Gasolina

Daniel Espartaco

Gasolina se derrama en el bajo mundo de la literatura mexicana haciendo que el lector choque contra una aventura trepidante y frenética. Se trata de una novela brevísima cargada de acción, conflictos cantineros, talleres literarios, mujeres, música y, como el autor siempre soñó leer en las grandes novelas latinoamericanas: persecuciones en botes de velocidad. Junto a Wilson Carrera, el protagonista tendrá que luchar contra una banda de traficantes de droga, conquistar a la mujer de su vida y terminar una novela.

Gasolina se derrama en el bajo mundo de la literatura mexicana haciendo que el lector choque contra una aventura trepidante y frenética. Se trata de una novela brevísima cargada de acción, conflictos cantineros, talleres literarios, mujeres, música y, como el autor siempre soñó leer en las grandes novelas latinoamericanas: persecuciones en botes de velocidad. Junto a Wilson Carrera, el protagonista tendrá que luchar contra una banda de traficantes de droga, conquistar a la mujer de su vida y terminar una novela.

Ser escritor joven es como un noviciado que dura de los 20 a los 35 años y, entre otras cosas, en los congresos de literatura tienes que compartir la habitación con otro escritor de alguna ciudad de provincia, como tú, autor de
uno o dos libros, como tú, y es costumbre aceptada que éste te regale sus opúsculos dedicados con letra ilegible
(publicados por un instituto de cultura con el dinero de los contribuyentes) y tres meses después, cuando ya ni te acuerdes, te llame por teléfono para pedirte una opinión.

—Hola, ¿qué te pareció mi libro de poesía?
—¿Cuál libro?
—Páramo insomne, te lo di en el congreso pasado.

Como en esa ocasión, en el Puerto, mi compañero de cuarto era Wilson Carrera, un viejo conocido, ya sabía que nada más para comenzar me esperaba un sablazo de mil pesos.

—Estoy quebrado —me dijo—, te lo pago en la quincena.

Wilson era un tipo grande y afectuoso, de ánimo cambiante y apetentes fosas nasales. Transpiraba con exceso
en el labio superior, y esto podía llegar a ser desconcertante. Estaba en quiebra todo el tiempo porque era adicto
a la cocaína, tenía dos mujeres, dos hijos y una madre enferma, y era reportero de deportes en un periódico local de Tampico.

Carrera y yo —y los ahí reunidos en un hotel del malecón cuyos folletos y precios prometían ser cinco estrellas, no así el servicio— éramos becarios del Estado benefactor, el cual nos pagaba durante un año para escribir un libro. A cambio se nos exigía, entre otras cosas, asistir a congresos con talleres de trabajo, donde sombríos tutores, antes jóvenes escritores becados, ahora en el desquite, despedazaban nuestra obra en público y la arrojaban al suelo:

—¿Llamas a esto poesía? —escuché una vez decir a uno de ellos, mientras agitaba un manojo de fotocopias en la cara pasmada de una jovencita.

Era como un congreso de economistas, pero más aburrido.

A mí me gustaba Sofía Souza, una muchacha que escribía una obra de teatro existencialista de la cual no se
entendía gran cosa, como pude percatarme al hojear el anuario con fragmentos de nuestra obra que los organizadores nos entregaron al llegar al hotel. El cabello castaño y quebrado le caía sobre los hombros a la manera casual y poseía una interesante estructura ósea de hombros muy anchos, casi masculinos, como de un fresco egipcio. Según el directorio que nos dieron al llegar, tenía 23 años; ahí estaba la fotografía que no me cansaba de contemplar como un adolescente en mi cuarto: era artística, todo lo contrario de la mía, páginas atrás, que parecía tomada de un pasaporte. Souza posaba con una mano en el mentón y veía hacia una de las esquinas del recuadro, los ojos almendrados y enigmáticos; una sonrisa leve que se me quedó grabada desde la primera vez que la vi.

Era difícil concentrarse en Souza mientras Carrera se pedorreaba frente al lavabo, en cuya superficie de mármol
había dispuesto dos líneas de cocaína.

—¿Quieres? —me dijo, esperando que la respuesta fuera no.
—No.
—¿Y cuándo piensas publicar otro libro?
—No sé —dije.

No había podido terminar otra cosa desde mi primer libro de cuentos, el que también ganó un premio nacional. La novela por la que el Estado me pagaba iba de mal en peor, parecía no tener fin, ni resolución, ni principio, y todo esto me frustraba porque Carrera y los otros publicaban dos libros al año con dinero de los contribuyentes. Tomé el teléfono del buró y marqué el número de mi ex esposa.

Ella insistía en que debíamos ser grandes amigos, por lo que le llamaba cada día para escuchar detalles minuciosos de su vida. Yo esperaba estar cerca en un momento de debilidad suyo y llevarla a la cama. Nunca ocurrió.

—¿Cómo llegaste? —me preguntó.
—Bien —le dije—, estoy con Carrera, ¿te acuerdas de él?
—Es un cerdo —dijo ella—, dile que te pague todo el dinero que te debe.
—Sí, le diré.

Carrera planchaba su mejor camisa, modelo proxeneta tailandés, la toalla en la cintura, los pezones cubiertos de
vellos largos y negros, el labio superior lleno de gotas de sudor.

—¿Cómo va todo? —le pregunté a mi ex mujer.
—Voy a cenar con Rodrigo.
—Es un buen muchacho.
—Me la paso bien con él.

Era mi turno para utilizar el baño antes del almuerzo. Me llevé el directorio para contemplar la fotografía de Souza una vez más porque tenía la corazonada de que ella me miraba de manera diferente que a los demás; e incluso aquel día cruzamos dos palabras en el elevador.

—¿Hay algo que te apasione tanto en la vida como para morir? —me preguntó.

Examiné con cuidado la pregunta y no pude obtener una respuesta, me distrajo la nariz redonda y brillante de
mi interrogadora.

—No sé, ¿y tú?
—El reguetón —me dijo.

Y se bajó un piso antes que el mío, contoneando las caderas. Como yo nunca me sentí buen bailarín, cuando se cerraron las puertas supe que Sofía no era para mí. La declaración me pareció inexplicable en el contexto: un elevador. Su compañera de cuarto era Roberta Robles, una poeta de Chiapas que destacaba por su tamaño junto a Souza, y junto a todo el mundo.