Kit de supervivencia para el fin del mundo

Gabriela Wiener

Prepárese para el fin del mundo con este Kit de supervivencia. Talleres vivenciales sobre la muerte, líderes de sectas y apocalipsis a medida.

Hasta que llegue el aciago momento, disfrute de la vida en una secta y practique los ritos sexuales del mesías de su elección con “Mi secta es más grande que la tuya”, o simule desde ya el apocalipsis sin moverse de casa con “Un apocalipsis doméstico”, pero si es de los que no les gusta andarse con rodeos enfréntese a su propia muerte ya de la mano de Gabriela Wiener con “Un fin de semana con mi muerte”.Gabriela Wiener se adentra en el mundo de la espiritualidad moderna con curiosidad y sentido del humor y nos deleita con estas crónicas a corazón abierto.

Todos tenemos tumbas desde las que viajar. Para llegar a la mía, debo ir al encuentro de unos desconocidos que van a llevarme en coche hasta un punto en la cordillera litoral catalana. El fin de semana formaré parte del taller «Vive tu muerte». El gran reto de esta aventura será contar mi propia muerte en primerísima persona, espero que sin morirme realmente. En el folleto del taller, se habla de que seremos capaces de experimentar cosas muy parecidas a las narraciones de ECM (experiencias cercanas a la muerte), como flotar sobre nuestro cuerpo, ver pasar la película entera de nuestra vida, atisbar una luz al final del túnel y a unos hombrecillos lánguidos y lejanos llamándonos con amor en el umbral donde se acaba todo. También, pienso, cabe la posibilidad de que me suban a un avión y termine en una isla donde pasan cosas raras. Por lo pronto, estoy conociendo a algunos de mis compañeros de viaje.

–¿Nos vimos en «Reciclándonos»? –le pregunta el hombre.

–No, fue en «Mi lugar en el universo»… –responde ella.

–Es verdad… ¿y ya lo encontraste?

–Aún no…

–¿Después de tantos talleres aún no lo encuentras?

–Estoy en ello.

–A ti lo que te falta es el objetivo –dice, convencido, el hombre, que a pesar de toda la pasta que se ha gastado en talleres de autoayuda parece no tener claras algunas premisas elementales.

Por ejemplo, que a una mujer no se la saluda preguntándole si ya sabe qué hacer con su vida de mierda. Se me ocurren varias cosas que decirles para solucionar los problemas de ambos y así ganarme un dinero: a él, que pruebe cerrando la boca de vez en cuando. A la mujer, que mande bien lejos a los tíos que quieren aparentar que saben más de ella que ella misma.

–Bueno, señoritas, ¿estáis preparadas?

Es la segunda vez del hombre en el taller de la muerte y dice saber de lo que habla.

–Hay que quitarse la ropa, ¿eh? Quedarse en pelotas, sí señor.

La mujer y yo nos miramos. El hombre se da la vuelta y ahora me habla sólo a mí:

–Tú debes de tener buenos pulmones porque eres de allá del sur, allí la gente tiene buenos pulmones. Los vas a necesitar. No quiero adelantaros mucho, pero os vamos a coger de los pelos y ahogar un poco…

Aunque está claro que nos está tomando el pelo, la mujer, que, según dice, ha venido convencida por su hermano –«después de acudir al taller, abandonó a su pesada novia y su odioso trabajo en el banco y se convirtió en una persona mejor»­–, se horroriza y vuelve a lanzarme una mirada amablemente inquisidora.

–¡Eyyy, niña, descruza las piernas, que no dejas fluir la energía! –dice el hombre.

Le obedezco. Estamos a punto de llegar.

*  *  *  *

La sede del taller es una gran casa en la montaña. Está rodeada de árboles y desde allí se puede ver el Mediterráneo. La enorme piscina está vacía. En este mismo momento, se celebran diversos talleres vivenciales, con otros grupos y temáticas. La educación emocional es un bien de lujo, pero hay quienes podemos permitírnoslo. En la recepción, al lado de la mesa de las infusiones, pago por el taller y me siento un poco sucia, igual que cuando pagas por drogas, algo que tampoco me gusta hacer. O como cuando le haces una transferencia a tu psicoanalista.

Pagar por bienestar espiritual no me parece normal. Tampoco pagar por una operación de pulmón, pero el mundo es como es.

Me instalo en una de las pequeñas habitaciones que voy a compartir con otras dos personas. Coloco mis cuatro mudas de ropa cómoda en el armario, mi neceser en el baño y, qué más da, salgo a socializar. Se supone que uno de los objetivos del taller es encontrarse plenamente con otros seres humanos, algo que a la gente común sólo le pasa después de cuatro copas. Una chica se sienta a mi lado.

–¿Muerte?

Le digo que sí.

–¿Tú…?

–También muerte. Ya empezamos a perderle el miedo a la palabra, ¿eh?

–Eh… así parece.

Le pregunto quiénes son esas mujeres vestidas de blanco.

–Son de «Pídele perdón a tu madre»… ¿Es tu primera vez?

–Sí.

–Qué envidia. Va a ser una de las experiencias más importantes de tu vida. Para mí es la cuarta vez.

La gente reincide, y eso, según cómo se vea, puede ser o muy bueno o muy malo. Suena una campana y entramos a la sala principal, llena de ventanales por los que se puede atisbar el mar. Somos más de una treintena de personas en «Vive tu muerte», y ninguno de nosotros lleva zapatos. El director pide que nos presentemos y que digamos por qué hemos venido. Me mira y dice «Empieza tú», y no me queda más remedio:

–Me llamo Gabriela. Soy peruana pero hace ocho años que vivo en Barcelona. He venido porque… le temo a la muerte, últimamente más, y porque estoy desconectada…

Todo esto lo digo porque es verdad. Hay otras verdades, pero nos ha pedido ser breves.

Para venir, todos los asistentes hemos firmado un papel en el que nos comprometemos a no divulgar nada de lo que ocurra aquí. Por eso he cambiado intencionalmente el nombre del taller, y no utilizaré ningún nombre propio, ni siquiera el del director del taller, un intelectual muy conocido en Cataluña. También he rellenado un test psicológico, de esos que sirven para detectar nuestros puntos débiles, en los que hay que valorar, de la más buena a la más mala, una serie de ideas. Por ejemplo, a la esclavitud le he dado un 15; a hacer estallar un vuelo con pasajeros, 16; a quemar a un hereje en la hoguera, 17; y a torturar a una persona, 18.

Son respuestas sinceras. Supongo que soy una buena persona, pese a todo.

En su turno, los demás comparten sus razones, todas las cuales tienen que ver con encontrarse a sí mismos.

El director nos explica que esto no es una terapia. Dice que es un tiempo dentro del tiempo. Cuatro días en los que nos pasarán más cosas que en cuatro meses. Una experiencia de disolución del ego, que es, finalmente, lo que es la muerte. Un rito iniciático y catártico para matar al niño egoísta que todavía llevamos dentro, para colocarnos en el esquema cósmico, social y familiar. El miedo a la muerte es el miedo a la vida.

Dicho esto, queda poco que agregar, salvo que el taller consiste en enfrentar algo tan aterrorizante como la «impermanencia». Se supone que vamos a descubrir amorosamente la grandeza de lo que implica morir y acompañar a morir, pues nos tocará estar en ambos roles. En ese marco, los asistentes debemos encontrar los problemas que limitan nuestra vida. La técnica para lograrlo: un tipo de respiración rítmica modificadora de la conciencia, y marcada por música y sonidos, todo lo cual nos ayudará a tener una representación psíquica de la muerte, a curar heridas y a encontrar la causa de nuestro bloqueo.