Sabía que era el último de la provincia más remota, un punto como cabeza de alfiler en sus mapas de oficina, un nombre que nunca aprendió a pronunciar. Sabía que una pequeña montaña lo custodiaba por uno de sus flancos, y que tras ella se abría el horizonte del mar. Sin embargo, nada sabía de las anchoas que se pescaban entre una espuma de ángeles. De la fábrica que se erguía en la plaza mayor desde tiempos remotos, donde yo, como la mayoría de las mujeres, las preparábamos en conserva. De la iglesita con una torre verde de siete campanas. Del río cuyas aguas y riberas se cobijaban bajo la bóveda plateada de una alameda.

Ni usted ni ninguno de los suyos mostró el menor interés hacia nuestras costumbres. Nos tomaron por seres agrestes, habitantes de una tierra que no conocía más frontera que el pasado. Llegó una mañana con una oruga de hombres que medían y medían con unas cintas interminables. Midieron nuestras casas, nuestras calles, midieron el río y la alameda, y por medir, midieron hasta los rabos de los perros callejeros, las vergas de los burros y la mecha de nuestros corazones. Luego recuerdo que dijo usted:

—La carretera ha de pasar por donde está el río y la alameda. No hay otra forma. En aras de la ingeniería y el bienestar social hay que llevárselos.

Lloramos de risa cuando le escuchamos. ¿Cómo un burócrata va a arrebatarle un río a la naturaleza, y más uno como aquél? Tampoco sabía usted que el río de nuestro pueblo procedía de una estirpe bíblica. No acierto a recordar si era nieto o bisnieto, en esos parentescos siempre me pierdo, de uno de los afluentes del río que regaba en tiempos prístinos el jardín del Edén. Había aflorado de la tierra con sus aguas de oriente y desembocaba en él mismo.

—No puede llevarse el río —le dijimos— porque él es la memoria, la conciencia del pueblo entero.

Entonces fue usted el que se echó a reír con su boca ignorante. Intentamos explicárselo, pero no nos escuchó. La más ancestral de las costumbres del pueblo, la más sagrada, consistía en arrojar nuestros pecados al río las mañanas de domingo. Cuando la torre verde de la iglesia despedía el clamor de sus siete campanas, asistíamos a misa para escuchar los sermones del padre Cornelio, a quien uno de sus hombres oruga llego a medirle hasta la sotana.

—Recuerden que los pecados se arrojan, pero se ha de volver a visitarlos al domingo siguiente.

Con esas palabras finalizaba siempre la misa el padre Cornelio. Así que a la salida de la iglesia iniciábamos nuestro peregrinaje al río. Descendíamos por la cuesta que partía de la plaza hacia las afueras del pueblo, esa a la que usted también le midió cada adoquín, cada manzano que la bordeaba con las copas rollizas, bajo las que encontrábamos la tentación de la sombra en las mañanas de verano. Descendíamos en silencio, cada uno ya con el cosquilleo de la penitencia dentro del estómago. Poco o nada sabrá usted de que los pecados son redondos, sin principio ni fin, y que se regurgitan con un golpe de arrepentimiento, y si uno no se arrepiente, ha de meterse los dedos en la garganta para sacárselos. Los hay que salen con tamaño de guisante, otros de aceituna, y los más gordos, que hacen saltar las lágrimas, con forma de ciruela o pomelo.

El río estaba incendiado de truchas. Tampoco usted se dio cuenta de eso, si no les hubiera medido hasta el agujero por donde desovan. Ellas se habían acostumbrado a vivir entre los pecados que arrojábamos después de regurgitarlos. Les gustaba golpearlos con sus labios duros, orinarse en ellos, incluso depositar sus huevos entre los más gordos o saltar por encima de los más livianos que flotaban como nenúfares. Si se hubiera molestado una sola vez en contemplar la belleza de la alameda que cubría el río, que lo abrigaba con sus ramas de destellos lunares. Los álamos esbeltos se arqueaban dócilmente sobre las aguas, y sus hojas aleteaban como espejos donde se miraban las truchas. Las riberas eran de hierba jugosa y olían como la tierra antes de la lluvia, como la vida antes del nacimiento, olían a mar, a la brisa salada que atravesaba la montaña en busca de aquel lugar sagrado.

Cada habitante del pueblo tenía su sitio en la ribera para regurgitar a solas y en paz. Yo había elegido uno donde el río dibujaba un pequeño codo y las aguas eran más cristalinas y puras. Así podía ver hundirse mi pecado, descender entre el espejeo de colores hasta que se reunía con los de otros domingos. Me pasaba horas contemplándolos, adormecida por el perfume de anchoas que me quedaba en las uñas tras mi trabajo en la fábrica; eran tan hermosos, tan gordos y redondos. Qué me importaba que el rostro se me inundara de lágrimas, que los ojos se me desorbitaran de dolor cuando se me encajaban en la garganta, y tenía que atraparlos con los dedos, arrancármelos como a un recién nacido del vientre materno. Sólo pensaba en la oportunidad de pecar de nuevo. Pecar, sacarme el pecado de la tráquea, tirarlo al río, contemplar su excelsa redondez hundiéndose en las aguas, y volver a pecar. Así era feliz.

Pero tuvo que venir usted. Si sólo se hubiera llevado el río y la alameda hasta hubiera podido perdonárselo, apiadándome de su ignorancia, de su imbecilidad de burócrata, pero que me haya robado usted la vida, que la haya aspirado con una manguera y encerrado en un camión cisterna, eso no se lo perdono. Que mi amor adúltero por don Nicanor Alonso haya quedado reducido a un pomelo flotando en las aguas puras de una vasija, eso me lo va a pagar muy caro. Me ha desgarrado las entrañas como si hubiera tenido que vomitar el pecado del mundo.

Qué culpa tiene usted, se preguntará, de que ahora yo sea una mujer que vive en su mundo sombrío sin más compañía que mi vasija. No sé si un burócrata podrá comprender cómo se ama, cómo se amaba, en esa tierra de mar y anchoas donde había un río con descendientes bíblicos y una alameda que daba sombra a los pecados de plata.

Don Nicanor Alonso tenía una frente seria y un bigote ancho. No recuerdo si a usted se le ocurrió medírselo. Llegaba a la fábrica de conservas con el amanecer prendido de su espalda y no la abandonaba hasta que aparecía en el cielo el primer chorro de luna, porque contra todo pronóstico don Nicanor era lo que usted llamaría en su mundo un romántico unánime. Durante ese tiempo, sentado a su pupitre con unos quevedos sobre su nariz de adonis, sumaba, restaba, dividía y multiplicaba con una exactitud que pasmaba hasta a las propias cifras. Yo le adoraba en silencio. En cuanto tenía oportunidad pasaba a su lado sin que reparase en mi presencia, y aspiraba el perfume de sabiduría aritmética, de bálsamo de hombre antiguo que exhalaba cada porción de su carne.