Karama. Las revueltas árabes

Olga Rodríguez

El pasado, presente y futuro de las revueltas árabes.

Karama (dignidad) es el grito de los levantamientos árabes, unas revueltas que no han hecho más que empezar. La indignación y el deseo de libertad han superado el miedo de miles de personas que nada tienen que perder y han derribado regímenes que parecían eternos.

Karama (dignidad) es, junto con dimocratiya (democracia) y hurriya (libertad), el grito de los levantamientos árabes, la exigencia de millones de hombres y mujeres hartos de convivir con situaciones humillantes y degradantes. Es un grito que no surge de la nada ni aparece como generación espontánea, como si de un imprevisible brote de varicela se tratara. Eso es lo que quiero contar.

Los tres círculos

El Cairo, 2007. Una foto en picado, tomada desde un edificio alto, muestra un círculo formado por unas trescientas personas que se manifiestan contra las políticas represivas y corruptas del dictador Hosni Mubarak. Es una de tantas manifestaciones organizadas por el movimiento social Kifaya (Basta), creado en 2004 por jóvenes de clase media, intelectuales y progresistas que deseaban poner fin a la falta de libertades. En la foto se distingue perfectamente un segundo círculo, mucho mayor, formado por cientos de agentes de las fuerzas de seguridad que rodean y vigilan a los manifestantes. Hay un tercer grupo de personas: los viandantes, la gente de la calle, que pasa de largo, que no intenta romper la barrera formada por los agentes de seguridad para unirse a la protesta.

El Cairo, sede del semanario Al-Ahram, abril de 2011. El director de la edición online en inglés del periódico más antiguo de Egipto, Hani Shukralleh, sostiene la foto de los círculos en la mano y me la presenta como la imagen que resume qué ocurría en Egipto y en el resto de la región hasta que estalló la revolución. «Lo que pasó el 25 de enero, lo que pasó el primer día de la revolución cuando miles y miles de personas salieron a manifestarse, es que el círculo se rompió. Ese círculo que separaba a una minoría de activistas e intelectuales de la mayoría de los ciudadanos fue quebrado al fin.»

Los orígenes

A lo largo de los últimos años numerosos ejemplos ilustran el hartazgo y la desesperación de las poblaciones árabes, despojadas de libertad, de democracia, de dignidad, sometidas a un férreo control de dictadores apoyados por las grandes potencias occidentales. Los casos más cercanos de resistencia árabe los tenemos en la Segunda Intifada palestina, en las manifestaciones contra la ocupación de Irak y en el campamento saharaui Dignidad levantado en 2010.

Pero han sido las revueltas de 2011 las que han obligado a desterrar los estigmas y prejuicios existentes en los análisis de muchos think tanks y en los informes de diversos gobiernos occidentales en relación con el mundo árabe. Hasta ahora, el Magreb y Oriente Próximo aparecían a menudo como escenarios condicionados fundamentalmente por la religión.

Los levantamientos árabes han obligado a abandonar esa lectura y han desvelado que no todos los musulmanes son islamistas, que hay islamistas demócratas, árabes que no son musulmanes, árabes cristianos y musulmanes que desean estados laicos. Las revueltas han mostrado que hay musulmanas feministas, árabes ateos y personas deseosas de moldear su identidad y su futuro a través de una democracia real, libre e independiente, con espacio para ideales progresistas e incluso socialistas. Han dejado claro que las poblaciones árabes no persiguen un califato, sino que aspiran a cosas tan básicas como salarios dignos, empleos, libertad e igualdad.

Lo insólito de todas las revoluciones es que nunca se sabe cuándo llega ese nivel de presión más allá del límite de lo soportable que empuja a millones de personas a enfrentarse al miedo, al dictador, a la injusticia y a la corrupción. Los ciudadanos sufren en silencio durante décadas y de repente una mañana se produce un episodio puntual, aparentemente poco trascendental a nivel social que, sin embargo, lo cambia todo. Esta vez fue el suicidio de un hombre en Túnez: Mohamed Bouazizi; en Egipto, el asesinato de un joven: Jaled Said. Estos dos hechos encendieron la mecha de las revueltas, colmaron el vaso de la paciencia de los tunecinos y los egipcios, propagaron un sentimiento de indignación y hartazgo capaz de lanzar a la calle a millones de personas despojadas de miedo y, por tanto, dispuestas a resistir a cualquier precio.

Internet ha desempeñado un papel importante como herramienta para convocar las protestas. Las redes sociales han actuado como lugares de encuentro para los jóvenes y han facilitado la celebración de debates multitudinarios fuera del control de la habitual censura de las dictaduras. Pero es indudable que su eficacia habría sido mucho menor si la cadena de televisión qatarí Al-Yazira —de las pocas en el mundo árabe que traspasa fronteras y censuras— no se hubiera hecho eco de las convocatorias.

No hay que olvidar que en buena parte de los países árabes solo una élite —jóvenes de clase media y clase alta— tiene acceso a la red y está habituada a su uso casi diario, mientras que la televisión tiene una penetración mucho mayor. Al-Yazira también tuvo un papel clave al hacerse eco de los papeles de Wikileaks que hacían mención por ejemplo a la corrupción del gobierno de Túnez. Su divulgación fue la constatación de un secreto a voces y afectó al sentir colectivo de la sociedad tunecina, donde prendió la primera chispa.

Un recorrido por las revueltas tiene tres paradas inevitables. Túnez fue el motor de arranque y por ello su importancia es trascendental. Egipto ha supuesto la consolidación del efecto dominó y es además piedra angular en la región, ya que es el país árabe más poblado del mundo, con ochenta y cinco millones de habitantes, controla el Canal de Suez, vía clave del comercio marítimo entre Europa y Asia y comparte frontera con Gaza. Un cambio real en las políticas de Egipto conllevaría una nueva tendencia en todo Oriente Próximo. Un apoyo pleno al pueblo palestino por parte de Egipto pondría en serios aprietos a Israel.