En la hierba alta

Stephen King / Joe Hill

Dos hermanos que viajan en coche por la Ruta 73 deciden parar a descansar un rato cuando, de repente, oyen unos gritos de auxilio de un niño perdido entre la hierba alta que crece junto a la carretera.

Cal y Becky DeMuth son dos hermanos que mantienen una relación casi telepática, pues sus vidas han montado en el mismo tándem desde su nacimiento.Cuando Becky se queda embarazada, decide marcharse a San Diego a casa de sus tíos hasta que nazca el bebé. La unión entre los hermanos es tan fuerte que Cal deja sus estudios para acompañarla y cruzar con ella el país en coche. Incluso planean juntos el futuro del niño.Pero la casualidad intercede en el transcurso del viaje. Al mediodía realizan un alto en el camino junto a un campo de hierba altísima: Cal apaga la radio para tener un momento de calma, y Becky abre las ventanillas, sofocada por el calor. De haber sido de otra manera, nunca habrían oído la voz de auxilio de aquel niño atrapado en la espesura.Deciden adentrarse en el campo y tomar sendas distintas para encontrar al niño cuanto antes. Por primera vez en su vida, los hermanos quedarán separados, aunque sea tan solo por unos metros de hierba. Sin embargo, nunca habían estado tan lejos.Una historia terrorífica narrada con la maestría insuperable de Stephen King.

Él quería un rato de silencio en lugar de la radio, así que podría decirse que lo sucedido fue culpa suya. Ella quería un rato de aire fresco en lugar del aire acondicionado, así que podría decirse que fue de ella. Sin embargo, puesto que no habrían oído al niño sin que se dieran ambos factores, en realidad debería decirse que fue una combinación, lo que era muy propio de Cal y Becky, que habían funcionado en equipo durante toda su vida. Cal y Becky DeMuth, nacidos con diecinueve meses de diferencia. Sus padres los llamaban «Casi Gemelos».

«Becky coge el teléfono y Cal pregunta quién es», le gustaba decir al señor DeMuth.

«Cal piensa en dar una fiesta y Becky ya ha escrito la lista de invitados», le gustaba decir a la señora DeMuth.

Los hermanos nunca discutían, ni siquiera el día en que Becky, que por entonces vivía en un colegio mayor y estaba en el primer año de carrera, se presentó en el piso de estudiantes de Cal para contarle que estaba embarazada. Cal se lo tomó bien. ¿Sus padres? La noticia no les entusiasmó demasiado.

El piso de estudiantes de Cal estaba en Durham porque estudiaba en la Universidad de New Hampshire. Cuando dos años más tarde, Becky (que en aquel momento aún no estaba embarazada, aunque eso no significa que fuera virgen) eligió la misma facultad, a nadie le sorprendió en absoluto.

—Por lo menos, así él no tendrá que venir a casa todos los fines de semana para estar con ella —dijo la señora DeMuth.

—A lo mejor ahora estaremos un poco más tranquilos —dijo el señor DeMuth—. Después de veinte años, tanta fraternidad ya empezaba a cansar un poco.

Por supuesto, no lo hacían todo juntos, porque obviamente Cal no era responsable del bombo de su hermana. Y el plan de preguntar al tío Jim y a la tía Anne si podía ir a vivir con ellos una temporada, hasta que naciera el bebé, había sido solo de Becky. A sus padres, que se habían quedado estupefactos y aturdidos por los acontecimientos, les pareció una opción tan razonable como otra cualquiera. Y cuando Cal sugirió que él también podía tomarse el semestre de primavera libre para cruzar el país en coche juntos, el señor y la señora DeMuth no protestaron demasiado. Incluso aceptaron que Cal se quedara con Becky en San Diego hasta que naciera el bebé. Así Calvin podría buscarse algún trabajillo para colaborar con los gastos.

—Embarazada a los diecinueve —dijo la señora DeMuth.

te quedaste embarazada a los diecinueve —replicó el señor DeMuth.

—Sí, pero yo estaba casa-da —señaló la señora DeMuth.

—Y con un tipo estupendo —se sintió obligado a añadir el señor DeMuth.

Ella suspiró.

—Becky elegirá el primer nombre y Cal el segundo.

—O viceversa —dijo el señor DeMuth también con un suspiro de su esposa. (A veces, los matrimonios también se vuelven «Casi Gemelos»).

Un día, poco antes de que los hermanos se marcharan a la costa Oeste, la madre de Becky invitó a comer a su hija en un restaurante.

—¿Estás segura de que quieres dar al bebé en adopción? —le preguntó—. Ya sé que no tengo derecho a preguntártelo porque solo soy tu madre, pero a tu padre le ha entrado la curiosidad.

—Aún no lo sé —dijo Becky—. Cal me ayudará a decidirlo.

—¿Y qué hay del padre, cariño?

Becky puso cara de sorpresa.

—¡Bah!, no tiene ni voz ni voto. Resultó ser un imbécil.

La señora DeMuth suspiró.

Así fue como terminaron en Kansas, un día cálido y primaveral de abril, conduciendo un Mazda de ocho años con matrícula de New Hampshire en cuyos estribos aún quedaban restos de la sal de las carreteras de Nueva Inglaterra. Silencio en vez de la radio, ventanillas abiertas en vez del aire acondicionado. Por eso los dos oyeron la voz. Tenue pero clara.

—¡Socorro! ¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!

Los hermanos se miraron asustados. Cal, que conducía, se detuvo en el arcén de inmediato. La arena repiqueteó contra los bajos del coche.

Antes de salir de Portsmouth habían decidido que no irían por la autopista de peaje. Cal quería ver el dragón Kaskaskia en Vandalia, Illinois, y Becky quería presentar sus respetos al ovillo de cuerda más grande del mundo en Cawker City, Kansas. Tras cumplir ambas misiones, los dos querían pasar por Roswell y visitar alguna de esas chorradas de extraterrestres. Ya se encontraban bastante al sur de la enorme madeja de cuerda, que habían encontrado hirsuta, aromática y, sin duda, más impresionante que lo que esperaban, y ahora conducían por la Ruta 73. Era una carretera asfaltada en dos direcciones y bien conservada, por la que terminarían de cruzar la llanura de Kansas hasta llegar a Colorado. Por delante quedaban kilómetros y kilómetros de carretera sin un solo coche ni camión a la vista. Atrás dejaban lo mismo.

En su lado de la carretera vieron unas pocas casas, una iglesia con tablones en las ventanas llamada La Roca Negra del Redentor (a Becky le pareció un nombre raro para una iglesia, pero al fin y al cabo estaban en Kansas) y una bolera en ruinas que parecía haber cerrado en la época en que los Trammps incendiaron la música pop con su famosa canción «Disco Inferno». Al otro lado de la 73 no había más que hierba verde y alta, que se extendía hasta el horizonte.

—¿Eso ha sido un…? —empezó a decir Becky. Llevaba un chaquetón ligero con la cremallera medio subida hasta el vientre, que empezaba a abultarse. Estaba de seis meses largos.

Él levantó una mano sin mirarla. Observó la hierba.

Chis. ¡Escucha!

Se oía música a lo lejos, procedente de una de las casas. Un perro soltó un triple ladrido (bup-bup-bup) y luego se hizo un silencio. Alguien daba martillazos a una tabla. Además, se oía el apagado murmullo de un viento constante. Becky cayó en la cuenta de que incluso podía ver el viento, que combaba la hierba al otro lado de la carretera. Provocaba unas ondas que recorrían la hierba desde donde estaban ellos hasta perderse en la lejanía.

Justo cuando Cal empezaba a pensar que en realidad no habían oído nada (tampoco sería la primera vez que imaginaban algo al mismo tiempo), se oyó un nuevo grito:

¡Socorro! ¡Ayuda, por favor! —Y luego: —­¡Me he perdido!