El traidor del siglo

John Le Carré

Un reportaje extraordinario narrado como las mejores novelas de John le Carré.

En El traidor del siglo, John Le Carré, casi como un simple reportero, trata de explicar las razones que llevaron al general suizo Jean-Louis Jeanmarie a convertirse en traidor y pasar información clasificada a diferentes agentes del servicio de inteligencia soviético durante la guerra fría. Este hecho real, que protagonizó las primeras planas de los periódicos en 1975, le supuso al general una condena a dieciocho años de cárcel por alta traición. La prensa suiza le consideró “El traidor del siglo” y, antes del proceso, el presidente de la Confederación Helvética reclamó para él todo el peso de la justicia. En el transcurso del texto, Le Carré se irá planteando preguntas que no encuentran respuesta en los acontecimientos y levantará una serie de dudas razonables que le llevan a pensar si Jeanmarie no sería nada más que el chivo expiatorio de una traición que oculta a un espía más importante.”De la pluma de Le Carré el lector puede contemplar con fascinación cómo el relato, en su despliegue, va convirtiendo en literatura todo aquello que toca.”El País

—No morí —dice Jeanmaire con orgullo—. Eso querían ellos, pero yo no les hice el favor.

Es de noche. Estamos solos en su pisito de las afueras del este de Berna. Él prepara una fondue de queso para nosotros dos. En un estante de la cocina veo los platos de metal que utilizaba en la cárcel. ¿Por qué los conserva?

—De recuerdo —responde.

En el pequeño recibidor están colgados la daga y el sable que acompañan el uniforme de gala de los oficiales del ejército suizo. Decoran la sala la reproducción de una alabarda medieval y su título de arquitecto fechado en 1934. En una fotografía autógrafa del general Westmoreland, conmemorativa de una visita de buena voluntad hecha a Berna, se lee: «General de las Tropas de la Defensa Aérea», el último destino de Jeanmaire.

—Otros no consiguieron nada, desde luego —dice con malicia, dando a entender que él fue elegido para esta distinción.

Decide que es hora de tomar una copa. Ahora bebe poco, pero con la delectación de siempre.

—Lo tomo con un poco de agua —explica. Con la espalda erguida al estilo prusiano, alza el codo, saca el tapón de la botella de whisky que yo le he traído y escancia con precisión. Añade el agua a su bebida, levantamos los vasos, bebemos mirándonos a los ojos, volvemos a levantarlos y nos apoyamos en la mesa, un tanto incómodos, mientras él saborea el whisky y lo declara aceptable. Luego, se va otra vez, ahora, al fogón, a remover el queso y —como buen instructor militar que es, además de juez— explicarme cómo he de proceder para preparar mi propia fondue.

En el escritorio, en el suelo y contra la pared, se amontonan papeles, carpetas y recortes de prensa, clasificados y marcados para su última campaña.

Es prurito de periodista pretender que la gente no hace mella en ti. Pero yo no soy periodista ni, en esta entrevista, me sitúo en un plano superior. Jean-Louis Jeanmaire me causa una impresión profunda, con visos humorísticos y terribles.

Jeanmaire no está hecho para ser un misterio y, mucho menos, un espía. Ni para ser suizo, porque los sentimientos se le leen en la cara, aunque él procure disimularlos. Sería el peor jugador de póquer del mundo. Tiene la cara ancha y, pese a su aparente agresividad, parece extrañamente vulnerable. Sus cejas de payaso enfadado se alzan, se juntan, se estremecen y se admiran al paso de las emociones. También su cuerpo parece estar en constante pugna consigo mismo, como si al mismo tiempo se adelantara hacia ti y se retrayera. Es bajo y, en tiempos, fue de complexión delicada, pero la lucha ha hecho de él un toro. Sus ademanes, breves y apasionados, parecen más vehementes al estar confinados a un espacio pequeño. Cualquiera que sea la época de su vida que te refiera —su infancia, el ejército, su matrimonio, la audiencia o la cárcel— adviertes en él y, a veces, hasta en ti mismo la necesidad de más espacio, más aire, más distancia.

—¡Yo no tenía acceso a información de máximo secreto! —susurra con un estremecimiento emotivo que su cuerpo apenas consigue contener—. ¿Cómo iba a revelar secretos que desconocía? ¡Lo único que hice fue dar a los rusos briznas de información inofensiva que indicaban que sería peligroso atacar a Suiza! —Experimenta una sacudida de furor—. C’était la dissuasion! —clama. Agita el dedo. Tiene las cejas juntas sobre la nariz—. Mi intención era impedir que esos bolcheviques chiflados del Kremlin lanzaran un ataque contra mi país! ¡Les hice comprender lo caro que les costaría! ¿Qué es la disuasión si no se disuade a la otra parte? ¡Denissenko lo comprendía! ¡Él y yo trabajábamos juntos contra los bolcheviques!

Baja la voz para concluir con más suavidad:

—Yo nunca fui un traidor. Un incauto, quizá. ¡Traidor, nunca!

Sus estados de ánimo varían ininterrumpidamente. No tiene tiempo. Dedica cada uno de los momentos que le quedan a buscar justicia. Domina el gesto y la mímica. Puede ser remilgado, displicente, rijoso; a pesar de sus ochenta años tiene la energía de un hombre de cuarenta. Ahora se te cuadra como un boxeador y, al momento siguiente, no ves sino su espalda de soldado cuando, con los pies juntos, se inclina para encender devotamente las velas de la mesita de la cocina. Las enciende todos los días en memoria de su esposa, dice, la misma esposa a la que nunca reprochó que se acostara con su némesis, el coronel Vassili Denissenko, familiarmente, Deni, agregado militar y oficial del servicio secreto soviético destacado en Berna en los años sesenta, que, sin el menor esfuerzo, reclutó a Jeanmaire como fuente de información.

Apaga el fósforo agitando la mano. Tiene dedos finos de relojero.

—¡Es que Deni era atractivo! —protesta, y sus ojos pálidos de mirada lejana se inundan de amoroso recuerdo quién sabe si de su mujer, de Deni o de los dos—. ¡De ser mujer, también yo me hubiera acostado con él!

Lo dice sin turbación. A pesar de todo lo que le han hecho, Jeanmaire todavía ama: a sus amigos, vivos o muertos, a sus varias mujeres y a sus contactos rusos de antaño. Asusta la facilidad con que aún confía este hombre cuya confianza ha sido defraudada tantas veces. Imposible escucharle y no sentir deseos de protegerlo. ¡Deni era atractivo!, insiste. ¡Deni era culto, simpático, honrado, caballero! ¡Deni era un héroe de Stalingrado, tenía medallas al valor, admiraba el ejército suizo! ¡Deni no era un bolchevique: era un oficial de caballería, un zarista, un militar de la vieja escuela!

Deni, hubiera podido agregar, era también el residente del GRU, el servicio de información militar soviético, pariente pobre de la KGB. Pero a Jeanmaire esto parece tenerle sin cuidado. Él insiste en que la primera vez que supo de la KGB fue cuando catalogaba libros en la biblioteca de la cárcel. Y del GRU estaba más alejado todavía. Él jura que en ningún momento de su carrera militar fue entrenado en ninguno de estos cuerpos.

Y Deni fue leal hasta el fin, repite, golpeando la mesa con su puño pequeño, como el niño que teme no ser escuchado: y el fin fueron doce años de prisión solitaria en una celda de tres metros por dos, después de ciento treinta días de interrogatorios intermitentes, civiles y militares, bajo arresto, seguidos de seis meses de detención en espera de juicio y de un consejo de guerra a puerta cerrada que duró apenas cuatro días. Sus conclusiones siguen siendo secretas.

—Cuando fui arrestado, Deni, desde Moscú, escribió una carta a la Gaceta literaria soviética en la que me describía como el mayor anticomunista que había conocido. La carta fue publicada en la prensa suiza, pero no se hizo mención de ella en mi juicio. Una carta semejante es algo excepcional. Deni me apreciaba mucho.

Esto no es exactamente lo que escribió Denissenko, pero no importa. Él describió a Jeanmaire como un nacionalista y un patriota que, probablemente, era como Denissenko se veía también a sí mismo.

Y el lastimero elogio prosigue. Deni nunca le apremió, nunca trató de sacarle nada que él no quisiera dar. Ergo, ¡Deni era un hombre honrado! No tan honrado como para que Jeanmaire consintiera que le pagara una copa, ni aceptara de él un sobre con dinero, ni le permitiera ver su firma en una carta, pero honrado al fin y al cabo.