Femfatales

Josefina Estrada

Estos relatos muestran parte importante de la realidad de las mujeres mexicanas, de una manera sumamente interesante, profunda y comprensible.

Estos tres relatos nacieron de los talleres de Creación Literaria que la autora impartió en la Penitenciaria Tepepan, en la ciudad de México y en la cárcel de El Buen Pastor en Bogotá, Colombia. En ellos impera la denuncia, el enjuiciamiento y la revelación; y responden valientemente a la pregunta que se formula todo aquel que se halla libre: ¿Cómo será la vida en la cárcel?

Femfatales nos devela una de las realidades más infames que el ser humano ha creado para humillar, quebrar y envilecer a su prójimo. Aquí se ve cómo el castigo, con demasiada frecuencia, es mucho mayor que el crimen.

Fortuna Faik

En 1991 impartí mi primer taller literario en la Penitenciaria Tepepan. Ahí conocí a Fortuna: rubia, distinguida, delgada y de almendra cristalina su mirada. Los textos que solía entregar en clase eran los clásicos temas de las conversas cristianas donde le agradecen a Cristo por las bondades del cielo, mar y tierra: sosos y llenos de lugares comunes. Una tarde, le obsequié al grupo mi libro de Para morir iguales para que pudieran observar la enorme gama de la crónica urbana. A la siguiente sesión, Fortuna estaba muy excitada y levantaba la mano, pidiéndome la palabra: “¡Miss, miss!”. Esta manera de llamarme siempre provocaba sonrisas de sorna entre sus compañeras. No la respetaban, levantaban la vista al techo en cada una de sus intervenciones en señal de fastidio. En esa ocasión, cuando le di la palabra me comentó que le había gustado mucho mi libro porque los personajes decían groserías y hablaban de cosas de la vida real, y eso la hizo pensar en su putero. “Yo era Madam Fo. Este era el texto de las invitaciones a la inauguración”. Sus compañeras la miraron con asombro e incredulidad. Y empezó a leer su escrito, el cual rescaté en Virgen de medianoche.

Fortuna Faik, su proveedor, invita a usted a la gran apertura de la nueva compañía Madam Fo. Artículos de piel internacional. Pieles finas de gran demanda. En Madam Fo encontrará los surtidos más extensos, delicados y exóticos. Y, claro, del país; con el más estricto control de calidad para satisfacer el gusto más refinado. Atención profesional. Atenderemos sus pedidos las 24 horas, los 365 días del año.

What a day, my God! Fue un éxito la fiesta. Las chicas empezaron a llegar desde las dos de la tarde. Contraté a mi amigo Demian que tenía una estética en la Zona Rosa. Él se encargó de maquillarlas y trajo a dos peinadoras. Contraté meseros y valets para estacionar los coches. Los invitados empezaron a llegar a las cinco de la tarde; eran gente muy importante: políticos, embajadores, industriales de la capital y de diferentes estados de la república. Ya había acordado con las muchachas que ese día sería libre hasta la una de la mañana, que todo lo que los clientes desearan a lo largo de nueve horas iría sin costo. Ellas tenían que conservarse intactas, felices y frescas para talonear a partir de la una. Y así fue. Demian se quedó los tres días que duró la fiesta. En el departamento de abajo yo checaba y apuntaba a las chicas que entraban y salían de las recámaras. Dos veces cambié a los meseros y al valet. Los clientes no se querían ir. Y como cobraba por hora, ni modo que los corriera. Y así empezó el negocio.

El grupo, festivo y entusiasta, la aplaudió. A partir de ese día, sus compañeras esperaban impacientes un avance de las memorias de la prostituta judía; sin embargo, dejó de escribir porque ya había aceptado que la entrevistara. “Si quieren saber más, tendrán que comprar el libro”, les respondía. Cuando Fortuna salió de la cárcel la entrevisté durante varias semanas, unas 40 horas, en su departamento o en el mío. En varias ocasiones, aseguró que no tenía capacidad para conversar; a mi juicio, era genial su estilo para contarme su vida con ironía, sentido del humor y gracia. Durante las entrevistas solía fumar mariguana, lo cual me mareaba y hacía que se me bajara la presión y me diera migraña. Estos malestares se intensificaban cuando me narraba episodios de su vida que me iban explicando su destino. Hubo días que le dije: “Hasta aquí grabamos”. “¿Por qué? Yo quiero seguir”. “No, ya no estoy concentrada”. “¿Y para qué necesitas concentrarte?”. “Para dirigir las preguntas…”. “Oh, ¡tú nomás deja correr el casete! Si la que está hablando soy yo; tú no necesitas pensar”. Y hubo ocasiones en que ella no tuvo ánimos de grabar; sólo deseaba salir a la calle a buscar clientes. Me pedía que la dejara arreglarse para que después fuéramos a algún restaurante, cantina u hotel de lujo donde consumiéramos una copa, le dejara pagadas dos más y me retirara. A veces llegaba a mi casa temprano. Venía del hotel donde hubiese pasado la noche: taciturna, soltando frases inconexas, como queriendo sacudirse de las escenas recién vividas; si se sobreponía, podíamos grabar. Siempre estuve al servicio de su humor, el cual oscilaba entre la depresión y el entusiasmo.

La novela testimonial con su vida se titula Virgen de medianoche, como la canción de Daniel Santos; Fortuna no conocía esa melodía. Se la canté y me dijo: “Exacto, esa soy yo”. Se publicó en 1996, cuando ella tenía 39 años de edad.

El texto que aquí se incluye es el primer capítulo de ese libro que se vendió con gran éxito y actualmente está agotado.

Esmeralda Cuervo

En 2005 obtuve una residencia artística en Bogotá, Colombia, para impartir un taller en la cárcel de El Buen Pastor. (En la práctica fueron dos talleres porque las internas por delitos del fuero común y las presas políticas no conviven). En este penal conocí a Esmeralda Cuervo, quien llamó mi atención desde su primer escrito: su intuición narrativa me maravilló. Entre los temas que desarrollaron las internas del fuero común fueros los cinco sentidos: qué veían, oían, olían, tocaban, escuchaban y probaban en la cárcel. Esmeralda leyó el siguiente texto, sobre el sentido de la vista, donde descubrí su intuición narrativa. Escribía sin faltas ortográficas y con buena puntuación. La edición es mínima. Lo rescato del libro Diario de Bogotá, inédito.

Me he chuzado un ojo con una aguja de crochet. Me duele bastante. Lo tengo rojo como un cuajarón de sangre. Veo borroso y no soporto la luz. La enfermera me revisa la vista y me dice que estoy bastante mal, pero no puede hacer nada. Y que la oftalmóloga viene en ocho días (si es que viene o la dejan entrar). Finalmente me dice que si no amanezco mejor, me va a tener que tapar el ojo. Claro está, que para lo que hay que ver, con un solo ojo basta. Por ejemplo, ayer me tocó ver, con un solo ojo, en un agujero de la ventana, cómo una fulana, después de que se la había pasado todo el día paniqueándose, cascariando en el patio para conseguir el tal, está obligando a su compañera, una sardina de la cual abusa sexualmente, para que venda su ropa. La pelada está tan enyeyada que no puede salir de la celda. Veo que la sardina vende un pantalón y una chaqueta, y compra las bichas. Monta su carro y pone a la chica a desnudarse. Y va besando su boca. Observo cómo lame su cuello, sus senos hasta llegar a su sexo. La pelada lo único que hace es echarse el pipazo y mirar hacia el techo. Cuando terminan, la fulana obliga a la sardina a salir a conseguir más. Se demora. Entonces la fulana la busca y la saca del pelo de una celda. La arrastra por todo el patio. La golpea y luego arremete contra ella a puntazos. La sardina pasa la noche en mitad del patio, no acierta qué hacer. Por fin se mete a una celda, en donde están enfarradas, y le dan chicha y basuco.

Ya prendidas la obligan a hacer el striptís. Cuando ya está desnuda, Rosa la toma por la cintura y le besa la boca y los senos. Ella trata de esquivarla, pero desiste cuando Ana María le muestra la patecabra y le dice que chito. La sardina llora en silencio. Acto seguido es tirada a la cama y la Costeña le separa las piernas y le mete el dedo en la vagina. Luego se le tira encima y empieza a chuparle las tetas, la boca, el cuello, y la va llenando de moretones. La sardina no dice nada; qué puede decir: es ella sola contra cuatro locas, arrebatadas, poseídas por la pasión y la lujuria. Así, va pasando de mano en mano, ultrajada, humillada. Ella no sabía en la vaca loca que se metía. La fulana le dio 21 puntanzos y si se salvó fue de liga.

Hoy, la sardina y la fulana van tomaditas de la mano, manoseándose, besándose. Como si nada. ¿Y quién vio algo? ¿Yo? ¡Yo no vi nada!

De inmediato aceptó mi propuesta para que yo escribiera un libro sobre su vida. Pedí los permisos e hice los trámites necesarios para entrevistarla; dos semanas después, me informaron que no podían darme la autorización porque Esmeralda estaba sindicada, en proceso; no sentenciada. Me sugirieron solicitar el permiso a una Fiscalía, pero no podía seguir perdiendo tiempo en trámites estériles. Por ello, decidí introducir la grabadora y los casetes a la cárcel en un portafolio transparente, tipo cartera, donde guardaba los trabajos de las alumnas; no me dejaban pasar mi bolsa. Con la complicidad de un funcionario del Área Educativa —se guardó en su oficina la grabadora y los casetes vírgenes— pude grabar 70 horas de entrevista a lo largo de cuatro semanas.

La cárcel suele ser un territorio de víctimas y victimarios, y yo —que he escuchado infinidad de relatos del submundo— no había escuchado nada tan singular. Cuervo es sobreviviente del Cartucho. A lo largo de 20 años convivió con los desechables. Esmeralda no nació en ese lugar sino en el seno de una familia con recursos económicos. Fue alumna brillante de bachillerato, del cual fue expulsada porque se vio involucrada en el homicidio de su novio, a los 18 años. Llegó al Cartucho cuando tenía 23 y se inició en el consumo de drogas. Entraba y salía del lugar libremente. Esmeralda Cuervo posee una aguda inteligencia, don narrativo y una enorme calidad humana. Tuvo el valor civil de narrar sus épocas de ladrona, adicta y prostituta. Me descubrió sus mentiras y argucias, su habilidad para pelear a cuchillo o con cuellos de botellas rotas. Me relató sus tres ingresos a la cárcel. El Cartucho es el escenario y el telón de fondo de las historias con las que armé la novela testimonial. El texto que se incluye en Femfatales es una edición de varios fragmentos de la novela Una verraca bien bacana, inédita, que en el español de México podría traducirse como Una chingona a toda madre.

Silvia Silva Salas

Fortuna Faik y Silvia asistían al mismo taller que impartí en Tepepan. Silva Salas era una magnífica conversadora, pero no podía hilar un párrafo. Su lenguaje era escupitajo de metralla. Delgada, morena, alta, de pelo largo. Fumadora, risa abierta; sus ojos se rasgaban chinescamente cuando miraba concentrada, queriendo traspasar el pensamiento del interlocutor. Conocí a girones su vida pasional como cuando me entregó un escrito manchado de café: “Perdona, maestra, pero es que esa hija de su puta madre… Le tuve que soltar un vergazo; es que esa culerita no entiende… Me la topé, me calenté y valió madres mi café: se lo aventé en la jeta. No, pus me apandaron, por eso no vine. Tú has de perdonar, ¿no? Digo, lo manchado de las hojas”.

Cumplió su condena, de 11 años, “de punta a cola”, así se dice cuando no hay rebaja en la condena. La encarcelaron por un asalto a mano armada; su tío, el militar, la delató. Solía contarme: ¿Cómo crees, maestra? Que mi abuela por la matanza del 68 no podía dormir. Sus tres hijos habían desaparecido: uno era guerrillero; el otro, soldado, y el tercero, estudiante. ¿Cómo ves? Después aparecieron vivos, unos escondidos y el otro acuartelado.

A su salida, nos citamos en un restaurante; iba acompañada de una nieta preciosa, de ensortijado cabello. Me contó que la habían balaceado y que había asaltado a un banco. Concedió darme una serie de entrevistas en su casa para armar una novela testimonial. Era una construcción muégano, donde vivían varios hermanos con su respectiva familia, incluyendo a su mamá. Su hermano tenía un taller mecánico en el patio. Siempre me vio con hostilidad. En una ocasión, una de las hijas de Silvia estuvo escuchándonos mientras hacía el quehacer. Esa fue la última grabación. Es probable que la hija le haya comentado a la pareja de Silvia los temas de la charla, y que le prohibieran volver a recibirme. No pude terminar la novela testimonial que me había propuesto.

Sin embargo, rescaté algunos fragmentos de la transcripción y escribí el relato “Piel bandida”, el cual forma parte de mi libro de cuentos de título homónimo. Este cuento está grabado en el sitio de la Universidad Nacional Autónoma de México <descargacultura.unam.mx>. Asimismo, este texto fue finalista en el Concurso Internacional de Cuento Juan Rulfo, París, 2007.