La bomba número seis

Paolo Bacigalupi

En una Nueva York del futuro, asolada por hordas de trogloditas que campan a sus anchas, Trav es el responsable de las bombas de procesamiento de aguas residuales que permiten que la ciudad siga funcionando, pese a todo. Un día la bomba número seis se detiene y este incidente pondrá de manifiesto el clima de profunda indolencia que reina en la ciudad.

Premio Locus 2008, «La bomba número seis» da título a la colección de relatos de Paolo Bacigalupi (Fantascy, 2013). Ambientado en un futuro distópico, el autor nos ayuda a reflexionar sobre el valor del saber y el terror de un mundo en el que las personas han dejado de pensar por sí mismas.

Lo primero que vi el jueves por la mañana al entrar en la cocina fue el culo en pompa de Maggie. Hay maneras peores de despertar, la verdad. Tiene buen tipo, se conserva en forma, así que la vista de su bonito trasero apretado contra un camisón de malla negro generalmente es una forma positiva de empezar la jornada.

Solo que tenía la cabeza metida en el horno. Y toda la cocina olía a gas. Y empuñaba un mechero con una llama azul de veinte centímetros de alto que ondeaba por el interior del horno como si los Tickle Monkey se hubiesen reagrupado y estuvieran celebrando un concierto allí dentro.

—¡Por el amor de Dios, Maggie! ¿Qué diablos estás haciendo?

Crucé la cocina de un salto, agarré un puñado de camisón y tiré con todas mis fuerzas. Se golpeó la cabeza al salir del horno. Las sartenes cascabelearon en los fogones, y Maggie soltó el encendedor, que resbaló por el linóleo hasta terminar en una esquina.

—¡Auuu! —Se agarró la cabeza—. ¡Aaauuu!

Giró sobre los talones y me abofeteó.

—¿A qué coño ha venido eso? —Sus uñas me rasgaron la mejilla y se abalanzaron sobre mis ojos. La aparté de un empujón. Chocó contra la pared y se dio la vuelta, lista para volver a la carga—. ¿Qué mosca te ha picado? —chilló—. ¿Te cabrea que no se te levantara anoche? ¿Ahora prefieres molerme a palos? —Agarró la sartén de hierro forjado del fogón, esparciendo beicon NiftyFreeze por todos los quemadores—. ¿Quieres probar otra vez, troglodita? ¿Eh? ¿Quieres? —Esgrimió la sartén con gesto amenazador y dio un paso en mi dirección—. ¡Pues venga!

Retrocedí de un brinco, frotándome el cuello allí donde me había arañado.

—¡Estás loca! ¿Evito que saltes en pedazos y me lo pagas intentando partirme la crisma?

—¡Te estaba preparando el puñetero desayuno! —Se pasó los dedos por la enmarañada cabellera morena y me los enseñó manchados de sangre—. ¡Me has abierto la puñetera cabeza!

—Lo que he hecho ha sido salvarte el estúpido trasero. —Me giré y empecé a abrir las ventanas para dejar que escapara el gas. Dos de las ventanas consistían en simples cortinas de cartón, fáciles de desmontar, pero una de las otras se había atascado y no cedía de ninguna manera.

—¡Hijo de perra!

Me giré justo a tiempo de esquivar la sartén. Se la quité de las manos y la aparté de un empujón, con firmeza, antes de seguir abriendo las ventanas. Volvió a la carga, procurando colocarse delante de mí. Sus uñas me recorrían toda la cara, arañando y raspando. Le propiné otro empellón y enarbolé la sartén cuando hizo ademán de querer abalanzarse sobre mí otra vez.

—¿Quieres que use esto?

Retrocedió, con la mirada fija en la sartén. Empezó a rodearme.

—¿Eso es todo lo que piensas decirme? ¿«Te he salvado el estúpido trasero»? —Tenía el rostro congestionado de rabia—. ¿Qué tal «Gracias por intentar arreglar la cocina, Maggie», o «Gracias por preocuparte de que desayune en condiciones antes de ir al trabajo, Maggie»? —Carraspeó acumulando flemas y escupió; el salivazo pasó de largo y golpeó la pared; me hizo un corte de mangas—. Prepárate el puñetero desayuno tú solo. A ver si se me ocurre ayudarte otra vez.

Me la quedé mirando fijamente.

—Eres más tonta que un hatajo de trogloditas, ¿lo sabías? —Agité la sartén en dirección a la cocina—. ¿Comprobar una fuga de gas con un mechero? ¿Hay algún cerebro ahí dentro? ¿Hola? ¿Hola?

—¡No me hables así! Tú eres el troglodita… —Se atragantó a media frase y se sentó, de improviso, como si acabara de caérsele un bloque de cemento en la cabeza. Se desplomó encima del linóleo amarillo. Completamente aturdida—. Oh. —Me miró con los ojos abiertos como platos—. Lo siento, Trav. Ni siquiera pensé en eso. —Fijó la mirada en el encendedor que yacía abandonado en una esquina—. Ay, mierda. Uau. —Apoyó la cabeza en las manos—. Ay… Uau.

Le dio un ataque de hipo, primero, y después empezó a llorar. Cuando volvió a mirarme, tenía los grandes ojos castaños anegados en lágrimas.

—Lo siento. Lo siento, lo siento muchísimo. —Las lágrimas empezaron a rodar, derramándose por sus mejillas—. No tenía ni idea. No lo pensé. No…

Seguía estando dispuesto a luchar, pero al verla sentada en el suelo, tan desconsolada, perdida y arrepentida, se me quitaron las ganas.

—Olvídalo. —Dejé la sartén encima de la cocina y continué abriendo las ventanas. La brisa que comenzó a circular por la estancia disipó el tufo del gas. Cuando el interior se hubo aireado lo suficiente, tiré de la cocina para apartarla de la pared. Había tiras de beicon encima de todos los quemadores, flácidas y descongeladas ahora que habían salido del envoltorio de celofán de NiftyFreeze, lonchas de cerdo esparcidas por todas partes, veteadas y relucientes de grasa. Lo que Maggie entendía por un desayuno casero. A mi abuelo le habría encantado. Adoraba los desayunos contundentes. Pero no los productos de NiftyFreeze. Detestaba esos envoltorios con toda su alma.

Maggie me vio con la mirada fija en el beicon.

—¿Puedes arreglar la cocina?

—Ahora mismo no. Tengo que ponerme a trabajar.

Se enjugó los ojos con la palma de la mano.

—Qué desperdicio de beicon —dijo—. Lo siento.

—No pasa nada.

—Tuve que visitar seis tiendas distintas para encontrarlo. Era el último paquete, y no sabían cuándo iban a recibir más.

No tenía nada que responder a eso. Encontré la espita del gas y la cerré. Aspiré por la nariz. Husmeé alrededor de los fogones y el resto de la cocina.

El olor a gas había desaparecido casi por completo.

Por primera vez, me di cuenta de que me temblaban las manos. Se me cayó un paquete de café cuando probé a sacarlo del armario. Golpeó la encimera como un globo lleno de agua. Coloqué las palmas de las manos en la superficie plana y me apoyé en ellas, con fuerza, intentando detener los estremecimientos. Comenzaron a temblarme los codos. Uno no está a punto de saltar por los aires todas las mañanas.

Tenía su gracia, no obstante, si te parabas a pensar en ello. La mitad de las veces, el gas ni siquiera funcionaba. Y para un día que lo hacía, a Maggie se le ocurría jugar a las chapuzas.