Flores en el interfón

Jose Mariano Leyva

"Ésta es una historia de agujas y flores. Es una historia de objetos opuestos. Incompatibles."

Flores en el interfón es la historia de una heroinómana. Una mujer que lo ha perdido todo y que necesita prostituirse para conseguir el alivio. De la misma manera es también la historia de un escritor en sus cincuenta años que quiere redimirla. Salvarla como no pudo hacerlo con su propia esposa, muerta algunos años antes. Flores en el interfón es también la historia de un segundo escritor que escucha la historia. Un joven que se va endureciendo, que termina por detestar los clichés. Flores en el interfón es la historia de las diferentes adicciones que todos tenemos, de la guerra de vanidades, de la hipocresía que se esconde en cualquier intento de honestidad.

Ésta es una historia de agujas y flores. Es una historia de objetos opuestos. Incompatibles.

Un relato de lo que sucede cuando se entiende que el frío nada tiene que ver con lo suave. Que lo flexible poco se entiende con lo estricto. Es una historia de sentimientos que se erizan cuando no comprendemos al otro. Una historia que, por desgracia, no es sólo de objetos. Es una historia de personas. Con sus universos a cuestas. Con sus imposibilidades encima. Nada me gustaría más que ésta fuera sólo una historia de agujas y flores. Por desgracia no lo es.

Y no es mi historia tampoco. Yo sólo la escuché. Ahora la escribo. La oí de alguien que no me dejó decir su nombre real. Porque demasiadas personas lo reconocerían. Porque demasiadas dolencias tendrían destinatario. Pero su nombre es lo de menos, lo podemos llamar Óscar Hernández. Entonces, resulta que Óscar conoció algo parecido al éxito a temprana edad. Y el goce individual calzó muy bien con la pareja formada con su mujer. Una chica con la que, al parecer, se podían compartir pláticas y silencios. Ninguno incómodo. Que acompañaba sin oprimir. Que se alejaba sin necesidad de recurrir a la melancolía. Óscar, por el contrario, era más bien estentóreo. La gente no podía pasar por alto cada uno de sus actos: publicar un texto nuevo, beber en una cantina, ausentarse para ir al baño. La dupla era agradable: tranquilidad y regodeo. Aunados. Engarzados con mucha habilidad.

A los 40 años de Óscar todo eso cambió. La armonía que incluso insultaba a algunos terceros, desentonó. Fue un chirrido espeluznante después de acordes tranquilizadores. Uñas en el pizarrón verde. Las puntas de un tenedor avanzando sobre la superficie de un plato. La mujer de Óscar salió tarde de trabajar. Avanzó en su auto discreta como era. La noche se encargó del resto. Dos cuadras antes de llegar a su casa, un borracho embistió su automóvil. Varios amigos cuentan que su muerte fue lo único en ella que no fue discreto. El auto terminó boca abajo. Arrastrado varios metros por el ímpetu del choque. Por la velocidad disfrazada de estúpida valentía que otorga el alcohol y la falta de un superyó fornido. La mujer de Óscar tuvo que ser sacada con una prensa. Su cuerpo había quedado disperso dentro del auto. Irreconocible. Eran fragmentos del horror. Dejó de ser la mujer de Óscar. Dejó de ser mujer. Dejó de ser persona.

Óscar perdió la razón cuando tuvo que ir a reconocerla. Su cara se volvió roja pues se golpeaba con los puños en la cabeza, en la cara. “¡Ahí no hay nada que reconocer!”, me cuentan que gritó y lloró. “¡Eso puede ser cualquiera!”, me cuentan que repitió varias veces hasta volver la frase un reiterativo rezo. Luego dejó de escribir. ¿Quién puede escribir después de algo similar? ¿Quién puede ser tan cínico? Primero se esfumó su literatura. Luego fue el propio Óscar el que desapareció.

Con el tiempo Óscar se convirtió en una especie de mito. Recuerdo cuando escuché su nombre por primera vez. En una clase de letras de la universidad. El entusiasmo se repartía tanto en su obra como en su vida. Su dolor como literatura. Un personaje-escritor más, concluí. Alguien a quien le llega la muerte o la desaparición a buena hora. En el punto exacto para convertirse en leyenda. Pero la siguiente ocasión que me topé con un libro suyo no pude evitar hojearlo. Desde ese momento perdí. Me volví su peor entusiasta. Buscaba la más nimia ocasión para atosigar a mis conocidos en su nombre. Era un converso. Se me olvidó su desgracia. Se me olvidó que ya no existía. Me quedé con sus páginas.

Varios meses después de esa epifanía literaria, en una comida familiar vi la oportunidad perfecta para asestarle mi entusiasmo a Ricardo, un tío que también era escritor. Me escuchó mientras esbozaba media mueca con la boca. Cuando terminé me dijo:

—Claro que conozco a Óscar Hernández, desde hace tiempo.

—¿No te parece fantástico?

—Me gusta lo que escribe, pero me cae mejor él.

Silencio y aprehensión. Recuerdo que la incredulidad se mezcló con la lógica. Mi tío conocía a Óscar. Óscar no estaba desaparecido del todo. Vivía. Podía seguir escribiendo. Luego de la cadena de ideas vino la explosión. Mi explosión:

—¡Cómo que lo conoces! ¡Pero si está desaparecido! ¡Nadie sabe dónde está! ¡Tuvo un terrible accidente! ¡Ya no escribe más! O ¿escribe? ¿Bajo un seudónimo?

La emoción provocada por la noticia y por la edad que tenía en aquel momento. La juventud entusiasta, un tanto torpe e imprudente. Por fortuna. Hasta ese momento me enteré de todo. De la historia completa. Del éxito de Óscar. De su desgracia. De los pavorosos detalles. Me enteré de que se había mudado a Madrid para que lo dejaran en paz.

Durante varios días dejé de hablar de mi escritor favorito. No porque lo olvidara; más bien porque puse manos a la obra. Revisé convocatorias. Calculé fechas. Llené formularios. Realicé proyectos. Los corregí. Saqué fotocopias de mis escritos publicados. Escanee identificaciones oficiales, certificados de educación. Luego esperé varios días. Más días. Al fin, revisé diarios y sitios en la red. Vi mi nombre, aplaudí sin ocultar mi emoción, tomé el teléfono y les avisé a mis amigos: me iba a una estancia en Madrid, España.

También le pedí a Ricardo la dirección de Óscar. Tardó mucho en dármela. Tuve que regatear largos minutos. Yo era su sobrino, pero Óscar era un amigo entrañable y neurótico. Entregarlo a las fauces públicas no podía tomarlo bien. Prometí discreción. Sería sólo para que me firmara sus libros, le aseguré. Estaría calladito y no tocaría nada, prometí. Ricardo me dio la dirección como entregando una clave valiosa bajo la presión de un arma. Luego hizo una llamada que no escuché. Desde su estudio. Salió y me dijo un poco más aliviado: Te va a esperar. No hay problema.

*

Una mesa pequeña, redonda y de metal. Una cerveza encima. Libros recién comprados en una librería de al lado. Todos de Óscar Hernández. Todos nuevos, listos para ser firmados. Un local cerca de la Puerta del Sol. La apertura del atardecer en Madrid recordaba sequedades. Una ciudad casi desértica. Construida con obstinación, con necedad. Una capital erguida justo en medio de la nada. El resultado, sin embargo, es estupendo. Aquel día la gente colmaba las calles. Les importaba muy poco el calor o la aridez.