El síndrome Rubens

Alberto Lema

Retrato del adolescente al que le gustaban las mujeres grandes y hermosas.

A Chano, desde siempre, le han atraído las mujeres de formas generosas: desde la madre de su amigo de la infancia hasta la profesora de matemáticas del bachillerato, pasando por Laura, su inteligente, activa e independiente compañera de estudios en los años del instituto. Pero no será hasta su entrada en la universidad que su encuentro con Sara le va a permitir el feliz descubrimiento: el sentido de la intimidad se construye como un diálogo de identidades que, si bien se materializa como encuentro de los cuerpos, solo en la aceptación del otro/otra como existencia irrepetible alcanza una significación más compleja y plena.

El más lerdo de los alumnos de primero de psicología podría componer una teoría irrefutable sobre mi afición a las gordas después de examinar brevemente cualquier foto de mi familia. En efecto, las madres, hermanas, abuelas, primas y tías de mi casta son todas mujeres de proporciones bastante superiores a las que el canon actual admite como normales. Pero yo soy una de esas últimas personas que, a pesar de ser cultas, tienden a creer que cada cual es todavía libre de escoger y, por lo tanto, responsable de sus actos: mi preferencia por las gordas no es una consecuencia inevitable del ambiente y de las condiciones en que me criaron, más bien creo que es una sana y natural inclinación mía que hubiera sobrevivido incluso a un sanatorio de anoréxicas. No sé si a ustedes les pasa igual, pero en mi caso, en la misma capa primera y remota de la memoria en la que se guarda el miedo ancestral al fuego, guardo también un deseo no aprendido por las gordas, por las masas de carne abundante, viva y feliz. Un siglo de abundancia parece que ha bastado para arruinar y deturpar definitivamente la que era la natural y unánime imagen para la lascivia de los varones durante milenios, no centurias, de sabia y difícil evolución y adaptación al medio, pero yo confío en que después de leer este libro, y las varias revelaciones que esconde, su opinión sobre las razones de ese extraño cambio de los gustos sexuales en nuestro hemisferio queden para siempre claras y también refutadas.

I

Lourdes

Poseo una prodigiosa memoria y puedo recordar incluso el momento de mi tardío bautismo con exactísimo detalle, digo tardío porque me bautizaron a los veinte meses debido a mi débil salud y al recobrado fervor republicano de mi abuelo materno tras la muerte de Franco. Es justo en el momento de la encarnizada disputa entre mi padre y mi abuelo-padrino sobre el que debía ser mi nombre dos horas antes de la ceremonia cuando comienza el minucioso registro de mis recuerdos.

—¡Enrique! Sí señor, en honor de la primera brigada mixta y del gran general Enrique Líster, un gallego como nosotros…

—Andrés, se llamará Andrés como mi padre, que en paz descanse, y además yo soy el padre del chaval y usted…

—¡Pues si eres el padre del chaval, búscate otro padrino!

—Pues me lo busco, oiga, y no creo que me cueste mucho trabajo.

El debate podría haber seguido en este plan horas y horas, pero mi madre tenía prisa por ir yendo hacia la iglesia y resolvió el asunto diciendo que por qué no Enrique Andrés, punto en el que ambos coincidieron y acabaron con el retraso. Por supuesto, cuando años más tarde yo les referí a mis padres este mismo suceso pensaron que imposible, que había tenido que conocerlo de alguna forma indirecta. Insistí un buen rato en mi defensa, pero fue en vano, y desde entonces puse buen cuidado en escoger para el relato de mis hazañas únicamente aquellas creíbles para una audiencia desconfiada. Otros tendrán que sumar, yo he tenido siempre que restar.

Por cierto, la disputa nominalista también fue en vano: mis amigos de la infancia decidieron llamarme Chano por razones que os ahorraré y así es como me llamo yo a mí mismo cuando me presentan a algún desconocido. Respecto a mi familia, mi padre me llama Andrés y mi abuelo me llamó Enrique toda su vida, menos en sus dos últimos meses, en los que me decía mi general.

Pero vayamos al grano: mi primera experiencia con una mujer se produjo a los siete años, antes de eso están los fugaces y torpes contactos entre párvulos curiosos que no merecen anotarse. Se trataba de Lourdes, la madre de Miro, vecino y amigo de mi bloque, del segundo L. Ella era un poco como todas las madres de la época: tenía el pelo largo y ondulado hacia atrás, la risa estrepitosa y un cuerpo que era una res extensa de pechos enormes, amplias caderas y pendulantes nalgas. He olvidado comentar que, por entonces, yo era un chiquillo realmente precioso: los esperables rizos rubios, los ojos azules que aún me acompañan y las encantadoras facciones que no tanto. El caso es que por alguna razón inexplicable Miro me había acertado en plena frente con un cochecito de juguete, yo me eché a llorar y, al poco, su madre entró en la habitación, valoró la situación, le dio un cachete a Miro, lo mandó a su cuarto y comenzó a acariciarme en su regazo después de sentarse en una silla —estábamos jugando en el comedor—. Yo seguía llorando, a esas alturas menos por el dolor físico que por el moral, mientras ella me acunaba y me decía, venga, venga, que no pasa nada, no pasa nada. Y pasó que, desde mi perspectiva, entre los botones de su vestido de flores beige podía ver con claridad su enorme pecho izquierdo, de piel blanca y fina que, no sé por qué inexplicable motivo, tuve el capricho de tocar, primero con las yemas de los dedos y después con la palma entera, y que me puse a buscar sin saberlo la punta del pecho, el pezón, que allí estaba, bajo la enorme combinación color crema, y que me agarré a él casi con toda la mano para volver a tocarlo y frotarlo. Hacía tiempo que se habían acabado las caricias y los no pasa nada, pero yo seguía como hipnotizado por aquel seno que parecía estar despertando de un largo sueño y desperezándose; levanté la vista hasta cruzarla con la de la Lourdes, que yo diría que no tenía expresión alguna, pero sí la boca entreabierta en un gesto que yo no sabía entonces calificar de placentero. Volví a rozarle y acariciarle el pecho mientras sentía en la oreja izquierda un bulto que antes no había notado y, al girarme para ver qué era, comprendí que se trataba del pezón de su seno derecho, que, tal vez por esa pizca de lascivia con la que ya nacemos, deseé besar y empecé, de hecho, a besar y casi mamar por encima del vestido. Esa era la foto: yo en el regazo de doña Lourdes con la mano derecha en su pecho izquierdo mientras intentaba mamar del pezón de la derecha, cuando entró Miro por la puerta y nos encontró así. Le oí gemir mamá y acto seguido me caía al suelo sin hacerme demasiado daño. Me levanté, doña Lourdes jadeaba de una manera que me pareció semejante a la de nuestra Laika sedienta, su vestido tenía un anillo de saliva mío a la altura del pecho derecho y trataba de componerse el peinado. Nada, nada, Chaniño ya está bien y se marcha; venga, venga, despídete de él. Miro y yo hicimos las paces con un corto abrazo y en el umbral de la puerta me quedé esperando el acostumbrado beso de despedida de su madre, que esta vez no llegó: venga, venga, vete, vete. Así que me fui, con el corazón latiendo muy deprisa y la primera erección, creo yo, justificada de mi vida.

Tardé una buena temporada en volver por casa de Miro. A la hora de clasificar mis sentimientos, supongo que lo que sentía era una especie de conciencia del pecado, de faena hecha a espaldas de mamá, de la que Lourdes era cómplice y por ello también culpable. Pero acabé volviendo y la madre de Miro me recibió siempre con la mayor naturalidad del mundo, como si nunca hubiera pasado nada raro entre nosotros y, con el paso de los años, al recordar aquella escena, empecé a dudar si realmente había sucedido o si había sido un sueño mío demasiado intenso y real. La situación duró así, más o menos, hasta que cumplí los diecisiete. Mi cuerpo ya había mudado su primera piel de niño para renacer bajo la forma de un preadulto bastante fuerte y recio que yo aún no había logrado asimilar del todo. Mi amistad con Miro se había sido debilitando con los años; en realidad creo que nunca habíamos sido amigos-amigos: era un crío violento y despótico que yo aguantaba porque no me quedaba otra. Aun así, lo visitaba de vez en cuando al volver del instituto, por los viejos tiempos. Y por su madre.