Extracción (e-original)

Douglas Preston / Lincoln Child

Un relato escalofriante que descubre muchos secretos de la relación entre los hermanos Pendergast.

A los nueve años, Aloysius Pendergast ya se consideraba prácticamente un adulto y superior en todos los aspectos a su hermano Diógenes, de seis. Los hermanos se encuentran en la gran casa familiar de Nueva Orleans bajo la custodia de su tío Everett.Cuando a los niños del barrio se les cae un diente, deben entregárselo a un viejo siniestro que habita en una mansión destartalada en una noche de luna llena. Si no lo hacen, las consecuencias pueden ser terribles, ya que el anciano les buscará para exigir su pago.Aloysius, sin embargo, considera esta creencia infantil y risible, y decide demostrárselo a Diógenes y desafiarlos a todos. No obstante, el hermano mayor descubrirá que hay otro mundo donde la lógica y la razón pierden su fuerza, y rigen leyes totalmente diferentes.

Tres personas ocupaban la vasta penumbra de la biblioteca de la mansión que se erguía, altiva y solitaria, en el 891 de Riverside Drive, Nueva York. Dos de ellas se hallaban sentadas en sendos sillones frente a las llamas de la chimenea. Una de ellas, el agente especial A.X.L. Pendergast, ojeaba con desgana un catálogo de vinos de Burdeos en primeur. Enfrente de él, su pupila Constance estaba absorta en la lectura de un tratado cuyo título era La trepanación medieval: instrumentos y técnicas.

El tercer ocupante de la sala no estaba sentado, sino que iba de un lado a otro con irritación. Se trataba de un personaje extraño y cómico: bajo de estatura, vestía chaqué y llevaba al cuello, en cadenas de plata, todo tipo de viejos amuletos y reliquias que tintineaban al ritmo de sus movimientos. Apuntalaba sus andares con un bastón grueso cuya empuñadura labrada representaba una sonriente calavera. De vez en cuando se oía en forma de gruñido la vacua protesta de su estómago. Era monsieur Bertin, profesor de Pendergast cuando era niño de ciencias naturales, zoología y otras materias más raras. Había ido a Nueva York para visitar a su antiguo pupilo.

—¡Esto es un escándalo! —dijo a voces por la biblioteca—. Fou, très fou! ¡En Nueva Orleans hace horas que habría terminado de cenar! Mirad… ¡prácticamente es medianoche!

—Todavía no son las ocho y media, maître —dijo Pendergast con una leve sonrisa.

En la puerta de la biblioteca apareció una silueta. Pendergast alzó la vista.

—Dígame, señora Trask.

—Es la cocinera —contestó el ama de llaves—. Me ha pedido que le diga que la cena se retrasará media hora.

Bertin manifestó su indignación.

—Lo siento —añadió la señora Trask—, pero ha hervido demasiado la pasta y tiene que volver a hacerla.

—Dígale que no se preocupe —repuso Pendergast—. No tenemos prisa.

La señora Trask asintió con un leve movimiento de cabeza, dio media vuelta y se marchó.

—¡No tenemos prisa! —dijo Bertin—. Habla por ti. Aquí estoy, invitado en tu casa y hambriento como un prisionero en la Bastilla… A partir de esta noche mi digestión ya no volverá a ser la misma.

—Créame, maître, la espera lo merece. Los tagliatelle al tartufo bianco son un plato muy sencillo pero muy delicado. —Pendergast hizo una pausa, como si ya paladease la cena mentalmente—. Se hace con finas láminas de las mejores trufas blancas frescas, mantequilla y tagliatelle. Por supuesto, la cocinera utiliza trufas piamontesas, de Alba. Son las mejores del mundo. Al peso cuestan casi tanto como el oro.

—¡Bah! —dijo Bertin—. Nunca entenderé esta fascinación yanqui por la pasta poco hecha.

Constance habló por vez primera.

—No es ninguna fascinación yanqui. Los propios italianos prefieren la pasta firme, al dente…, al diente.

Esa explicación pareció enfadar aún más a Bertin.

—Pues a mí los espaguetis me gustan blandos, igual que el arroz, y que la sémola. Vaya, que soy un filisteo, oui? Al dente… ¡Bah! —Se giró hacia Constance—. Pregúntale a tu tutor por los dents. Es una buena anécdota para matar el rato mientras uno se muere de hambre.

Se marchó enfurruñado; el sonido de su bastón se fue apagando a medida que golpeaba el suelo del recibidor, al otro lado de la puerta.

Por un momento en la biblioteca reinó el silencio. Constance miró a Pendergast. Tenía los ojos fijos en la puerta por la que Bertin acababa de salir. Luego el agente se giró hacia Constance.

—Este Bertin es desde luego un tipo voraz. No le hagas caso. Te aseguro que para el segundo plato habrá recuperado el buen humor.

—¿A qué se refería con lo de la anécdota sobre los dents? —preguntó Constance.

Pendergast titubeó.

—No te gustaría oírla. Estoy seguro. No es agradable. Además… sale mi hermano.

Por el rostro de Constance pasó fugazmente una expresión inescrutable.

—Eso no hace sino acrecentar mi interés.

Pendergast permaneció largo rato en silencio. Tenía la mirada distante. Constance no dijo nada; esperó pacientemente. Por fin, Pendergast respiró hondo y empezó.

—¿Sabes eso del hada de los dientes que les cuentan a los niños?

—Por supuesto. A mí, de niña, mis padres me ponían un penique debajo de la almohada a cambio de un diente; cuando tenían alguna moneda, claro.

—Eso es. En el Barrio Francés de Nueva Orleans, donde pasé gran parte de mi infancia, teníamos la misma y entrañable leyenda. Pero también había otra leyenda adicional, o acaso paralela.

—¿Paralela?

—Unos cuantos niños de nuestro barrio creían en la fantasía que acabas de explicar, la típica. Pero la mayoría de ellos creían en algo muy distinto: el hada de los dientes no era un ser efímero, protagonista de visitas nocturnas, no, el hada de los dientes del Barrio Francés vivía cerca, justo a la vuelta de la esquina, y era ni más ni menos una persona a la que llamábamos «el viejo Dufour».

—Dufour… Apellido francés, «del horno». Creo que su equivalente en inglés sería Baker.

—Su nombre completo era Maurus Dufour. Era un anciano de edad indefinida que vivía a pocas manzanas, en una vetusta mansión de Montegut Street. Es probable que llevara cincuenta años sin salir de casa. No tengo la menor idea de cómo se las arreglaba para alimentarse. A veces, de pequeños, cuando era de noche, veíamos moverse su sombra jorobada a través de las ventanas poco iluminadas de su domicilio. Como es natural, los niños del barrio contaban toda clase de extravagancias y de historias de terror acerca de él: era un asesino que mataba con un hacha, comía carne humana, torturaba a animales pequeños… De noche, a veces, los niños mayores y más golfos del barrio se acercaban a su casa, arrojaban alguna que otra piedra a las ventanas y se marchaban corriendo. Su valor no les daba para más. Nadie se habría atrevido a llamar al timbre, por decir algo. —Pendergast hizo una pausa—. Era una de esas casas viejas al estilo criollo pero con buhardilla y miradores. Daba miedo verla: casi todas las ventanas estaban rotas, había tejas sueltas, el porche parecía a punto de caerse, el jardín delantero estaba cubierto de maleza y de palmitos medio muertos…

Constance se inclinó hacia delante con expresión de creciente interés.

—Nadie sabe cómo nació esta leyenda sobre el hada de los dientes. Lo único que puedo decirte es que existía desde donde alcanza nuestra memoria de niños. Y dado que Dufour no salía de casa e inspiraba pánico, difícilmente se le podía preguntar por sus orígenes ni por lo que pensaba de tan absurda idea… Ya sabes cómo son estas cosas, Constance: de vez en cuando, entre los niños, surge una leyenda que adquiere vida propia y se transmite de generación en generación. Y eso es especialmente cierto en un lugar como el Barrio Francés…