Fiesta, 1980

Junot Díaz

Junot Díaz recrea, con humor, la experiencia de los dominicanos en Estados Unidos.

Junot Díaz, considerado uno de los jóvenes talentos de la narrativa estadounidense, hizo su entrada en el mundo literario en 1996 con una colección de diez relatos publicada en España como Los boys. En ellos, el que más tarde sería Premio Pulitzer de Novela, evoca un mundo de chicos sin padres, sostenidos hasta la extenuación por sus madres, que sobreviven a la pobreza y la incertidumbre con grandes dosis de crueldad y humor. Fiesta, 1980, es uno de esos relatos.

Aquel año la hermana menor de mami —la tía Yrma— por fin pudo venir a los Estados Unidos. Ella y el tío Miguel consiguieron un apartamento en el Bronx, frente al Grand Concourse, y todo el mundo decidió que había que dar una fiesta. Bueno, en realidad lo decidieron mis padres, pero a todo el mundo, es decir a mami, a la tía Yrma, al tío Miguel y a los vecinos, les pareció una idea chévere. La tarde de la fiesta papi volvió del trabajo a eso de las seis. A la hora justa. Ya estábamos todos vestidos, cosa inteligente por nuestra parte. Si papi entra y nos agarra a todos dando vueltas en ropa interior seguro que nos habría reventado el culo a patadas.

No le dirigió la palabra a nadie, ni siquiera a mi mamá. Simplemente la apartó de un empujón para poder pasar, alzó la mano cuando ella le intentó hablar y se fue directamente hacia la ducha. Rafa me lanzó una mirada y yo se la devolví; los dos sabíamos que papi había estado con la puertorriqueña con la que se veía y quería borrar las pruebas con una ducha rápida.

Aquel día mami estaba bonita de verdad. En los Estados Unidos por fin había logrado ganar un poco de peso; ya no era la flaca que había llegado hacía tres años. Llevaba el pelo corto y una tonelada de prendas baratas que a ella no le quedaban demasiado mal. Desprendía una fragancia muy característica de ella, como de brisa que pasa entre los árboles. Siempre esperaba hasta el último minuto para perfumarse porque decía que era un desperdicio rociarse demasiado pronto y luego tener que volver a hacerlo al llegar a la fiesta.

Nosotros —o sea yo, mi hermano, mi hermanita y mami— esperamos a que papi terminara de ducharse. A mami se la veía inquieta a su manera, sin aspavientos. No apartaba las manos de la hebilla del cinturón, ajustándoselo una y otra vez. Por la mañana, cuando nos despertó para que fuéramos a la escuela, nos dijo que tenía ganas de gozar en la fiesta. Quiero bailar, decía, pero en aquel momento en que el sol descendía por el cielo como un escupitajo que resbala por una pared, simplemente parecía que estaba dispuesta a pasar aquel trago.

Rafa tampoco tenía muchas ganas de fiesta, y en cuanto a mí, no me gustaba ir a ninguna parte sin mi familia. Afuera, en el estacionamiento, había un partido de pelota y se oía gritar a nuestros amigos: Oye. Cabrón. Escuchamos el impacto de una pelota que pasó volando por encima de los carros y el estrépito de un bate de aluminio al chocar contra el asfalto. No es que a Rafa y a mí nos volviera locos el béisbol; simplemente nos gustaba jugar con los muchachos del barrio, y entrarles a golpes por cualquier motivo. A juzgar por los gritos, los dos sabíamos que el partido se estaba jugando cerca, y con nuestra participación, la cosa habría sido diferente. Rafa frunció el ceño y cuando yo hice otro tanto, me amenazó con el puño. No me imites, dijo.

No me imites tú a mí, dije yo.

Me dio. Iba a devolverle el golpe, pero papi hizo aparición en la sala con una toalla alrededor de la cintura. Parecía mucho menos corpulento que cuando estaba vestido. Tenía vello en derredor de las tetas y apretaba la boca con expresión hosca, como si se hubiera escaldado la lengua o algo por el estilo.

¿Comieron?, le preguntó a mami.

Ella asintió. Te he preparado algo.

No dejaste que este comiera, ¿verdad?

Ay, Dios mío, dijo ella, dejando caer los brazos.

Eso digo yo. Ay, Dios mío, dijo papi.

Nunca me dejaban comer cuando íbamos a viajar en carro, aunque antes, cuando mami sirvió el arroz, las habichuelas y los plátanos maduros, ¿quién fue el primero en dejar limpio el plato? La verdad es que la culpa no la tuvo mami; ella estaba demasiado ocupada cocinando, preparando las cosas, vistiendo a mi hermana Madai. Yo tenía la obligación de haberle recordado que no me diera de comer, solo que no soy el tipo de muchacho que se comporta así.

Papi se volvió hacia mí. Coño, muchacho, ¿por qué comiste?

Rafa se iba apartando de mi lado poco a poco. Una vez le dije que era un pendejo por quitarse de en medio cada vez que papi me iba a pegar.

Daño colateral, fue la respuesta que me dio Rafa. ¿Sabes lo que es?

No.

Pues averígualo.

Pendejo o no, no me atreví a mirar. Papi era de la vieja escuela; cuando le estaba dando una pela a alguien, no quería que la víctima se distrajera. Tampoco le gustaba que le miraran directamente a los ojos; aquello no estaba permitido. Lo mejor era clavarle la vista en el ombligo; lo tenía perfecto e inmaculado. Papi me agarró de la oreja y me puso de pie.

Como vomites…

No voy a vomitar, exclamé. Se me saltaron las lágrimas, pero fue un reflejo instintivo, no es que me doliera.

Ya, Ramón, ya. No es culpa suya, dijo mami.

Sabían perfectamente que íbamos a una fiesta. ¿Cómo se pensaban que íbamos a ir? ¿Volando?

Por fin me soltó la oreja y me volví a sentar. Madai estaba demasiado asustada como para abrir los ojos. Después de haberse pasado toda la vida bajo la égida de papi, se había convertido en una pendeja muy grande. En cuanto papi alzaba la voz le empezaban a temblar los labios como si fueran el diapasón de un afinador profesional. Rafa disimuló haciendo como que tenía necesidad de estrellarse los nudillos y cuando le di un codazo me miró con cara de decir «No empieces». Pero incluso esa mínima muestra de reconocimiento me hizo sentir mejor.

Siempre tenía problemas con mi padre. Era como si hubiera recibido el mandato divino de importunarle, de hacer todo lo que le sacaba de quicio. Nuestras peleas no me molestaban en exceso. Por aquel entonces todavía necesitaba su afecto, cosa que no me pareció extraña ni contradictoria hasta al cabo de varios años, cuando había desaparecido de nuestras vidas.

Cuando me dejó de doler la oreja, papi ya se había vestido y mami nos dio la bendición con gran solemnidad, uno por uno, como si nos fuéramos a la guerra. Nosotros le decíamos: Bendición, mami, y ella hacía la señal de la cruz tocándonos en los cinco puntos cardinales mientras decía: Que Dios te bendiga.

Así empezaban todos nuestros viajes, con el eco de aquellas palabras pisándome los talones cada vez que salía de casa.