Guía de amor para infieles

Junot Díaz

Del ganador del Premio Pulitzer Junot Díaz, un relato hilarante y tierno sobre un infiel caído en desgracia, y sobre el amor, que cuando llega de verdad, necesita más de una vida para desvanecerse.

Tu novia te deja porque descubre que le estás poniendo los cuernos, ¿qué haces? 1. Haces como que no te importa 2. Vuelves a tu grupo de amigos en actitud triunfal: “I am back, panas” 3. Sientes como si te estuvieran deshaciendo con tenazas, átomo a átomo. 4. Todo lo anterior

AÑO CERO

Tu novia descubre que le estás pegando cuernos. (De hecho, ella es tu prometida, pero en cuestión de segundos eso no va a importar para nada.) Se podía haber enterado de una, se podía haber enterado de dos, pero como eres un cuero loco que jamás vació la latica de basura del correo electrónico, ¡se enteró de cincuenta! Sí, claro, cincuenta en un período de seis años, pero vamos, hombre… ¡cincuenta fokin jevas! Por el amor de Dios. Quizá si hubieras estado comprometido con una blanquita de mente superabierta, podrías haber sobrevivido. Pero tú no estás comprometido con una blanquita de mente superabierta. Tu novia es una cabrona salcedeña que no cree en nada; de hecho, la única advertencia que te hizo, lo que siempre te juró que jamás te perdonaría, fue serle infiel. Lo haces y te entro a machetazos, te prometió. Y, por supuesto, juraste que jamás lo harías. Lo juraste. Juraste que jamás.

Y entonces lo hiciste.

Ella se quedará por unos meses más por la simple razón de que han estado juntos por mucho tiempo. Porque han pasado por tantas cosas juntos: la muerte de su papá, el rollo con lo de tu cátedra permanente en la universidad, su examen para la reválida de derecho (aprobado al tercer intento). Y porque no es tan fácil deshacerse del amor, del verdadero amor. Durante un atormentado período de seis meses, viajarás a Santo Domingo, a México (para el entierro de una amiga) y a Nueva Zelanda. Pasearán juntos por la playa donde filmaron El piano, algo que ella siempre quiso hacer, y ahora, arrepentido y desesperado, le regalas el viaje. Está sumamente triste y camina sola por la playa, atravesando la arena brillante, sus pies descalzos en el agua helada, y cuando tratas de abrazarla te dice: No. Mira fijamente las piedras que se proyectan en el agua mientras el viento le tira el pelo hacia atrás. De camino al hotel, cruzando las desoladas y empinadas cuestas, recogen a un par de transeúntes que pedían bola, una pareja absurdamente mestiza, y tan enamorados que por poco los sacas del carro. Ella no dice nada. Después, en el hotel, llora.

Tratas todo truco habido y por haber para que se quede contigo. Le escribes cartas. La llevas al trabajo. Le citas a Neruda. Escribes un correo electrónico en masa en el que repudias todas las sucias con las que estuviste. Bloqueas los correos electrónicos de todas ellas. Cambias tu número telefónico. Dejas de tomar. Dejas de fumar. Te declaras adicto al sexo y comienzas a ir a mítines. Le echas la culpa a tu papá. Le echas la culpa a tu mamá. Le echas la culpa al patriarcado. Le echas la culpa a Santo Domingo. Te buscas un terapista. Cancelas tu Facebook. Le das las contraseñas de todas tus cuentas de correo electrónico. Comienzas a tomar clases de salsa como siempre habías prometido para que puedan bailar juntos. Alegas que estabas enfermo, le aseguras que fueron momentos de debilidad –¡Fue culpa del libro! ¡Fue la presión!–, y a cada hora, como un reloj, le dices lo arrepentido que estás. Haces de todo, pero un día ella simplemente se levanta de la cama y dice: Basta y: Ya, y entonces te tienes que mudar del apartamento en Harlem que han compartido. Contemplas negarte. Consideras declararte en huelga, una ocupación. De hecho, le dices que no te vas. Pero al final te vas.

Por un tiempo, rondas la ciudad como un mediocre pelotero de triple A que sueña con que lo llamen para las grandes ligas. La llamas por teléfono todos los días y dejas mensajes que ella jamás contesta. Le escribes largas cartas cariñosas, pero ella las devuelve sin abrir. Te apareces en su apartamento a horas inoportunas y en su trabajo en downtown, hasta que por fin su hermanita te llama, la que siempre estuvo de tu parte, y te habla directo: si tratas de contactar a su hermana una vez más, te va a poner una orden de restricción.

A ciertos tígueres eso no les importaría.

Pero tú no eres como esos tígueres.

Paras. Regresas a Boston. Jamás la vuelves a ver.

AÑO UNO

Al principio, pretendes que no te importa. Además, tú también habías estado acumulando un montón de quejas contra ella. ¡Claro que sí! Ella no te lo mamaba bien, no te gustaba el vello de sus cachetes, jamás se depilaba el toto, y nunca limpiaba el apartamento, etcétera. Por unas semanas, casi te lo crees. Por supuesto que vuelves a empezar a fumar, a tomar, dejas el terapista y los mítines de adictos sexuales, y te la pasas pachangueando con cueros como en los viejos tiempos, como si nada hubiera pasado.

I’m back, les dices a tus panas.

Elvis se ríe. Es casi como si jamás te hubieras ido.

Estás bien como por una semana. Entonces tu estado de ánimo se vuelve errático. Un minuto tienes que contenerte para no coger el carro e irte a verla, y el próximo estás llamando a una sucia cualquiera y diciéndole: Tú eres la que siempre quise. Pierdes la paciencia con tus panas, con tus estudiantes, con tus colegas. Y cada vez que oyes a Monchy y Alexandra, sus favoritos, lloras.