I understand

Rafael Gumucio

Entre la crónica y el cuento, un divertido y feroz Rafael Gumucio nos habla de su relación con el mundo y la literatura

Brillante y crítica la voz de Rafael Gumucio en esta suerte de relatos en donde mezcla la técnica del cuento y la de la crónica, para hablarnos de Barcelona, de sus alumnos sabiondos o de la historia de ese extraño y fantástico nombre, “Gumuzio”. Todo ello para hablarnos, en definitiva, de su relación con el mundo, las ciudades y la literatura.

París, Santiago, Madrid o Nueva York –las ciudades en que he vivido hasta ahora– me fueron impuestas por razones familiares, políticas, laborales o sentimentales. No tuve tiempo de pensar si me gustaban o no. Barcelona fue, en cambio, una elección, y un desvío y unas vacaciones de cualquier otro deber que ser escritor. En ninguna otra ciudad se puede jugar con más libertad a serlo.

Pero jugar a ser escritor es muchas veces lo contrario de serlo. Así que parte de mi felicidad barcelonesa se basó en mi incapacidad para escribir la novela que prometía, y en dejarme, en cambio, disolver y corromper por el cielo siempre azul sobre la silueta oscura de los edificios del Ensanche.

Presentí esta profunda esterilidad barcelonesa la primera vez que visité la ciudad. Me asustaron los grandes edificios, la sobredosis de gárgolas y artesanos hippies en las tristes Ramblas, llenas de punks medievales que tocan la flauta a sus perros tiñosos. Barcelona, su falta de parques, su exceso de urbanismo, parecía más apta para soñarla (o visitarla en una pesadilla) que para vivirla.

En mi segunda visita, la brisa suave del Borne, los días tibios, la sensación extraña de estar protegido por una muralla invisible, me engañaron y pasé por alto la impresión de que nada realmente nuevo podía surgir de tanto culto a la novedad. Los libros y los amigos, las fiestas en Sarriá, los chilenos bien educados y bien alimentados que estudian alguna carrera de diseño: todo eso me sedujo.

Barcelona se transformó para mí en la posibilidad de vivir sin culpa, de disfrutar Europa sin morirme de frío y de estar en España sin gritar mi opinión, ni cagarme en Dios, la Virgen o la leche, ni dar explicaciones por mi puntualidad. Algo de mi infancia parisina y de mi adolescencia chilena me preparaban para esta ciudad. Barcelona la habitable, la abarcable, que, sin embargo, esconde varias ciudades que uno nunca se cansa de recorrer: el Raval y los chadores colgando de los balcones, el barrio Gótico en el que hasta los carteristas se pierden, la interminable paz de Sarriá, los jardines de los caserones del Tibidabo, los vendedores ambulantes en Sants, los bares de gitanos a los que nada parece alterar en Pueblo Nuevo, los rastas blancos de pañuelos palestinos que pegan carteles independentistas catalanes en Gracia, y los travestis que no se afeitan.

Barcelona es diseño, moda, vanguardia al estilo mediterráneo. Pero también una cierta tristeza mortecina, sin época y sin exigencia, que baja y sube por los cabarets, los restaurantes y los hoteles del Paralelo.

El mar –que casi nunca se queja, ni se agita, que espera tibio y oscuro debajo de la estatua de Colón– es quizás la explicación del encanto de Barcelona y de su esterilidad. Ese mar que antes fue la fe de san Pablo, y la Odisea de Homero, y eureka, y Lepanto, y Cervantes vendido a los árabes, y que ahora es apenas algo más que un lago sin peces por el que navegan cruceros para millonarios del norte y pateras para miserables del sur. Así, Barcelona ha pasado de ser puerto a ser balneario. Construida contra el mar, para protegerse de los enemigos que habían de llegar de las olas, con las Olimpiadas se abrió a la playa. Su clima benigno, su casco urbano digno de una gran ciudad, sin las desventajas de las grandes ciudades (pocos atascos, pocos robos, pocas peleas), la hacen ideal para cualquier forma de turismo, incluso el turismo intelectual al que me aboqué durante mi estancia allí.

Ancianos que se sacan fotos con lagartos de Gaudí, estudiantes islandeses que intercambian tatuajes, escritores sudamericanos que lloran de emoción emborrachándose donde antes se emborracharon García Márquez y Carlos Barral. Barcelona es una ciudad donde es fácil pasar el tiempo si uno no se hace grandes preguntas. Pero la ciudad, su Arco de Triunfo de ladrillos y los bajorrelieves de los edificios, las cúpulas de una Bizancio que no llegó a la cita, las alas de murciélagos art nouveau que quisieron ser alas de águila: todo ese esplendor de gran ciudad imperial sin imperio, de gran bazar demasiado ordenado y clasificado, obliga a hacerse esas malditas preguntas.

«Yo no viví en Barcelona –me dijo una vez Germán Marín, que pasaba sus domingos en la estación de Sants desesperado por escuchar conversaciones ajenas–, yo viví en mi pieza.»

He visto en Barcelona a las mentes más brillantes de mi generación y de la anterior dedicadas por entero a odiar la televisión, a leer demasiado, a escribir libros que no escriben y a polemizar con enemigos sordos.

«Andate de aquí antes que sea tarde. Ésta es una ciudad podrida –me repetía Julio, un fanático de la Escuela de Frankfurt perdido en San Gervasio–, sin árboles, es donde hay más microbios en el mundo. Es la abyección misma. Es una ciudad que te rebaja toda dignidad.» Pero por nada del mundo se iría de una de las ciudades con mejor calidad de vida del mundo.

No otra cosa que uno de esos brillantes eternos estudiantes barceloneses, habitados por todo tipo de citas y bibliografía, era Roberto Bolaño. La proximidad de la muerte, paradójicamente, lo salvó de morir del todo como uno más de los ratones de biblioteca y coleccionistas de incompatibilidades que pueblan la ciudad.

«Barcelona es la ciudad más parecida en el mundo a Nueva York –me explicaba una bonita mujer en un jardín de las alturas–. No lo digo yo, lo dice la esposa de Paul Auster, en la contra de La Vanguardia.» Y algo no muy distinto dice el libro de Robert Hugues, el crítico de arte que se enamoró de la ciudad. Analizando fríamente los datos, tienen razón (dos ciudades de inmigrantes y de clase media, dos puertos que ven en la arquitectura y el diseño contemporáneo una forma de identidad), aunque si vieran la emoción con que se comentan esas declaraciones, ese suspiro tímido de felicidad, la esposa de Paul Auster y Robert Hugues comprenderían por qué Barcelona no es Nueva York, porque es muchas veces su exacto reverso.

«Qué va a ser Nueva York –me dice Javier, un amigo peruano–. Esto es Rouen, sólo falta que Flaubert escriba Madame Bovary

Nueva York no quiere ser Nueva York, lo es, y siempre lo ha sido. Barcelona no está segura aún de ser Barcelona. En esta ciudad, que subraya cada vez que puede su apertura al mundo, se respira un ontológico clima de claustrofobia. La tibieza de un feto y el encierro de un armario. Entre los cerros y el mar, en plena Cataluña pero separada de ella porque nunca fue rural ni intentó ser pueblerina, Barcelona se siente isla y vive con la parsimoniosa desesperación del isleño o del náufrago que, de vez en cuando, desesperado, quema su propia cabaña para ver si la fogata consigue atraer algún barco que lo salve.