Flaca

Junot Díaz

Ganador del premio Pulitzer, Junot Díaz habla de la pasión, y la sutil distancia emocional que se crea entre dos amantes antes de que todo acabe.

Verónica es Flaca, una blanquita de Nueva Jersey que baila bachata y habla español. Hace dos años que tiene una relación con Yunior, pero la cosa no va bien. Ya sabes, a veces las relaciones se encallan en ese resquicio que queda entre no querer dejarlo y no querer que te hagan daño. «Flaca» está incluido en la colección de relatos Así es como la pierdes.

Tu ojo izquierdo se desviaba cuando estabas cansada o enojada. Está buscando algo, me decías, y en aquellos días cuando salíamos se revoloteaba y daba vueltas de tal manera que tenías que ponerle el dedo encima para que parara. Estabas precisamente en esto cuando me desperté y te descubrí sentada en el borde de la silla. Todavía tenías puesto tu atuendo de maestra, pero te habías quitado la chaqueta y algunos botones de la blusa estaban abiertos de tal manera que se te veía el ajustador negro que te había comprado y las pecas en el pecho. No sabíamos que eran los últimos días pero deberíamos haberlo sabido. Acabo de llegar, me dijiste. Miré hacia donde habías parqueado el Civic. Mejor que vayas y cierres las ventanas. No me voy a quedar mucho tiempo. Te van a robar el carro. Ya casi me voy. Permaneciste en tu silla y yo sabía que no debía acercárteme. Tenías todo un elaborado sistema que te imaginabas nos mantendría alejados de la cama: te sentabas al otro lado de la habitación, no me dejabas que te hiciera crujir los dedos, y no te quedabas más de quince minutos. Pero nunca funcionó, ¿verdá? Les traje comida, dijiste. Hice lasaña para mi clase y traje lo que sobró. Mi habitación es calurosa y pequeña y está inundada de libros. Nunca quisiste estar aquí (es como estar dentro de una media, dijiste) y cada vez que mis compañeros de casa no estaban dormíamos en la sala, sobre la alfombra. El pelo largo te hacía sudar y por fin te quitaste la mano del ojo. No habías dejado de hablar. Hoy me trajeron una estudiante nueva. La madre me dijo que tuviera cuidado con ella porque podía ver cosas. ¿Podía ver cosas? Asientes. Le pregunté a la señora que si el poder ver cosas la había ayudado en la escuela. Dijo: Na, pero de vez en cuando me ha ayudado con la lotería. Debería reírme pero miro afuera donde una hoja en forma de guante se le ha pegado al parabrisas del Civic. Te paras a mi lado. Cuando te vi por primera vez, en la clase sobre James Joyce y después en el gimnasio, supe que te iba a llamar Flaca. Si hubieras sido dominicana mi familia se hubiera preocupado por ti y te hubiera traído comida a la casa. Montones de plátanos y yuca bañados en hígado o queso frito. Flaca. Aunque tu verdadero nombre era Verónica, Verónica Hardrada. Mis panas están por regresar, le digo. Creo que debes ir a cerrar las ventanas. Me voy, dices, y te tapas el ojo de nuevo con la mano. Se supone que la vaina entre nosotros nunca llegará a ser nada serio. No nos veo casándonos ni na de eso, y asentiste con la cabeza indicando que entendías. Entonces rapamos para con eso pretender que nada hiriente había ocurrido entre nosotros. Era como la quinta vez que nos veíamos y te pusiste un vestido negro transparente y un par de sandalias mexicanas y me dijiste que te podía llamar cuando quisiera pero que tú no me ibas a llamar a mí. Tú decides dónde y cuándo, dijiste. Si fuera por mí, te vería todos los días. Por lo menos fuiste honesta, que es más de lo que puedo decir sobre mí mismo. Jamás te llamaba entre semana, ni siquiera te extrañaba. Me entretenía con mis panas y mi trabajo en Transactions Press. Pero los viernes y sábados por la noche, cuando no me levantaba a nadie en los clubs, te llamaba. Conversábamos hasta que los silencios se hacían largos, hasta que por fin preguntabas: ¿Quieres verme? Decía que sí y mientras te esperaba les decía a mis panas que era solo sexo, tú sabe, na ma. Venías con un cambio de ropa y un sartén para hacernos el desayuno, quizá también galleticas de las que les habías hecho a tus estudiantes. Por la mañana, los muchachos te encontraban en la cocina vestida en una de mis camisas. Al principio, no se quejaron, pues se imaginaban que pronto te desaparecerías. Y cuando empezaron a hacer comentarios, ya era tarde, ¿verdá? Me acuerdo: los muchachos vigilándome. Se figuraban que dos años no son poca cosa, aunque jamás te reclamé en todo ese tiempo. Lo que es una locura es que me sentía perfectamente bien. Como si el verano se hubiera apoderado de mí. Les dije a mis panas que era la mejor decisión que había tomado en mi vida. No te puedes estar acostando con blanquitas toda la vida. En algunos grupos, esto se sobrentiende, pero en el nuestro no. En aquella clase de Joyce, en la que jamás abriste la boca, yo sí hablaba, hablaba sin parar, y una vez me miraste y yo a ti y te sonrojaste de tal manera que hasta el profesor se dio cuenta. Eras una blanquita viratala de las afueras de Paterson y se te notaba en la falta de sentido de la moda y en tu considerable experiencia con prietos. Te dije: Te gustamos, y tú, enojada, dijiste: No, no es así. Pero la verdá es que sí. Eras la blanquita que bailaba bachata, la que se hizo socia de las SLU,* a que había ido a Santo Domingo ya tres veces. Me acuerdo: ofrecías llevarme a casa en tu Civic. Me acuerdo: la tercera vez acepté. Nuestras manos se rozaron entre los asientos. Trataste de hablarme en español pero te pedí que no. Hoy en día todavía nos hablamos. Digo: Quizá deberíamos hanguear con los muchachos, pero tú sacudes la cabeza. Quiero pasar tiempo contigo, dices. Si seguimos bien, quizá la semana que viene. Es lo más que se puede esperar. Nada dicho, nada hecho que podamos recordar en el futuro. Me miras mientras te pasas un cepillo por el pelo. Cada hebra rota es del largo de mi brazo. No quieres que lo dejemos, pero tampoco quieres que te hiera. No es la mejor situación, pero ¿qué te puedo decir? Vamos a Montclair, somos prácticamente el único carro en el Parkway. Todo está tranquilo y oscuro y los árboles brillan con la lluvia de ayer. En cierto punto, justo al sur de los pueblos de Orange, el Parkway pasa por un cementerio. Miles de tumbas y cenotafios a ambos lados de la carretera. Imagínate, dices mientras señalas la casita más cercana, si tuvieras que vivir ahí. Los sueños que tendrías, digo. Asientes. Las pesadillas.