¡Es la economía, estúpidos!

Juan Félix Martínez Zapata

¿Cómo hemos llegado a esta profunda crisis?

La crisis económica actual, cuyas proporciones pueden superar a la crisis de 1929, hunde sus raíces en el final de la guerra fría y en el auge de un capitalismo desatado, sin la moderación de las décadas anteriores. La transferencia de poder de los empresarios a los directivos ha propiciado un cambio de cultura que ha consagrado los gobiernos de tecnócratas sin legitimidad democrática como única solución, pero cuando los tecnócratas fracasen, el riesgo del ascenso de movimientos populistas puede conducir a Europa al abismo. En esta revisión al galope de los últimos treinta años recorremos los momentos claves que conducen al desastre actual: la caída del muro de Berlín, la crisis olvidada de 1988, la desregulación financiera de los 90, y en definitiva la complacencia mundial con el capitalismo de ruleta. Un itinerario funesto que ahora toca revertir.

    • La caída del muro de Berlín en 1989 fue el principio del fin del bloque comunista. Eso consolidó las bases de la actual crisis económica y financiera, al permitir al liberalismo acabar con la regulación de la economía.
    • En la esfera internacional supuso la victoria de Occidente sobre la colapsada URSS y consagró el reaganismo como único modelo económico.
    • En Europa permitió la reunificación de Alemania y que ésta virara el foco de sus intereses económicos como nación de la Europa occidental a la central y oriental.
    • Todo lo aprendido en el crash bursátil de 1987 fue de repente olvidado y la tecnología dio lugar a un modelo de globalización sustentado en el capitalismo salvaje, que no está sujeto a regulación alguna.
    • La colonización cultural del nuevo imperio no acabó con la lucha de clases –Warren Buffet, nada sospechoso de marxista, sostiene que la guerra de clases existe y la están ganando los ricos–, pero la desactivó porque acabó con la conciencia de clase obrera; todo el mundo se considera de clase media.
    • La caída del enemigo comunista hizo que cada vez más economistas liberales manifestaran abiertamente que el binomio democracia occidental-capitalismo no era obligatorio. Aún sostienen que la economía crece sin democracia. Primero se presentaron los éxitos económicos de la dictadura de Pinochet en Chile. Hoy el modelo alabado es el régimen autoritario chino. En España, durante los gobiernos de José María Aznar se hablaba abiertamente de que los verdaderos artífices de la transición fueron los responsables del plan de estabilización implantado por el franquismo en 1959.
    • La tecnología, la globalización y los volúmenes de capital que ésta exige han hecho emerger una nueva clase social en detrimento del empresario tradicional: los directivos de las compañías, especialmente de las financieras, cuyo capital está atomizado y no influyen en la decisión de estas empresas, son la nueva élite económica.
    • Como todas las nuevas clases que se alzan con la hegemonía de la influencia económica, los directivos exigen ahora la mayor cuota de poder político al albur de la situación que ellos mismos han creado. Los tecnócratas designados por la Unión Europea para salvar las economías italiana y griega trabajan para ellos.
    • Los tecnócratas designados por el directorio europeo y por los mercados fracasarán en su intento. La prima de riesgo de esos países no descenderá y la economía permanecerá estancada, en el mejor de los casos, o llegará la tan temida gran deflación.
    • Una situación que podría desembocar en movimientos populistas, con todos los riesgos que ello conlleva, si las sociedades occidentales no se dotan de instrumentos para combatir la creciente influencia de los mercados a la hora de decidir sus políticas.

FÉLIX MARTÍNEZ

Lo tenía todo para ser reelegido presidente de Estados Unidos en las elecciones de 1992. En enero de ese año, finalizada la Guerra del Golfo, George H. W. Bush contaba con índices de popularidad que superaban el 90 por ciento. Había «puesto en su sitio» al dictador Sadam Hussein y liberado Kuwait de las tropas iraquíes con la operación Tormenta del Desierto. Pero, más allá de dar estabilidad a Oriente Próximo, Bush padre había heredado el legado de su predecesor, Ronald Reagan, de quien fue vicepresidente durante sus dos mandatos. La madrugada del 9 de noviembre de 1989, el primer año de su administración, y a causa de una concatenación de errores de los jerarcas de la Alemania del Este, miles de berlineses se abalanzaron sobre el muro que dividía su ciudad entre Oriente y Occidente hasta prácticamente derribarlo. Aquella noche quedó como icono del final de la Guerra Fría, aunque el acta de defunción del conflicto no la firmaran hasta el 13 de diciembre de 1990 el propio Bush y el secretario general del PCUS, Mijaíl Gorbachov. Sin embargo, fue incapaz de volver a ganar las elecciones ante el joven gobernador de Arkansas, Bill Clinton, que había ganado las primarias del Partido Demócrata a duras penas y gracias a la ambición y la pericia de su esposa Hillary Rodham. A priori, Clinton no tenía nada que hacer ante Bush. La acción de Gobierno del entonces presidente parecía irreprochable. Además, era un patricio de Nueva Inglaterra, perteneciente a una de las viejas estirpes de Maine que se enfrentaba a un joven aparentemente inexperto, con una legión de antiguas amantes dispuestas a denunciar sus infidelidades matrimoniales, y procedente de un hogar desestructurado. Eso sí, las cámaras le adoraban, poseía un carisma innato del que Bush, un político profesional que había formado parte de sucesivas administraciones republicanas desde la de Richard Nixon (incluso fue director de la CIA con Ford), carecía.

George H. W. Bush decidió ignorar algunas de las principales virtudes de su adversario. El reducido equipo de campaña de Clinton tenía mucho talento y aplicó la vieja máxima de la política norteamericana de que la primera presidencia es para lograr la relección y la segunda para pasar a la Historia. En ese sentido Bush ya estaba amortizado. Además, todos sus grandes logros se circunscribían a la política exterior, mientras que la población norteamericana pasaba por momentos delicados.

Bush parecía no comprender la desafección de la sociedad por la política después de tres administraciones republicanas, y no era consciente de las consecuencias de aquellos doce años para los estadounidenses. En aquella época la política económica la marcaba la página editorial del Wall Street Journal denominada «política de la oferta», que consistía en un principio muy simple: reducción de la estructura del Estado federal con la consiguiente reducción de impuestos para las clases más altas. Según ese principio, empresas y empresarios, al tener una presión fiscal significativamente inferior, podrían destinar más recursos a la inversión y así generar suficiente riqueza para toda la sociedad. La multiplicación de los beneficios empresariales haría que los ingresos del Estado apenas se redujeran e incluso crecieran. Reagan no fue el único gran abanderado de la «política de la oferta». Su gran aliada fue Margaret Thatcher, quien también incluyó una desbocada política de privatizaciones. Los resultados tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido son de sobra conocidos: cifras de paro sin precedentes en ambos países y un incremento brutal de la brecha entre pobres y ricos hasta el punto de que en las dos orillas del Atlántico las clases medias casi desaparecieron. Además, las clases beneficiadas por la reducción fiscal no sólo no invirtieron lo que dejaron de abonar al Estado sino que no generaron riqueza más que para un 1 por ciento de la población. De modo que ambas economías vieron cómo, en contra de sus postulados, a pesar de recortar cuanto pudieron los servicios públicos, el déficit público se incrementaba.