Europa, Europa

Dídac Gutiérrez Peris

La mejor explicación de los nuevos poderes del parlamento europeo y la importancia de las elecciones.

¿Son las elecciones europeas una pérdida de tiempo y la UE una maquinaria no democrática? Esa es una idea bastante extendida, pero este ameno resumen de los intentos por democratizar las instituciones europeas y su culminación en la última reforma que concede grandes poderes al Parlamento Europeo la desmiente. Son las segundas elecciones con mayor participación del mundo, tras la India y por delante de Estados Unidos, y eligen un Parlamento con capacidad de intervenir en todos los asuntos relevantes de los países miembros. Una explicación necesaria en vísperas de unas elecciones decisivas.

«La UE es un purgatorio que gestiona nuestra decadencia.»
LUUK VAN MIDDELAAR

Jean Monnet dejó escrito en sus memorias que cuando «llega el momento, todo es simple, porque la necesidad no deja lugar para la duda». La historia de la Unión Europea le ha dado la razón, aunque solo en la segunda parte. Nada ha parecido simple, ni rápido.

Las elecciones al Parlamento Europeo del 25 de mayo de 2014 marcan un episodio significativo en la evolución de la política europea. Son relevantes no tanto por la campaña, los candidatos o el resultado final, sino por lo que representan. Son la punta visible de una idea que lleva fraguándose desde 2005. Son el final y al mismo tiempo el inicio de una nueva etapa en relación con la lectura académica y política que se hace de la integración europea.

Extrañamente la metáfora podría ser la del volcán submarino. Una montaña que crece en las profundidades del mar, con la mística de aquello que no se ve, pero que se intuye. La idea de ensanchamiento, de evolución y de camino recorrido hasta la «superficie», lo que la lengua inglesa acuña de forma casi intraducible como political salience, la prominencia política. Esa ascensión es el hilo conductor de las páginas que siguen.

La discusión obstinada sobre la irrelevancia de la Eurocámara, unido a la incapacidad de europeizar las cifras de las elecciones europeas, han empequeñecido lo que de otra forma serían las segundas elecciones democráticas con más votantes en el mundo, por detrás de la India, y justo por delante de Estados Unidos. El cuerpo electoral europeo lo conforman aproximadamente trescientos ochenta millones de electores, frente a doscientos trece millones en Estados Unidos y setecientos treinta y ocho millones en la India. En número de votos emitidos, unos ciento sesenta y un millones de europeos votaron en las últimas elecciones (un 43 por ciento de participación), mientras que en las últimas elecciones presidenciales estadounidenses votaron ciento veintiún millones de ciudadanos (con un 57 por ciento de participación): ¡cuarenta millones más! Son cifras que permiten relativizar la «irrelevancia» de un ejercicio democrático como este. Pero sobre todo son cifras que ponen de manifiesto la diferencia apreciativa con la que se perciben estas elecciones.

En este sentido, la tarea es escudriñar la filosofía política de la que está embebida la Unión Europea. Una filosofía que ha hecho de la indefinición su mejor guarida. Un leitmotiv que ante la imposibilidad de acometer el salto federal que anunció Robert Schuman en 1950, ha buscado existir y evolucionar en los silencios, en aquello que no está escrito. Vivir en las grietas, como decía Paul Mason refiriéndose a la falta de porvenir de los jóvenes en el continente. Un método poblado de pulsos en la sombra y favores no confesables. Un camino largo de varios años que emerge como la antesala de estas elecciones europeas.

 

1. El limbo

La reinvención como método

18 de abril de 1951, día de la firma del tratado que instituye la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Rodeados del mobiliario imperial francés en el Salón del Reloj se dan cita, además del anfitrión Robert Schuman, los representantes de cinco estados más: el alemán Adenauer, el italiano Carlo Sforza, el belga Van Zeeland, el luxemburgués Joseph Bech y el holandés Dirk Stikker. Es la misma sala donde el 9 de mayo del año anterior Schuman puso la primera piedra del proyecto europeo con la declaración que lleva su nombre.

Van Middelaar explica cómo hasta bien entrada la madrugada anterior han estado discutiendo los mil detalles de una iniciativa política pionera en el continente. Son tantos los puntos debatidos, que en el momento solemne el texto no está listo. Schuman y los demás optarán por una solución simple, fiarse de lo acordado a altas horas de la madrugada, y firmar un papel en blanco. Así nace la Comunidad. Con un folio vacío y seis firmas.

La idea de «hoja en blanco» choca con los estudios que tradicionalmente analizan los procesos constituyentes. La ratificación de un texto escrito, en la amplia gama de «Constituciones» posibles, sigue representando, en la gran mayoría de democracias occidentales, el momento fundacional, el certificado de nacimiento, del ente político que cobra vida. Es como si lo uno no pudiera entenderse sin lo otro. El concepto de Leviatán de Hobbes parece cojo sin los hábeas corpus históricos; el Estado de derecho de Montesquieu o el contrato social de Rousseau se nutren de la declaración de los derechos humanos de 1789, de la Constitución estadounidense y de la Bill of Rights inglesa.

Es difícil definir la Unión Europea siguiendo esa lógica. Ni la desmiente, ni la confirma. El derecho primario de la Unión (los tratados) tiene algunos rasgos de las constituciones más rígidas (por ejemplo el requisito de la unanimidad de todos sus miembros para su revisión), pero nunca han llegado a irradiar el aura de las constituciones nacionales. La estructura política europea se ha definido más bien por su crecimiento exponencial e imprevisible, dejando entrever una personalidad porosa y modificable. La indefinición como método. Las fronteras del proyecto las ha marcado la lógica política del momento. El acuerdo como un permanente proceso constituyente, un lugar para la creatividad política, y también para la dictadura del veto.

La evolución de la Unión es el resultado de este paradigma. Desde el ambicioso (y fallido) intento de crear una Comunidad Europea de Defensa en 1954, hasta la impulsión definitiva hacia una moneda común con la llegada de un nuevo presidente francés en la década de 1980. Aunque es necesario aportar dos matices para entender el momento en que se encuentra Europa. Matices que personifican los dos hermanos menores con los que a duras penas ha convivido hasta hoy: el papel de los Estados y el reto de la democracia directa. O en otras palabras, la crisis de la silla vacía que inició el general De Gaulle el 28 de junio de 1965, y la victoria del «no» en el referéndum que se celebró en Francia el 29 de mayo de 2005 sobre la «Constitución Europea». Cuarenta años exactos separan esas dos verdades incómodas.