Jim Morrison. Un espía en la casa del amor

Mario Campaña

"Para ser una estrella del rock hace falta ser político, o asesino, o algo así, declaró Jim Morrison en cierta ocasión. En 1967, cuatro años antes de morir, declaraba en una nota autobiográfica: "Me gustan las ideas que hablan de destruir o derrocar el orden establecido#"

Durante los años sesenta, cuando la liberación sexual, la rebelión política, el uso de psicotrópicos y las acciones subversivas se encontraban en pleno auge, apareció en la escena musical uno de los grandes íconos de la cultura pop: Jim Morrison, el artista que combinó magistralmente el espíritu maldito de Baudelaire, Rimbaud y Artaud; el pensamiento liberador de Nietzsche; y el desenfreno y la excentricidad nunca antes vista en el escenario. Como vocalista, Morrison encontró la alineación perfecta con The Doors: junto a Ray Manzarek (teclados), Robby Krieger (guitarra) y John Densmore (batería), revolucionó el rock como género musical.Bajo el poder de los alucinógenos y el alcohol, Morrison se entregaba por completo a su arte: los conciertos eran un performance extremo de poesía, teatro y música. En este texto, Mario Campaña presenta un ensayo biográfico inédito sobre el Rey Lagarto, de quien aún no se ha dicho todo.

Jim Morrison fue el único intelectual de las grandes estrellas del rock. Vivió 27 años, como Jimy Hendrix y Janis Joplin. Lideró un espectacular experimento en la cultura popular moderna: el explosivo intento de concentrar en actos y en acción subversiva el teatro y la música fusionadas, la rebelión política y la liberación del cuerpo, el aprovechamiento económico y la solidaridad, la manipulación mediática y la verdad personal, los rituales religiosos indígenas y las indagaciones de la psicología de masas y la psiquiatría modernas. La combinación no era del todo inédita. Procedía de los postulados de Baudelaire y Rimbaud, de Artaud y su teatro de la crueldad, del teatro griego y de las prácticas de los chamanes, que siempre sedujeron a Morrison. Como a John Lennon, en cierto momento el FBI le abrió un expediente y espió sus pasos. Entre 1963 y 1969, desde los 20 a los 27 años de edad, fue arrestado 10 veces. En algunos conciertos la policía se presentaba temprano y esperaba. De repente sonaba el silbato y los uniformados irrumpían en el escenario, arrastraban a Morrison y daban por terminado el espectáculo.

Un crítico de Los Angeles Free Press escribió que los Doors “habla de la locura que hay en cada uno de nosotros, de los sueños, de la depravación, pero se expresa en términos musicales relativamente convencionales. Ésa es su fuerza y su belleza; una belleza aterradora […] Más empapada de angustia que de ácido. Más que rock es un ritual, un ritual de exorcismo sicosexual”. Jim Morrison se asumió a sí mismo como “un chamán”. Lejos de la sumisión y la complacencia, interpelaba a su público, intentaba subvertirlo, lo desafiaba ferozmente, como Baudelaire hiciera con el “hipócrita lector”. Renuente a la fe en la armoniosa unión humana cantada por sus colegas los hippies, Morrison introdujo una turbiedad desasosegante y buscó una catártica reacción en el público, incitándole a los viajes más inseguros, como en la canción que Morrison escribiera y cantara tempranamente: “Take the highway to the end of the night, / […] Take a journey to the bright midnight, / […] Some are born to the endless night”.1 El público aceptó el desafío. Sus conciertos con frecuencia terminaban en tumultuosas grescas, azuzadas por el cantante. los Doors fue la primera banda musical de Estados Unidos en obtener ocho discos de oro consecutivos, desde su aparición en 1965.

“Para ser una estrella del rock hace falta ser político, o asesino, o algo así”, declaró Jim Morrison en cierta ocasión. En 1967, cuatro años antes de morir, declaraba en una nota autobiográfica: “Me gustan las ideas que hablan de destruir o derrocar el orden establecido. Estoy interesado en todo lo que sea rebelión, desorden, caos, especialmente en actividades que parezcan no tener sentido. Me parece que ése es el camino hacia la libertad”.

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Jim Morrison era hijo de una pareja de la burguesía acomodada del sur de Estados Unidos. Nació en 1943, en Melbourne, estado de Florida, y vivió una parte de su infancia y adolescencia en bases militares. Su padre, piloto de alta graduación de la marina norteamericana, estuvo en la segunda Guerra Mundial y luego alternó sus estancias en bases en Estados Unidos con periodos en Asia y Europa. Al compás de esas sucesivas destinaciones militares, Jim, su madre y sus hermanos saltaban de un extremo a otro del inmenso país en que vivían. En 1948, los Morrison partieron hacia Los Altos, en California. Allí comenzó la vida escolar de Jim, pero tres años más tarde, en 1951, la familia se mudó a Washington; y en 1952, Steve Morrison partió hacia la guerra de Corea, ya en su fase final. Iniciada en 1950, esa guerra tenía actores decisivos: China apoyaba a Corea del Norte y Estados Unidos lideraba las tropas de Naciones Unidas que luchaban junto a Corea del Sur. El bombardero Steve Morrison era experto en armas nucleares —cuya utilización en esa guerra se estaba considerando seriamente—, comandaba portaviones y dirigía ataques aéreos.

En Estados Unidos, Jim destacaba en sus estudios y daba muestras de rebeldía y agresividad. Tenía liderazgo. En la escuela de Washington era el presidente de la clase, aunque en su comportamiento empezaban a brotar gestos recurrentes de violencia con familiares y amigos: fue expulsado de los Boy Scouts, por atacar al líder. A sus 13 años Jim se había mudado de vivienda 10 veces. En 1957, cuando tenía 14 años, se fueron a vivir a California del norte, a la isla de Alameda, en la bahía de San Francisco. Esa estancia en California influyó de manera profunda en Morrison: en Estados Unidos el rock and roll emergía violentamente y California era una de sus sedes. California era “salvaje, sudorosa, importante, el país donde se unen como los pájaros los solitarios, los excéntricos, los exiliados, el país donde en cierto modo todo el mundo tiene aspecto de guapo artista de cine decadente y hundido”, afirma Sal Paradise, el narrador de En la carretera, el libro de Jacques Kerouac publicado en Nueva York ese 1957. En San Francisco “todo el mundo tocaba… todo se la sudaba a todo el mundo”, como dice el mismo Paradise. San Francisco era también el centro del movimiento beat, entonces en pleno apogeo: en octubre de 1955, Allen Ginsberg —uno de los personajes de En la carretera— empezó en esa ciudad a hacer lecturas públicas de su poema Aullido, publicado en 1956 por la librería y editorial City Light. Era una de las más violentas diatribas contra el sistema americano y un doloroso responso por su juventud.

Kerouac, Ginsberg, Ferlinghetti y los demás beats habían leído con fervor a Louis Ferdinand Céline, cuyo Viaje al fin de la noche, publicado en 1932, inauguró soberbiamente la littérature maudit en el siglo XX, y a Jean Genet, que entre 1944 y 1949 publicó novelas de abierta confrontación con la moral burguesa, como Nuestra Señora de las Flores y Diario del ladrón. Si la primera y la segunda guerras mundiales dejaron una impronta incandescente en los malditos Céline y Genet, éstos a su vez influyeron de modo directo —tanto como los maestros históricos franceses— en Kerouac, Ginsberg y aquella generación de jóvenes que en los años cincuenta veían cómo sus vidas se ofrendaban en nombre del poder de su país en el mundo. Desde el fin de las guerras de Corea e Indochina, en 1953 y 1954, Estados Unidos empezó a enviar tropas a Vietnam del Sur, a cuyo ejército se encargó de adiestrar.