Galaxia Hollywood

Ángel Fernández-Santos

Extraordinarias historias de las estrellas más brillantes del firmamento Hollywoodiense, por Ángel Fernández-Santos.

Orson Welles, James Cagney, Marylin Monroe, Gary Cooper, Paul Newman o Katharine Hepburn son algunos de los rostros más inolvidables del siglo XX. Los profundos y precisos textos que componen esta antología, con el inconfundible estilo del mejor crítico español, Ángel Fernández-Santos, nos devuelven a la edad de oro del cine, cuando en Hollywood había más estrellas que en el cielo.

Ayer murió Orson Welles. Se dice fácilmente, pero no fácilmente se arrancan de esas palabras las cosas que llevan dentro que callan y dejan como sombras detrás de sí.

Si Orson Welles se ha muerto ayer, lo que entendemos por cine moderno —un hecho todavía amorfo, porque está en movimiento de crisálida y no hay posibilidad de fijar sus fronteras— entró ayer mismo en ese estado de indefinible desamparo donde la identidad se queda sin raíces: la orfandad.

Orson Welles fue el padre del cine moderno. Su aportación a la historia e incluso a la genética de este arte fue de tales dimensiones y su radicalidad tanta, que nada de cuanto ocurrió en el cine después de su tempestuosa irrupción en él en 1940 pudo desprenderse, ni siquiera para abominarla, de su abrumadora presencia.

Cientos y cientos de analistas y exégetas de su obra han estudiado minuciosamente las entretelas de la —universalmente considerada como gigantesca— aportación de Orson Welles al cine. Y, sin embargo, esta sin duda gigantesca aportación puede decirse de manera tan simple como ésta: lo que Orson Welles aportó al cine fue una manera de mirar.

Cuando Welles llegó a Hollywood —en medio de esa aureola de curiosidad magnética que su presencia despertaba por donde pasaba y que Scott Fitzgerald contó con ironía en una de sus Historias de Patt Hobby— en la gran fábrica eran más rígidos que nunca los códigos de expresión y los sistemas y jerarquías de trabajo.

Desde que echaron de allí, poco menos que a patadas, a Erich von Stroheim —si Welles es el padre del cine moderno, Stroheim es el abuelo—, que se tomó muy en serio su singularidad como creador de filmes, toda tentación de autoría y excepcionalidad era proscrita de antemano y, de permitirse alguna, ésta era patrimonio exclusivo de los productores. En 1940 estaba aún caliente el horno donde se coció Lo que el viento se llevó, en el que no menos de cuatro eminentes directores fueron relevados por el patrón David O’Selznick como vicetiples de quita y pon.

Los techos visibles

Sólo un ejemplo que nos deje ver por dónde fueron las cosas con la llegada a Hollywood de Orson Welles. Una de las normas inviolables de la cerrada legalidad de aquellos rígidos códigos de trabajo era la búsqueda de transparencia: la cámara era un testigo omnipresente, pero invisible; una mirada tan sumamente discreta que bajo ningún pretexto debía denunciar su presencia. Welles, desde el primer día de su rodaje de Ciudadano Kane, pulverizó el hierro de la norma e hizo a su cámara agresivame