Falstaff y Hamlet

Gonzalo Torné

Un fascinante ensayo sobre dos personajes fundamentales de Shakespeare que no terminan de encajar en su contexto.

Hay una clase de personajes que tienen una función narrativa distinta a la del resto: no tienen carne ni sangre, están hechos de palabras como el resto de personajes, pero parecen pertenecer a otro plano de realidad: saben muchas cosas y actúan como un motivador contratado para dinamizar la obra. El lector reconoce en su perfil desdibujado que tienen un pie fuera (por enfermedad, por mayor experiencia, por pertenecer a un rango social inferior) del escenario común donde actúan el resto de figuras: su función narrativa consiste en propiciar la acción, en comentarla, en actuar como directores de escena vicarios. En este audaz ensayo Gonzalo Torné, tan brillante novelista y perspicaz crítico propone una lectura de Shakespeare en la que Falstaff y Hamlet inauguran esa estirpe, que más tarde recogerán autores como Henry James, Iris Murdoch o John Coetzee.

No deja de tener cierta convocar a los presentes para hablar de Hamlet y Enrique IV sin que medie un aniversario ni se vaya a revelar una prueba inequívoca sobre la autoría de Marlowe, Stanley o el pobre Edward de Vere que desplace de una vez a ese insistente de Shakespeare. Se ha dicho ya tanto después de cuatrocientos años que en lugar de presión uno se siente liberado. Hay que tener muchísimo cuidado con las obras recientes: por meritorias que sean, su valor sigue inestable, y una interpretación errónea puede alejarla de los lectores entre los que podría prosperar. Cuando se trata de Hamlet podemos estar seguros de que por mucho que metamos la pata la fama de Shakespeare (ni la de Stanley) no va a resentirse. Así que espero que no resulte del todo impertinente si en algún momento me dejo arrastrar por la especulación libre. Porque, vamos a ver, qué ocurrencia es esa de un «error de casting», ¿acaso supone el personaje un «problema» dentro de la propia obra? ¡Pero si su nombre le da el título!

Antes de empezar a responder propongo que demos un salto en el tiempo y cambiemos de género para fijarnos en una clase de personajes novelescos que pese a formar parte del elenco de la obra tienen una función narrativa distinta a la del resto. Un caso reciente y conocido sería el de Elizabeth Costello, la escritora sudafricana que Coetzee emplea en Hombre lento como un acicate para el protagonista, Paul Rayment, cuando la acción amenaza con decaer. Costello no tiene carne ni sangre, está hecha de palabras como el resto de los personajes, pero parece pertenecer a otro plano de realidad: sabe muchas cosas sobre el futuro de Paul Rayment, y actúa como un motivador contratado para dinamizar la obra. Encontramos «antepasados» de Costello en varias novelas importantes de James: el primo Ralph en Retrato de una dama, María Gostrey en Los embajadores, y el matrimonio Assingham en La copa dorada. James se cuida mucho de salirse de la verosimilitud, se impone trazar a estos personajes con una mano más sutil, sin confrontarlos con el resto, pero de manera que el lector reconozca en su perfil desdibujado que tienen un pie fuera (por enfermedad, por mayor experiencia, por pertenecer a un rango social inferior) del escenario común donde actúan el resto de figuras: su función narrativa consiste en propiciar la acción, en comentarla, en actuar como directores de escena vicarios.

Esta clase de personaje «propiciador» es distinto del deus ex machina y de la irrupción del propio autor en la narración (que James consideraba un chapucero truco de feria). Aquí no se trata de un agente externo invocado para resolver un nudo dramático: como las células cardíacas que impulsan el corazón estos personajes están entreverados en el mismo tejido; si los arrancamos de la obra nos quedamos sin obra. El Shakespeare maduro recurrirá a personajes parecidos a Costello o al primo Ralph; basta pensar en Yago o en Próspero, que además de declamar los parlamentos que les tocan, manejan sus obras de una manera que ningún dramaturgo se había permitido antes.

Veamos ahora cómo se le ocurrió a Shakespeare escribir sobre esta clase de personajes (o sus precursores). Da un poco de apuro insinuar que en 1596, en el momento de escribir Enrique IV, aún no estaba maduro como escritor, pero basta repasar la cronología para comprobar que todavía no había escrito ninguna tragedia de mérito. Shakespeare nunca se detuvo demasiado tiempo en una obra y nunca dejó de evolucionar; de alguna manera agrupó sus retos estéticos en bloques, para no volver a ellos una vez resueltos. Entre 1595 y 1601, Shakespeare descubrió las posibilidades dramáticas de escribir sobre personajes que no están cómodos en la obra que les contiene. No me cuesta nada imaginar el placer de Shakespeare cuando descubrió, mientras saqueaba en busca de argumentos las crónicas de Hollinshed, que bajo su corona Ricardo II era un poeta lírico rodeado de Bolinbrokes, para quienes todas las horas eran horas de lobo. Quede claro de antemano que no me refiero al personaje cómico al que se le hace sitio en la pieza dramática para que suelte su chiste antes de que la obra reprenda su marcha, una suerte de interludio pautado, como las fechas de carnaval, que no provoca ninguna extrañeza en el lector. Lo que Shakespeare inventa son personajes de cuya inadecuación emana la energía de la obra, sin los que Hamlet y Enrique IV serían otras obras, o apenas si podrían existir. Pero ya va siendo hora de acudir a las piezas.