Historia del buen viejo y la muchacha hermosa

Italo Svevo

Un viaje por la senilidad, el amor y sus servidumbres, la autojustificación y la razón de la escritura.

Historia de un amor tardío, pero también de las costumbres burguesas; drama sobre la senilidad y relato sobre la iniciación a la escritura, el tono casi de fábula que adopta Svevo en Historia del buen viejo y la muchacha hermosa (1930, publicado dos años después de la muerte del autor triestino) no debe llamarnos a engaño: es un relato de realismo psicológico que no nos ahorra el pesimismo sino que incluso lo subraya con la ironía.

La aventura del buen viejo tuvo un preludio, pero se desarrolló sin que casi lo advirtiera. En un breve instante de reposo, tuvo que recibir en su oficina a una anciana que le presentaba y recomendaba una muchacha, su hija. Habían sido admitidas ante su presencia gracias a una nota de presentación de un amigo suyo. El viejo, arrancado a sus asuntos, no lograba quitárselas del todo de la cabeza y miraba, aturdido, la nota, mientras se esforzaba por entenderla en seguida y librarse al momento de aquel fastidio.

La anciana no guardó silencio ni un solo instante, pero él sólo retuvo o percibió algunas frases breves. La jovencita era fuerte, inteligente y sabía leer y escribir, pero mejor leer que escribir. Después oyó unas palabras que le llamaron la atención por su extrañeza: «Mi hija aceptaría cualquier empleo con jornada completa, siempre que disponga del poco tiempo necesario para su baño cotidiano». Por último, la vieja dijo la frase que propició una rápida conclusión de aquella escena: «Ahora aceptan a mujeres para los puestos de conductor y cobrador de tranvía».

El viejo se decidió en seguida y escribió una nota de recomendación para la Dirección de la Sociedad de Tranvías y despidió a las dos mujeres. Entregado de nuevo a sus asuntos, volvió a interrumpirlos por un momento para pensar lo siguiente: “¿Por qué querría decirme aquella vieja que su hija se lava todos los días?”. Movió la cabeza sonriendo y con aires de superioridad, lo que demuestra que los viejos son aún más viejos cuando tienen cosas que hacer.

II

Un tranvía corría por la larga avenida de Sant’Andrea. La conductora, una hermosa muchacha veinteañera, mantenía sus morenos ojos fijos en las vías, largas, polvorientas, bañadas por el sol, y se complacía en avanzar volando con aquel vehículo, por lo que en los cambios de vías las ruedas chirriaban y el coche, cargado de gente, saltaba. La avenida estaba desierta. No obstante, la joven avanzaba apretando continuamente con su nervioso pie la palanca que accionaba el timbre de alarma. No lo hacía por prudencia, sino porque era tan infantil, que lograba convertir el trabajo en un juego y le gustaba correr así y hacer ruido con aquella maquinita ingeniosa. A todos los niños les gusta gritar cuando corren. Iba vestida con ropa de colores y por su gran hermosura parecía disfrazada. Una chaqueta roja descolorida le dejaba libre el cuello, robusto en comparación con la carita, un poco demacrada, y también la cavidad, bien dibujada, que se extendía desde el hombro hasta la delicada curva del pecho. La falda, azul, era demasiado corta, tal vez porque en el tercer año de guerra escaseaban las telas. Los piececitos parecían desnudos en unos zapatitos de tela y la gorrita azul le aplastaba unos ricitos negros no demasiado largos. Al mirar sólo su cabeza, se habría podido confundirla con un hombrecito, si sus movimientos no hubieran revelado ya coquetería y vanidad.

En la plataforma, en torno a la hermosa operaria, había tanta gente, que casi le obstaculizaba la maniobra de frenado. En ella se encontraba también nuestro viejo. Tenía que arquearse a cada salto violento del coche para no verse arrojado sobre la conductora. Iba vestido con esmero, pero también con la seriedad acorde con su edad: una auténtica figurita señorial y agradable. Aunque bastante llenito en medio de toda aquella gente pálida y anémica, aún no representaba una ofensa para ésta, porque ni era demasiado grueso ni estaba lozano. Por el color de su pelo y su bigote corto, se le habrían atribuido sesenta años de edad o menos. No se traslucía en él esfuerzo alguno por parecer más joven. Los años pueden ser un obstáculo para el amor y él llevaba muchos años sin pensar en eso, pero favorecen los negocios y él llevaba su años con orgullo y, si se puede decir así, juvenilmente.

En cambio, su prudencia era acorde con su edad y no se encontraba bien en aquel carruaje mastodóntico y lanzado a tanta velocidad. La primera palabra que dirigió a la muchacha fue de amonestación: «¡Señorita!».

Ante aquel cortés diminutivo, la muchacha le dirigió sus bellos ojos, vacilante, pues no estaba segura de que hubiera querido hablar con ella. El buen viejo sintió tanto placer ante aquella mirada luminosa, que su miedo se atenuó. Convirtió la amonestación, que habría tenido el significado de un reproche, en una broma: «No tengo el menor interés en llegar unos minutos antes al Tergesteo». Pareció sonreír con su propia broma y eso pudieron creer quienes lo rodeaban, pero, en realidad, su sonrisa había ido dirigida a aquellos ojos, que le habían parecido a un tiempo traviesos e inocentes. Las mujeres hermosas siempre parecen antes que nada inteligentes. En efecto, un color hermoso o una línea perfecta son la expresión de la inteligencia más absoluta.

Ella no oyó sus palabras, pero la tranquilizó perfectamente aquella sonrisa que no dejaba lugar a dudas sobre la benévola disposición del viejo. Comprendió que éste se encontraba incómodo de pie y le hizo sitio para que pudiera apoyarse junto a ella en el parapeto y la carrera continuó vertiginosa hasta el Campo Marzio.

Entonces la muchacha, mirando al buen viejo como para pedirle consejo, suspiró: «¡Aquí empieza el mayor aburrimiento!». En efecto, el coche empezó a balacearse lento y pesado sobre las vías.

Cuando un joven de verdad se enamora, su amor le provoca con frecuencia reacciones mentales que en seguida dejan de tener nada que ver con su deseo. ¡Cuántos jóvenes que podrían abandonarse, dichosos, a una cama acogedora, ponen al menos su casa patas arriba, por creer que para acostarse con una mujer primero hay que conquistar, crear o destruir! En cambio, los viejos, de quienes se dice que están mejor protegidos contra las pasiones, se abandonan a ellas con plena conciencia y entran en el lecho de la culpa preocupados sólo por los resfriados.

El amor tampoco es sencillo para los viejos. En ellos resulta complicado en cuanto a los motivos. Saben que deben disculparse. Nuestro viejo se dijo: “Aquí tengo mi primera aventura de verdad después de la muerte de mi mujer”. Según el lenguaje de los viejos, es verdadera una aventura en la que intervenga también el corazón. Podemos decir que un viejo raras veces es tan joven como para poder tener una aventura no verdadera, porque es una expansión que sirve para ocultar una debilidad. Así, los débiles, cuando dan un puñetazo, emplean no sólo la mano, el brazo y el hombro, sino también el pecho y el otro hombro. El puño, demasiado estirado por el esfuerzo, se debilita, mientras que la aventura pierde claridad y se vuelve más peligrosa.

Después el viejo pensó que eran los infantiles ojos de la joven los que lo habían conquistado. Los viejos, cuando aman, caen siempre en la paternidad y todos sus abrazos son un incesto y tienen su agrio sabor.