Europa cabe en una aldea china

Ángel Villarino

La historia de los orígenes de los chinos que viven en España.

Alrededor del setenta por ciento de los chinos que viven en España proceden de un mismo condado: Quingtian, una región montañosa situada en una de las provincias orientales al sur de Shanghái. En algunas décadas este pequeño condado se ha convertido en uno de los lugares más prósperos de China gracias a las inversiones de sus emigrantes, que envían dinero desde España o lo traen consigo al regresar a su tierra natal. Ángel Villarino habla con las gentes de Quingtian y nos cuenta las historias familiares de los emigrantes chinos que encontramos detrás de los mostradores de bazares, peluquerías, restaurantes y otros negocios que han proliferado a lo largo y ancho de la geografía española.

Los recuerdos de la señora Chen Fenghua se remontan a pocos días después de la muerte de su madre. Se ve a sí misma en la aldea, despidiéndose de sus tres hermanas pequeñas, una por una. La primera, apenas un bebé, es dada en adopción a una familia de la que nunca más volverá a oír hablar. La segunda, la más bonita, se marcha con un comerciante, un hombre de recursos comprometido a casarse con ella y darle un techo en calidad de «novia infante», una figura propia de la antigua China. A la tercera no hay más remedio que abandonarla en un orfanato. Con la distancia de los años, Chen Fenghua cree que su padre hizo lo correcto. La tradición oriental considera a las niñas una carga improductiva, una boca que alimentar y una dote que sufragar. Criar a cuatro en solitario era más de lo que cualquier hombre podría haber soportado. El abandono, además, resultaba perfectamente legítimo: según una vieja costumbre, si la esposa fallece, el marido puede deshacerse de todas las niñas menores de cinco años a su cargo. Chen Fenghua era la mayor, había cumplido ya seis, de modo que pudo quedarse en la casa familiar, prácticamente vacía. La tranquilidad duró poco. Japón se había lanzado a la conquista de China y las tropas invasoras se acercaban al condado. Quienes podían permitírselo escapaban al interior del país. Pero su familia, muy pobre y aún aturdida por la pérdida, seguía en la casa familiar cuando empezaron a retumbar en la noche las botas de los soldados del Sol Naciente. Abrazada a las mujeres que quedaban en la aldea, la pequeña de los Cheng contenía la respiración al otro lado de la puerta, esperando a que una patada la tirase abajo. Las vecinas llevaban días hablando de lo que estaba a punto de ocurrir: los diablos japoneses las violarían, las matarían y las quemarían a todas.

Pero eso nunca llegó a ocurrir. Han pasado más de setenta años desde entonces y la anciana accede a reconstruir su vida sin terminar de entender por qué puede interesarle a un extranjero. Al fin y al cabo, no tiene nada de especial. Fue como la de otras tantas mujeres de Qingtian, doblegadas por la miseria, el hambre y los excesos políticos. Durante su infancia, de la aldea se llegaba a la ciudad andando en viajes que duraban días enteros y de los que mareado de cansancio. Los zapatos eran de trapo, la ropa se hilaba a mano y nunca bastaba para combatir el frío. Durante semanas no se comía otra cosa que una sopa aguada, enriquecida a base de boniatos secos. La anciana mantiene en su despensa los ingredientes necesarios para preparar el caldo. Ahora que todo el mundo puede comer arroz diariamente y carne a menudo, los boniatos se han convertido en una receta para purificar las tripas. Chen Fenghua los cocina de vez en cuando a petición de sus hijos y sus nietas. En un cuenco de porcelana sirve el caldo humeante y nos lo hace probar con una mueca divertida. Ella no come. Preferiría prescindir de los boniatos, dice, durante el resto de su vida.

Los fogones en los que prepara la cena están cubiertos por una espesa capa de grasa y hollín. A falta de una campana, el humo de los platos salteados en el wok se escapa por una de las grietas de la pared. No hace demasiado frío, pero cala los huesos y agrava los problemas de reuma de la señora Chen Fenghua. Las paredes pierden trozos de cal y la humedad dibuja manchas negras en las que ha agarrado el musgo. Las puertas, desvencijadas y con los tablones arpados, encajan penosamente en sus vanos. A la anciana, que solo ha conocido tiempos peores, la vivienda le resulta más que digna. En general, y a excepción de algún disgusto que le dan sus hijos, se considera satisfecha con su vida. Su espalda soporta bien las cargas cotidianas, aliviadas por comodidades modernas como el agua corriente, las estufas eléctricas y, sobre todo, por el dinero que le envían desde Europa. Y aunque su marido murió hace diez años, no se siente sola, ya que por la casa pasan periódicamente hijos, nietos y otros parientes de visita. Siempre que vienen, los huéspedes se sientan en las sillas de madera de la cocina y esperan impacientes a que Chen Fenghua se afana sobre las sartenes. El congelador contiene una reserva de raviolis, pasta de judías y varias salsas, por si acaso. Su progenie, repartida por el mundo, acostumbra a anunciar sus visitas a casa con poca antelación y la anciana tiene dificultades para recordar todos los viajes y negocios de sus hijos. El menor de ellos vive en España, su hija en Polonia, su yerno en Francia, mientras que los nietos están repartidos por todos lados, incluso en Brasil e Italia. El árbol genealógico, que tardamos casi una hora en plasmar en una hoja de cuaderno, parece el organigrama de una empresa globalizada.

El lugar del que se marcharon los hijos de Chen Fenghua, el condado de Qingtian, ocupa una zona montañosa cubierta por la niebla y surcada por cientos de ríos y arroyos, en la provincia oriental de Zhejiang, al sur de Shanghái. A lo largo de los siglos las aldeas han ido brotando aquí como lo hace la hierba entre las grietas del asfalto de una vieja carretera: aprovechando cada espacio de terreno edificable, a menudo apretadas entre ríos, montes verdes y terrazas que sostienen huertos inverosímiles, algunos de apenas un metro de ancho. Gran parte de los trescientos cincuenta mil habitantes del condado están dispersados por las montañas, y a menudo las construcciones se levantan sobre riscos. La escasez de zonas fértiles y las incontrolables riadas que arruinan las cosechas han forjado el carácter de gentes acostumbradas a las hambrunas y a otras desgracias que durante siglos les han obligado a huir y a buscarse el sustento en otras latitudes. Como en todo el este de China, la superpoblación fuerza a aprovechar cada centímetro de tierra para el asentamiento o el cultivo. El resultado es una maraña de carreteras sinuosas por las que se accede a decenas de pueblos idénticos, separados unos de otros por apenas unos metros. La anciana nos acompaña en un pequeño autobús por uno de estos caminos asfaltados hasta llegar a la casa de su consuegro, Shu Tingzhu. El último tramo lo cubrimos a pie por un puente de cemento y dándole la espalda a un pequeño complejo industrial que surge sobre un arrozal abandonado. Los vecinos aseguran que el paraje se ha transformado por completo en cuestión de quince años. Ya no es necesario cruzar el río a nado, o flotando sobre un tronco o un neumático, como antes. Otros cambios no son tan positivos. Por ejemplo, ha dejado de ser seguro utilizar el agua para lavarse, beber o cocinar. Unos espumarajos verdes burbujean ahora en los rápidos y muchas madres incluso han prohibido a sus hijos bañarse en el río. El anciano Tingzhu lo contempla con desprecio.

Está sucio y además las fábricas se han parado porque tuvieron problemas. Producían ropa y zapatos, pero no sé mucho más porque no trabaja mucha gente de la zona. Creo que los obreros vienen de fuera. Aquí los jóvenes prefieren irse al extranjero porque se gana más dinero.