El resultado

Luis Magrinyà

La extraña historia de una singular princesa que trabaja en plan becaria y se enamora de un joven nada conveniente.

Siguiendo la costumbre del Principado en donde reinan sus severos padres, la princesa que protagoniza esta rara historia inicia su estancia en el extranjero entrando a colaborar como ayudante en una tienda de decoración que, al morir la dueña que la regentaba, pasará a dirigir. Educada en la rigidez de las costumbres del Principado, la princesa descubre pronto las alegrías y las penas del vivir de manera independiente, para finalmente entregarse a los avatares del amor cuando se enamora de Augusto, un joven prometedor y un tanto cínico que la colma de felicidad pero que también la hace sufrir con sus devaneos y reservas frente al compromiso. El juego de apegos y contrariedades que las relaciones afectivas ponen en marcha protagonizan este relato que, a su modo y en unas claves de maligna ironía, reescribe el mundo de los cuentos de hadas resituándolos en unos tiempos y en unos paisajes en los que las princesas deben trabajar para ganarse la vida y sus pretendientes no siempre parecen los más convenientes. Una muestra muy representativa del extraño y magistral talento narrativo de Luis Magrinyà.

Estábamos en el vestíbulo de un magnífico hotel de W., bajo una bóveda luminosa y dorada, sitiados por mármoles verdes e infinitas, exuberantes pilastras cuyo objeto probablemente no era otro que el de perturbar la perspectiva. Una serie de butacas rodeaba, como una audaz corola, la base de cada columna, en una disposición que también parecía destinada a entorpecer los instintos sociales, pues allí sólo podía uno recogerse, sin más remedio, en una contemplación improductiva, o en la solitaria lectura de un periódico. Era desmoralizante, el esfuerzo a que debíamos someter nuestras cervicales con tal de procurarnos unos a otros un poco de conversación; yo, debo decirlo, hacía ya tiempo que había desistido de intentarlo. En realidad, me había resignado hasta tal punto a la experiencia que, apenas conscientemente, me había puesto a juguetear con las gruesas y sonoras lágrimas de un candelabro que languidecía en una de las mesitas colocadas a ambos lados de mi asiento; esta mesita —otro calculado sabotaje— me separaba de Belgrado, mi más posible interlocutor, con un efecto que por una vez observé con gratitud.

Belgrado pasa por ser mi secretario, aunque se le paga —no es ningún secreto— para ser mi espía, un oficio para el que tiene tanta vocación como mediocres han resultado ser sus cualidades. Apenas puede decirse que haya aprendido a leer en un rostro, el único lugar en el que un espía debería saber leer. Yo, en cambio, me sé el suyo de memoria. En aquella ocasión, recluido y obediente en su confinamiento, no era difícil rastrear en su planchado semblante las huellas del tedio que todos los demás experimentábamos, si no ejercíamos, con entera libertad. Pobre hombre, recuerdo que pensé, ni siquiera en momentos como ésos no es capaz de no disimular.

La causa de este tedio extensivo era un retraso de tres horas sobre lo anunciado en el orden del día, y todo por no inaugurar la conferencia sin que estuviese presente el incógnito delegado del Rudán. Tal deferencia era realmente extraordinaria, pero en el Rudán había habido una especie de revolución —algo rápido e incruento, bien acogido y celebrado— hacía cosa de pocas semanas, y los asambleístas ardían en deseos de conocer el rostro que habría adoptado el nuevo régimen para su presentación en la escena internacional; aunque, de hecho, toda impaciencia se hallaba matizada por la presunción de que, fuera cual fuese dicho rostro, peor que el antiguo no iba a poder ser. Los destinos de este grandísimo país, colmado de riquezas naturales, tan bellas como caprichosa o indiferentemente administradas, han sido siempre un quebradero de cabeza para el resto del mundo, entre otras razones porque, como es sabido, los rudaneses son tremendamente itinerantes y allí donde van consiguen imponer, de un modo u otro, su peculiar idiosincrasia, influyendo perniciosamente en los hábitos tradicionales de sus tierras de adopción. El mundo no ha podido hacer gran cosa para contener esta avalancha que encuentra siempre menos resistencia que disposición a sucumbir, como si siglos y siglos de civilización no nos hubieran enseñado más que una hipocresía limitada, imperfecta, capaz únicamente de combatir estímulos menores y ya muy socializados. Es probable que aún haya cosas ante las que seamos incapaces de fingir y que en el futuro consigamos medios mejores para fortalecernos y perfeccionarnos; pero hoy por hoy el único argumento de peso entre las familias es que basta un solo rudanés —su sola presencia superiormente estimulante— para echar abajo la labor de incontables generaciones. No es de extrañar que una revolución instigada desde dentro por las facciones opuestas a la tranquila inercia de este estado de cosas fuera recibida con cierto regocijo por quienes nunca han dejado de temer ser dominados por aquello que no pueden dominar. Y, como la nueva bandera se enarbolaba, por añadidura, bajo consignas prudentemente mansurronas, el optimismo de la civilización podía cuando menos consolarse en la esperanza de que, si iba a seguir siendo imposible corregir lo incorregible, quizá se pudiera mantener a esos bárbaros perpetuos dentro de los confines de un país distante y controlado.

Luego un repentino murmullo recorrió la sala y todos los portavoces del mundo empezaron a levantarse y a sacudirse los trajes a fin de recoger con el mejor aspecto posible el fruto de su expectación. La conferencia iba a dar comienzo, el delegado del Rudán había llegado, y los empujones en las puertas estuvieron amenizados con los zumbidos y rumores de quienes decían haberlo visto ya: oí que era extremadamente joven, y que tenía mucho «porte», y alguien dijo que era increíble, pero que iba bien peinado. Tardé poco en poder juzgar por mí mismo: una vez conseguí llegar a mi asiento, obtuve una buena perspectiva del hombre que era el centro de todas las miradas. Resultó menos fácil, luego, sobreponerse a la sorpresa, cuando vi que aquel joven que era un desconocido para el mundo no lo era para mí, ni tampoco para Belgrado, que me miró casi menos atónito que descompuesto por la vergüenza al recordar que un día había dicho de ese mismo joven que era un hombre «sin condición». Augusto estaba solo en su mesa, soportando el alud erguido pero abrumado, y en su ancha y admirada sonrisa creí adivinar, además de cierta ironía, una pequeña petición de ayuda. Le devolví el saludo con un gesto de simpática extrañeza, procurando infundirle ánimos, y él me respondió con otro gesto que prometía, en cuanto se lo permitieran, un poco de información privilegiada.

Mi sobrina —la princesa de este cuento— me había tenido al corriente, durante cierto tiempo, de las vicisitudes de Augusto al regresar a su país, de las que ella disponía de puntuales noticias gracias a las frecuentes cartas que él le escribía, y que eran, según me dijo, escrupulosas como una agenda, francas como un diario íntimo y largas como el testamento de un millonario. Yo sabía que el muchacho estaba haciendo sus pinitos en un ministerio y que su madre, de la que se contaban algunas influencias, había conseguido colocarle en algún recodo de la carrera diplomática. No sabía más: todo eso, tratándose de Augusto, y mi sobrina era la que menos se engañaba al respecto, podía ser cierto como podía no ser más que una interpretación de sus particulares circunstancias. La princesa decía que, dado el tono de las cartas, y su contenido exhaustivo que acababa resultando prosaico, no tenía por qué no ser verdad. Pero creo que ella se habría sorprendido incluso más que yo —luego tendría ocasión de comprobarlo— de verle ocupar su modesta pero codiciada plaza en aquella pomposa asamblea y dirigirse al auditorio, cuando con expectación se le pidió que tomara la palabra, con esa voz cantarina, esas ideas calurosas y esos generosos ademanes que en otro tiempo nos sugirieron muchas cosas, pero nunca el germen de un talento político primordial.