Estamos vivos

David Remnick

El fascinante perfil de The Boss Bruce Springsteen realizado por David Remnick.

Una noche de 1957, un niño llamado Bruce Springsteen se quedó embobado viendo a Elvis Prestley en la televisión y le confesó a su madre que así quería ser de mayor. Más de medio siglo más tarde, The Boss se ha convertido en una de las leyendas más sólidas del rock, llenando estadios en medio mundo y extendiendo la tradición alternativa del rock como una forma del progresismo político, en sus palabras “una forma de denunciar la distancia entre la retórica y la realidad de EEUU”. David Remnick, una leyenda del periodismo estadounidense, acompañó a Springsteen en los ensayos y parte de la gira mundial que emprendió en 2012. “Estamos vivos” es el fascinante retrato del artista maduro, una obra maestras del periodismo narrativo.

Hace casi medio siglo, cuando Elvis Presley estaba rodando A lo loco (Harum Scarum) y Help! estaba en las listas, un melancólico paleto obsesionado por su padre pero increíblemente carismático llamado Bruce Springsteen se estaba ganando una pequeña reputación en la zona central de Nueva Jersey como guitarrista de una banda llamada The Castiles. El nombre de la banda era el de la marca de jabón favorita de su cantante. Sus miembros eran de Freehold, una población industrial a media hora en coche del mar y las ferias de la costa. Los Castiles actuaban en bailes para quinceañeros y fiestas del club de los Elks, en autocines e inauguraciones de tiendas ShopRite, en un aparcamiento de caravanas de Farmingdale y en la pista de patinaje de Matawan-Keyport. Una vez tocaron para los pacientes de un hospital psiquiátrico de Marlboro. Un caballero con traje salió al escenario y, en un discurso de presentación que duró unos veinte minutos, afirmó que los Castiles eran «más grandes que los Beatles». Por fin, un médico intervino y lo llevó de vuelta a su habitación.

Una tarde de primavera de 1966, los Castiles, soñando con un triunfo rápido, entraron en un estudio de la galería comercial Brick y grabaron dos canciones originales, «Baby I» y «That’s What You Get». Pero sobre todo tocaban versiones, desde «In the Mood» de Glenn Miller hasta «I Understand» de los G-Clefs. Interpretaban piezas de Sonny and Cher, Sam and Dave, Don & Juan, los Who, los Kinks, los Stones, los Animals…

Muchos músicos en su canosa madurez tienen recuerdos inciertos de sus primeros días en el escenario. (No son pocos los que tienen recuerdos inciertos de la semana anterior.) Pero Springsteen, que tiene sesenta y dos años y es uno de los músicos más duraderos desde B. B. King y Om Kalthoum, parece recordar todas las noches de marcha desde el momento, en 1957, en que él y su madre vieron a Elvis en el programa de Ed Sullivan —«La miré y dije: “Yo quiero ser eso mismo”»— hasta sus más recientes actividades como estrella del rock multimillonaria y populista que se da baños de masas. Ahora es objeto de exposiciones históricas: en el Museo del Salón de la Fama del Rock and Roll de Cleveland y en el National Constitution Center de Filadelfia, los papeles con sus letras, sus viejos coches y sus descoloridas ropas de escena se han expuesto como si fueran recortes de la Sábana Santa. Pero a diferencia de los Rolling Stones, por ejemplo, que no han escrito una gran canción desde la época disco y solo se reúnen para seguir forrándose como su propia banda de versiones, Springsteen se niega a ser un administrador mercenario de su pasado. Sigue evolucionando como artista, llenando un cuaderno tras otro con ideas, citas, preguntas, recortes y, en último término, nuevas canciones. Su último álbum, Wrecking Ball, es una denuncia melódica de la actual recesión económica, de la desigualdad de ingresos, de los trabajadores empobrecidos y de lo que él llama «la distancia entre la realidad americana y el sueño americano». El trabajo está muy lejos de sus primeras operetas sobre húmedos interludios veraniegos y desenfreno en autopistas de peaje. En su deseo de ampliar la contratradición del progresismo político, Springsteen incluye citas de canciones de rebelión irlandesas, baladas de la Depresión, composiciones de la guerra civil norteamericana y cantos de presos.

A principios de este año, Springsteen estaba dirigiendo los ensayos para una gira mundial en Fort Monmouth, una base militar que se cerró el año pasado; había sido un centro de comunicaciones e inteligencia militar desde la Primera Guerra Mundial, y allí trabajaron Julius Rosenberg y miles de palomas mensajeras militarizadas. La propiedad, de cuatrocientas ochenta y cinco hectáreas, es ahora un pueblo fantasma, habitado solo por muñecos de acero que pretenden ahuyentar a los ubicuos gansos canadienses que dejan caer una capa verdosa sobre el centro de Jersey. Tras conducir hasta el extremo más alejado de la base, llegué a un destartalado teatro que Springsteen y Jon Landau, su manager desde hace muchos años, habían alquilado para los ensayos. Cuarenta y siete años atrás, Springsteen había actuado para los hijos de los oficiales en el «club juvenil» de Fort Monmouth (bailes sin alcohol) con los Castiles.

El ambiente en el interior era animoso pero relajado. Los músicos estaban de pie en el escenario, tonteando con sus instrumentos con el aire lánguido de jugadores de béisbol haciendo calentamientos al sol. Max Weinberg, el volcánico batería de la banda, llevaba unos vaqueros anchos como los que usan los padres en las barbacoas de fin de semana. Steve Van Zandt, amigo de la infancia y mano derecha de Springsteen, tiene unos horarios infernales como actor y pinchadiscos, y parecía cansado, con los ojos caídos bajo el pañuelo pirata de color morado que llevaba en la cabeza. El bajista Garry Tallent, el organista Charlie Giordano y el pianista Roy Bittan hacían el tonto con una melodía de pista de patinaje mientras esperaban. El guitarrista Nils Lofgren estaba al teléfono, intentando informarse de los vuelos para volver a su casa de Scottsdale a pasar el fin de semana.

Springsteen llegó y saludó a todos con un lacónico «hola» y su característica risita. Mide 1,75 y anda con un balanceo de jinete de rodeo. Cuando se encuentra con algo nuevo —un visitante, una idea, un coche que pasa en la lejanía—, los ojos se le estrechan, como si les diera una fuerte luz, y la mandíbula inferior se le adelanta un poco. La línea del pelo va retrocediendo y se adivina que, con el paso de los años y enfrentado al escrutinio en alta definición y a la lucha contra el tiempo, ha disfrutado de las costosas atenciones de especialistas en cosmética y dentición. Sigue siendo insultantemente atractivo y estando asombrosamente en forma. («Tiene casi la misma talla de cintura que cuando le conocí, cuando teníamos quince años», dijo Steve Van Zandt, que no se conserva igual.) Parte de ello tiene que ver con sus costumbres abstemias. Van Zandt aseguró que Springsteen es «el único tío que he conocido, absolutamente el único, que nunca ha tomado drogas». Ha seguido más o menos el mismo régimen de ejercicios durante treinta años; corre en una cinta y hace pesas con un entrenador. Y le ha dado resultado; su tono muscular es similar al de una pelota de tenis nueva. Sin embargo, cuando falta un mes para la gira, se ríe de la idea de que está preparado. «No lo estoy ni de lejos», dijo, dejándose caer en un asiento a veinte filas del escenario.