El señor Valery

Gonçalo M. Tavares

Un genial desafío a la lógica desde la visión del señor Valéry, un hombrecillo de aspecto insignificante que con sus ocurrentes observaciones logra trastocar la prosaica realidad.

El señor Valéry es uno de los habitantes del peculiar barrio, un tipo bajito que reflexiona y pone a prueba continuamente -a la manera de Lewis Carroll- nuestra lógica y nuestras certezas, invitándonos a cruzar esa línea invisible que quizá nos separa de otra realidad, a buen seguro, mucho más interesante.

El señor Valéry era pequeñito pero brincaba mucho.

Él decía:

–Soy como las personas altas, solo que por menos tiempo.

Pero esto constituía un problema para él.

Más tarde al señor Valéry le dio por pensar que, si las personas altas saltaran, nunca las alcanzaría en la vertical. Y este pensamiento lo desanimó un poco. Sin embargo, más por cansancio que por ese motivo, un buen día el señor Valéry abandonó los saltitos. Definitivamente.

Días después, salió a la calle con un banco.

Se subía al banco y se quedaba allá arriba, quieto, mirando.

–Así soy como los altos durante mucho tiempo. Solo que inmóvil.

Pero no acababa de convencerse.

–Es como si las personas altas tuvieran los pies encima de un banco y aun así pudieran moverse –murmuró el señor Valéry, verde de envidia, mientras regresaba a casa decepcionado, con el banco bajo el brazo.

El señor Valéry hizo entonces varios cálculos y dibujos. Pensó primero en un banco con ruedas, y lo dibujó

Pensó después en congelar un salto. Como si fuera posible suspender la fuerza de la gravedad durante tan solo una hora (no pedía más) en sus paseos por la ciudad.

Y el señor Valéry dibujó su sueño, tan común

Pero ninguna de estas ideas resultaba cómoda o posible, así que el señor Valéry decidió ser alto en su pensamiento.

Ahora, cuando se cruzaba con las personas en la calle, se concentraba mentalmente y las miraba como si las viera desde un punto situado veinte centímetros más arriba. Concentrándose, el señor Valéry lograba incluso ver la imagen de la coronilla de personas que eran bastante más altas que él.

El señor Valéry no volvió a acordarse de las teorías del banco o de los saltitos, a las que ahora, desde cierta distancia, consideraba ridículas. Sin embargo, concentrado como estaba en aquella visión, digamos que superior, tenía dificultad en recordar el rostro de las personas con las que se cruzaba.

En el fondo, tras conseguir altura, el señor Valéry perdió amigos.

El señor Valéry tenía una mascota, pero nadie la había visto jamás.

El señor Valéry dejaba al animal encerrado en una caja y nunca lo sacaba al exterior. Le tiraba comida por un agujero en la parte superior de la caja y le limpiaba los excrementos por un agujero en la parte inferior de la caja.

El señor Valéry explicaba:

–Es mejor evitar el afecto hacia los animales de compañía: se mueren a menudo, y luego es una tristeza para el corazón.

Y el señor Valéry dibujó una caja con dos agujeros: uno en la parte de arriba y otro en la parte de abajo

Y decía:

–¿Quién podría cogerle cariño a una caja?

Y así, el señor Valéry, sin asomo de angustia, seguía muy satisfecho con la mascota que había elegido.

El señor Valéry era despistado. No confundía a su mujer con un sombrero, como sucedía a algunas personas, pero confundía el sombrero con su propio pelo.

El señor Valéry creía que siempre llevaba puesto el sombrero, lo que no era cierto.

Al cruzarse con una señora, tenía por costumbre levantar ligeramente los dedos sobre la frente, por cortesía. Las señoras sonreían mucho para sus adentros ante tamaño despiste, pero agradecían la gentileza.

Por temor al ridículo, el señor Valéry pasó a curarse en salud y, antes de salir de casa, se calaba el bombín hasta las cejas para asegurarse de que lo llevaba puesto.

El señor Valéry hasta hizo un dibujo de su sombrero y su cabeza vistos de espaldas

y también de frente

El señor Valéry se calaba el sombrero en la cabeza con tanta fuerza que luego tenía grandes dificultades para sacárselo.

Cuando una señora se cruzaba con el señor Valéry en la calle, este intentaba levantar un poco el sombrero con ambas manos, pero no podía.

Las señoras seguían su camino y por el rabillo del ojo veían al señor Valéry sudando, con el rostro rojo de impaciencia y tirando del sombrero hacia arriba con una mano a cada lado, como se hace con los corchos de las botellas difíciles. Como no podían esperar el final de la acción del señor Valéry, que en ocasiones duraba largos minutos, las señoras se alejaban sin haber asistido al desenlace de la situación.

Por este motivo, el señor Valéry pasaba a veces por un maleducado, lo que no era justo.

El señor Valéry era perfeccionista.

Solo tocaba las cosas que estaban a su izquierda con la mano izquierda, y las que estaban a su derecha con la mano derecha.

Decía:

–El mundo tiene dos lados: el derecho y el izquierdo, al igual que el cuerpo. Y el error surge cuando alguien toca el lado derecho del mundo con el lado izquierdo del cuerpo, o viceversa.

Siguiendo escrupulosamente esta teoría, el señor Valéry explicaba:

–He dividido mi casa en dos con una raya.

Y dibujaba

–He definido un lado derecho y un lado izquierdo.

–Así, para los objetos del lado derecho reservo la mano derecha, y viceversa.

Entonces, ante una duda que le planteó un amigo, el señor Valéry explicó:

–Los objetos muy pesados los pongo con su centro exactamente sobre la raya.

Y dibujó

–Así –explicaba el señor Valéry– puedo cargarlos utilizando la mano izquierda y la mano derecha, siempre que tenga la precaución de transportarlos con su centro exactamente sobre la línea divisoria.

–Para los objetos ligeros –prosiguió el señor Valéry– no hacen falta tantas precauciones; les cambio la posición con una de las manos. La mano correcta, claro.

–Pero ¿cómo mantener ese rigor en todas las situaciones? –le preguntó el mismo amigo–. Cuando está usted de espaldas, por ejemplo, ¿cómo sabe cuál es la parte derecha o izquierda de la casa?

El señor Valéry se mostró casi ofendido por la pregunta, pues no le gustaba que cuestionaran sus razonamientos, y contestó en tono desabrido:

–Yo nunca vuelvo la espalda a las cosas.

(Esto era lo que el señor Valéry decía, pero en realidad, para no equivocarse, había pintado todo el lado derecho de la casa, incluidos sus objetos, de rojo, y todo el lado izquierdo de azul. Así se comprendía mejor la verdadera razón por la que el señor Valéry se había pintado la mano derecha de rojo y la izquierda de azul. No había sido un acto estético, como decía. Era mucho más que eso.)

El señor Valéry tenía miedo de la lluvia.

Durante años se había entrenado para ser rápido al esquivar el agua que caía del cielo. Se había convertido en todo un especialista.

Él decía: Así es como huyo de la lluvia.

Y dibujaba, representándose a sí mismo como una flecha.